Granada 5/12/2015. Redacción

Relatos provocados_215

Nuevo Relato Provocado la 1ª Antología de Relatos Provocados Solo Novela Negra.  Condiciones para participar  aquí


 

RECUERDA

por PEDRO SANTOS

Recuerda que polvo eres y en polvo te convertirás

(Gen 3,19)

No sé cómo he llegado hasta aquí. Es de noche. No hace falta ser muy listo para saber eso, aunque en el fondo es lo único que ahora mismo sé. Noche cerrada, iluminada por las farolas del parque, un parque que no reconozco, que dan un aire espectral, nebuloso, a su alrededor, provocando unos colores que parecen los de una foto retocada, pues lejos de los colores negros y grises de la noche, distingo el verde intenso del césped allí donde las hojas caídas de los árboles aún no lo han ocultado. Unas hojas que van del pardo al rojizo, tan rojizo y brillante en algunas de ellas que se dirían bañadas en sangre.

Hay un banco junto a una farola, hecho en forja y madera que, o lo han puesto hace poco, o ha tenido la suerte de resistir incólume a la horda de bárbaros que destrozan el mobiliario urbano. La farola, en cambio, no alumbra, tal vez porque haya sido víctima de los reajustes de presupuesto y esté apagada. No importa, el banco parece cómodo y me invita al descanso.

Descansar, eso es lo que quiero, lo único que en estos momentos deseo. Siento un cansancio infinito, como si llevase días y noches enteras sin dormir. Mis piernas parecen negarse a sostenerme y, antes de que el mareo que empiezo a sentir me lance al suelo, me arrojo, porque a lo que he hecho no puede llamársele sentarse, en el banco.

Está frío, húmedo por el relente de esta noche de otoño de… No sé, tampoco recuerdo que día es, si miércoles o domingo. Ni sé en qué día estamos. Ni siquiera el mes del año, aunque por las hojas del suelo, debe ser finales de noviembre o principios de diciembre, cuando los árboles depositan su carga de hojas y descansan hasta primavera en el que la vida vuelve a sus ramas con fuerza. Sí, ellos también necesitan descansar, como yo, que parece que la vida se me está yendo a chorros por todos los poros de mi cuerpo.

Saco las manos del interior de la cazadora donde las llevo como es costumbre en mí para mantenerlas calientes y viene a mi mente el recuerdo de una mujer que siempre metía la mano junto a la mía en el bolsillo para calentársela. Un bolsillo que estaba algo descosido pero que no arreglaba para que pudieran caber su mano y la mía. No, tampoco recuerdo por más que me esfuerzo quién es esa mujer.

Los ojos me pican, no sé si de sueño o de cansancio y me los froté con las manos. Fue entonces cuando me di cuenta de que estaban pegajosas. La luz inexistente de la farola me impedía ver cómo me había manchado, por lo que con mucho cuidado saqué el móvil del bolsillo de mi pantalón y procurando pringarlo lo menos posible me iluminé con él.

Del susto, el móvil cayó al suelo, pues las manos estaban cubiertas de sangre, una sangre viscosa y pegajosa, roja a la luz del móvil como las hojas que poblaban el suelo de este parque en el que había venido a parar vete tú a saber desde dónde.

¡Recuerda! ¡Recuerda!

Pero por más cinematográfico que me pusiera con esta alusión a la película del genial Hitchcock, el director con tres ces en su apellido que nunca acertaba a colocar y siempre me tocaba comprobar si estaba bien escrito consultando en San Google, nada venía a mi mente.

Recordar. Descansar. Necesitaba hacer las dos cosas, pero estaba visto que como hombre que soy, dos cosas a la vez es algo fuera de mi alcance. De todos modos, la duda no duró mucho, porque el cansancio era superior a mi necesidad de recordar, por lo que, antes de que me diera cuenta, caí en un duermevela poblado de imágenes. Imágenes mías saliendo de una casa, bajando por las escaleras descartando el ascensor, tal vez porque me pareció tan viejo que me dio miedo a bajar cinco pisos subido en aquella antigualla. Curioso mundo este de los sueños, que no sé dónde estoy pero tengo muy claro que son cinco pisos. Tal vez en mi sueño hubiera un número marcando el piso o lo pusiera por algún sitio, pero no era consciente de ello.

Bajé en silencio pero con prisas, sin encontrarme afortunadamente con ningún vecino por la escalera. ¿Afortunadamente? ¿Por qué me sugiere el sueño que es mejor que no me encuentre a nadie? Algo más que añadir a la lista de cosas que desconozco, pero ahí estoy nuevamente en el sueño, llegando al portal y esquivando con cuidado la presencia del conserje, que sigue muy atento las novedades de la teletienda en un pequeño televisor.

