652. Redaccion. Granada 19 de Septiembre 2015. (Oscar Gris)

Lingüistica

Definición de Prosopopeya:

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La Prosopopeya o Personificación es una figura retórica que consiste en atribuir cualidades o acciones propias de seres humanos a animales, objetos o ideas abstractas:

  • La naturaleza es sabia → la sabiduría es una cualidad humana

La Prosopopeya es un recurso literario característico de fábulas y cuentos infantiles.

Aunque hoy la Prosopopeya es sinónimo de Personificación, originalmente se refería exclusivamente a representar a personas muertas o ausentes actuando o hablando:

  • Si los padres de nuestra patria nos vieran se estarían revolviendo en la tumba

La Prosopopeya pertenece al grupo de figuras de pensamiento. Etimológicamente proviene del griego “prosōpopoiiā” de “prosōpon” (persona, cara) y “poiein” (realizar).

Ejemplos de Prosopopeya:

  • En la lona gime el viento al viento se le atribuye una acción humana
  • Las estrellas nos miraban
    mientras la ciudad sonreía
    P. del Castillo
  • El auto se quejaba adolorido por los años.
  • El tren tose asmáticamente por la ladera
  • El árbol con sus manos, peinaba a su novia sauce.
  • Los invisibles átomos del aire
    en derredor palpitan y se inflaman.
    Bécquer, Rimas
  • La ciudad era rosa y sonreía dulcemente. Todas las casas tenían vueltos sus ojos al crepúsculo. Sus caras eran crudas, sin pinturas ni afeites. Pestañeaban los aleros. Apoyaban sus barbillas las unas en los hombros de las otras, escalonándose como una estantería. Alguna cerraba sus ojos para dormir y se quedaba con la luz en el rostro y una sonrisa a flor de labios.

    Rafael Sánchez Ferlosio.

  • Vetusta, la muy noble y leal ciudad, corte en lejano siglo, hacía digestión del cocido y de la olla podrida, y descansaba oyendo entre sueños el monótono y familiar zumbido de la campana del coro, que retumbaba en lo alto de la esbelta torre en la Santa basílica.

    Leopoldo Alas, «Clarín». La Regenta.

  • Vino, primero, pura,
    vestida de inocencia.
    Y la amé como un niño.
    Y se quitó la túnica,
    y apareció desnuda toda…
    ¡Oh pasión de mi vida, poesía
    desnuda, mía para siempre!
    Juan Ramón Jiménez
  • En un principio el conejo mostraba alguna desconfianza, pero tan pronto advirtió que los pequeños se aproximaban para llevarle alimentos se ponía de manos para recibir las hojas de berza y aun las comía delante de ellos. Ya no le temblaban los costados si los niños le cogían, y le gustaba agazaparse al sol, en un rincón, cuando Juan le sacaba de la cueva para airearse.
    Miguel Delibes, “El conejo”