Este sueño es muy absurdo, me hace pensar cosas muy tontas, como esa de las novedades en una teletienda cuando todos los días a todas horas te venden siempre lo mismo, incluso te regalan otro artículo igual si eres de los diez primeros en llamar, no sea que te lo pienses y te des cuenta de que para nada necesitas ese maravilloso aparato que hará desaparecer tu flotador de grasa alrededor de la barriga simplemente poniéndotelo mientras ves nuevos anuncios y te comes un cuenco gigante de frutos secos, de esos que ahora te venden en plan popurrí en las grandes superficies.

Consigo salir del portal sin que nadie me vea y como me doy cuenta de que por la acera viene una mujer arrastrada por un perro que abulta más que ella, decido cambiarme de acera. Pero las piernas no responden como esperaba de ellas y estoy a punto de ser atropellado por un coche que en el último segundo consigue esquivarme. Continúo avanzando hasta llegar, dos calles más allá, a la entrada de un parque, este parque en el que ahora me encuentro.

¡¡¡¡Diosssss!!!! ¡¡¡¡Qué dolor!!!!

El dolor me ha despertado. No es nada nuevo ese dolor, esa sensación de que se me está desgarrando el costado. Ya son años de convivir con él, desde los dieciocho años en que me dio el primer cólico nefrítico.

«Heredarás la tierra», me dijo  mi padre. Y vaya si la he heredado. Toda una cantera tengo en el riñón. Una cantera que tiene la manía de tener desprendimientos de cuando en cuando y rajarme por dentro hasta conseguir salir de mí. Y está claro que ahora mismo hay un chinato bajando por mis vías urinarias rajándome como un cuchillo de obsidiana por dentro.

Tal vez por eso tengo este colocón, esta sensación de mareo, de estar sin fuerzas. El Nolotil me ha dejado más grogui que de costumbre. Más me vale seguir aquí sentado en el parque echando un sueñecito hasta que se me pase.

Dicho y hecho. No tardo en dormirme. Tal vez por culpa del dolor, el sueño es una pesadilla extraña en la que camino y camino por calles que no conozco, en un barrio que estoy seguro no haber visitado nunca a pesar de que me he pateado medio Madrid y alrededores. Pero no reconozco nada. No hay grandes avenidas ni me suenan de nada los nombres de las calles clavados en las paredes de las casas por las que paso.

Es Madrid, eso seguro, porque las placas con los nombres de las calles tienen los colores y el logo del ayuntamiento, con ese diseño que de puro antiguo es ya un clásico que se vende a los turistas (y a los no tan turistas) en las tiendas de souvenires que están invadiendo el centro de la capital llevándose por delante los establecimientos de toda la vida.

Chinos o españoles, da igual. Hay que tener contento al que visita la capital e impedir que se marche de aquí sin un recuerdo, ya sea su nombre impreso en el cartel de una corrida de toros, o cualquier cosa con la imagen del toro de Osborne, que tengo la impresión de que los que han quitado de las carreteras, los han hecho más chiquitos y los venden ahora en estas tiendas.

Llevo una guía en la mano. Para algunas cosas soy muy antiguo y no he conseguido saber cómo funciona el google maps en el móvil, por lo que me muevo como siempre se ha hecho con estos mapas de papel de toda la vida, buscando una dirección que llevo escrita con bolígrafo en mi mano.

Por fin me detengo ante un portal el número 13, aunque no es el de la calle Melancolía que cantaba Sabina.

Vuelvo a despertarme. Esta vez es un perro vagabundo que se ha acercado hasta mí y me ha hociqueado. No sé qué busca, porque no tengo ni rastro de comida encima. Es más, ahora que lo pienso, no recuerdo cuándo ni qué he comido.

Cuando regreso al sueño, este es aterrador. Me veo con un cuchillo en la mano. El cuchillo está lleno de sangre y, frente a mí, está ella, caída en el suelo, mirándome con ojos de horror hasta que se desvanece. No sé si está viva o si está muerta porque es tal mi miedo que no me quedo a comprobarlo y salgo del piso y comienzo a bajar por las escaleras cinco pisos…

Alto, esto se repite, ya lo he soñado antes. Y ahora me cruzaré con el portero al que esquivaré, casi me atropellará un coche y llegaré al parque.

Ha sido tal el susto, que me despierto sobresaltado, gritando, sudando en una noche que no es precisamente cálida, aunque no es un sudor de calor, sino con escalofríos, como si tuviese fiebre. ¡Vaya!, esta vez si me ha dado fiebre el cólico nefrítico. Está visto que nunca me dan dos cólicos iguales, pero lo que es el dolor no se ha marchado, ahí sigue royéndome las entrañas y sin pinta de irse a  aliviar.

Tendría que irme a casa, pero ni sé dónde estoy, lo cual es lo de menos porque me bastaría con parar un taxi, ni dónde vivo. Y eso sí que es grave, porque ¿cómo ir a casa si no sé dónde está o si realmente tengo una casa a la que ir?

¡Recuerda! ¡Recuerda!

Cada vez va haciéndose más necesario. Necesito saber qué es lo que pasó, qué es lo que he hecho, porque las imágenes que veo son imposibles, solo pueden ser fruto de una terrible pesadilla, porque sé que soy incapaz de atacar con un cuchillo a nadie.

Y sin embargo, ahí están mis manos manchadas de sangre, como las de un carnicero tras descuartizar una pieza.

Como si tratara de compensar tanta tristeza, vuelvo al sueño, un sueño esta vez muy agradable, hasta el punto de que empiezo a dudar de que realmente esté dormido, pues de otro modo no se explica que en cierto modo pueda “ver” el sueño, racionalizarlo, pensar durante el mismo y analizar todo lo que está pasando.

Es más bien como un duermevela en el que fragmentos de mi vida estuvieran pasando delante de mí. Y en este caso me gusta mucho lo que veo, porque está ella. Muy joven, casi una niña, con la boca entreabierta, los labios húmedos y los dientes brillantes mirándome con una sonrisa que soy incapaz de olvidar a pesar de los muchos años que han pasado desde entonces. Porque sé que lo que vendrá después es el primer beso que le di en un pub del Barrio de las Letras (que en aquella época ni siquiera se llamaba así pues apenas estaban apareciendo los primeros bares, restaurantes y pubs que sustituían a las viejas tiendas de un barrio completamente envejecido). Big Ben se llamaba y ponían mucha música de los Beatles, aunque no recuerdo que canción sonaba mientras la besé.

Siguen más recuerdos amables como el parto de nuestra primera hija, aquella alegría difícilmente descriptible y que aquella noche me impidió dormir tal era la excitación que tenía. ¡Una niña! Era preciosa y me daba igual que yo hubiera preferido un niño, porque aquella era mi niña.

El niño vendría no mucho después y de él aparecían ahora imágenes en mis recuerdos. Un puro trasto loco por destripar cuanto cachivache se le pusiera por delante para averiguar cómo funcionaba, daba igual que fuese un coche, una construcción o cualquier aparato electrónico.

Me venían también recuerdos de viajes de vacaciones arrastrando por la playa la silla del niño cargado hasta arriba de bolsas y bultos imprescindibles para estar en la arena donde se rebozaban hasta llevar tanta arena dentro que no entendías cómo podía quedar más en la playa.

Recuerdos de una tarde de verano en el apartamento donde pasábamos las vacaciones. Una siesta loca de placer y sexo mientras la cría dormía después de comer agotada de brincar y revolcarse con las olas.

Hacía tiempo que no me sentía tan bien, tan feliz, con esa felicidad que me daba el contemplar aquella selección de fotos que tenía en mi despacho. Todas tenían una característica en común: ella sonreía, como si su felicidad fuese completa, como si nada ni nadie pudiese estropearla jamás. Una sonrisa capaz de hacerme el hombre más dichoso del mundo, justo como me sentía ahora a pesar de que sabía que aquello era el pasado, que aquella sonrisa jamás volvería. O por lo menos, que no sería yo quien disfrutase de esa sonrisa.

Porque lo que ahora venía a mi mente ya no era agradable. Eran caras largas, reproches sin fin. La otra cara de la moneda, el dolor del amor perdido sin saber dónde se fue ni cuándo lo hizo. Imágenes de una tristeza que le tensaba la cara mientras aparecían unas arrugas como profundos cañones en su entrecejo, excavados profundamente en su piel como si un torrente de odio bajase por ellos hasta llegar a sus labios, que apretaba en una mueca de desprecio.

Junto a la risa desapareció también su voz. Al menos aquella voz suave y dulce que me susurraba palabras de amor. Solo quedaba el silencio, que por lo menos era más soportable que aquel timbre metálico con el que, en contadas ocasiones, se dirigía a mí. Porque solo era para echarme en cara un desastre tras otro de los que yo era el único responsable.

Posiblemente lo fuera y de nada servía el que yo intentara defenderme. Las cosas habían venido de esa manera. La maldita crisis hacía que cada día fuera más duro salir a trabajar a la calle a seguir vendiendo cuando nadie quería comprar o nadie tenía dinero para hacerlo. Toda una vida vendiendo casas y ahora era tan difícil como venderle hielo a un esquimal o arena a un tuareg. Y encima con la sonrisa profident todo el día en la cara aguantando eso tan insoportable para un vendedor de que el cliente siempre tiene razón. Aunque no la tenga.

Así que llegaba a casa cansado, agotado, con la mente en otra parte o en ninguna. Me metía en mí mismo y como mucho me evadía de mi realidad cotidiana atrapado a cualquier reality que pusieran por la televisión. Cuanto más estúpido mejor. Así podía desahogarme insultándolos por su estupidez, por unas vidas de mierda que disfrutaban ventilando en televisión, exponiendo sus corazones al escarnio público, orgullosos de ser unos incultos, inasequibles al desaliento en la dura competición por robar planos en la pantalla y ser reconocidos luego por la calle, con sus redes sociales llenándose de amigos y más amigos deseosos de saber sus más recónditas intimidades que, a fuerza de ser públicas, ya no eran suyas.

Todo eso lo anteponía a estar con ella, a escucharla a ella con su run run de pesares, de sentirse sola, desatendida, abandonada y encerrada en casa, por más que yo estuviera con ella. Con ella sí, pero de cuerpo presente, más muerto que esos zombis que tan de moda están.

Por eso no me extrañó cuando empecé a llegar a casa y no encontrarla allí. Que si el gimnasio, que si se había apuntado a clases de informática, que si había un grupo de paseantes organizado por el Ayuntamiento con los que se iba a caminar… Mejor, pensé. Así está ocupada, se mantiene en forma y no se siente tan sola.

Lo que ya no me pareció normal fue cuando encontré un juego de llaves que no eran las de nuestra casa. Y no cabía ninguna duda de que eran de un piso pues era la clásica llave de seguridad de una puerta más otra sencilla que bien debía ser la del portal. ¿Serían las de una amiga que se le habían olvidado? ¿Sería que una amiga quería que se las guardase para irle a regar las plantas?

Opciones había muchas, pero el demonio de los celos se me metió muy profundo en mi alma. Yo, que nunca me había considerado celoso, estaba al borde de un ataque. Y es que no hay como sentir que puedes perder lo que tienes, para empezar a valorarlo. Pero en lugar de volcarme en ella, comencé a seguirla.

Me las ingenié para salir antes del trabajo y apostarme cerca de casa para seguirla, para saber dónde iba. Y así fue como encontré la otra casa. No logré averiguar quién vivía allí, solo que se trataba del quinto piso, aunque nada ponía el buzón de quién era el propietario.

Por eso me las apañé para hacer una copia de la llave y…

Siento que me estoy acercando al final, que en breve llegaré a saber qué es lo que ha pasado y el miedo paraliza por un momento mis pensamientos. Quiero saber, pero me da mucho miedo lo que pueda descubrir. ¿Encontraré una explicación lógica a esa sangre en mis manos? ¿Descubriré que soy un ser violento capaz de cualquier cosa llevado por la ira?

La sigo. Veo cómo entra en el portal y espero un rato. Un minuto, cinco minutos. A la media hora no lo soporto más y subo al quinto piso. Con la llave abro con mucho cuidado, procurando no hacer ruido la puerta de la casa y penetro en su interior. Me dirijo a la cocina y la veo allí, preparándose un vaso de leche caliente en el microondas y partiendo un poco de lomo.

Aún no me ha visto y la escena puede significar cualquier cosa. Pero cuando él entra por la puerta del fondo de la cocina, no puedo contenerme y la grito con todo mi odio: ¡Mentirosa! ¡Me estás engañando con otro!

Ni siquiera me atrevo a pronunciar la palabra que me viene a la mente: adúltera. Me parece demasiado fuerte, mayor aún que mi dolor.

No me veo, pero sé que tengo la cara desencajada y llena de odio. Una cara que puede inspirar terror, aunque bien sabe el cielo que nada pretendo hacer. Pero sé que la he asustado, lo veo en su cara aterrorizada, con el cuchillo de partir el lomo en su mano y que en un rápido movimiento, cuando me acerco a ella, hunde en mi costado. Ese costado que tanto me duele ahora, ese que tapé en su momento con mis manos para cortar la hemorragia.

La empujo y cae al suelo desde donde me mira con horror, no sé si por lo que ha hecho o por saberse descubierta. No debe hacerse, pero no lo pienso y arranco el cuchillo de mi costado y me quedo contemplándolo entre mis manos antes de arrojarlo lejos de mí y salir por la puerta hasta llegar hasta este banco del parque donde la vida se me está escapando.

¡Recuerda! ¡Recuerda!

Porque cuando dejes de recordar, ya no existirás.


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