Granada 5/2/2016. Redacción.

Nuestro colaborador > TXEMA ARINAS  da cumplida y merecida respuesta a la afirmación realizada por el escritor Alberto Olmos a su articulo publicado en EL CONFIDENCIAL.

Parece ser que el escritor Alberto Olmos ha levantado cierta polvareda con su artículo en El Confidencial, La novela negra nos enterrará a todos. Afirma Olmos que la novela negra es lo más parecido a la peste negra porque es tal su predicamento entre editoriales, librerías y lectores que su éxito amenaza precisamente con acabar de una vez para siempre con la Literatura en mayúsculas. Esa y otras enormidades como la de que se trata de un género esencialmente conservador, reaccionario incluso:

O, dicho con mayor malicia, la novela negra es la novela de ese obrero que vota a la derecha. 

El viaje por los bajos fondos que ofrecen estos libros es un viaje por todo lo que sobra para que nuestro sistema capitalista sea perfecto. De ahí que sobren los delincuentes y los mafiosos, pero, a menudo, también los homosexuales, los negros, las mujeres con iniciativa y los comunistas.

También, también asegura Olmos que se trata de un género que carece de estilo porque todos los escritores de novela negra escriben igual y en el que lo único novedoso es el escenario sobre el que trascurren las tramas, he ahí la clave del éxito de la novela negra escandinava, porque en realidad la novela negra siempre es la misma.

La exitosa trilogía de Dolores Redondo, por ejemplo, no aporta otra cosa al género que un minucioso repaso de la repostería navarra, con la selva de Irati de fondo; del mismo modo, Domingo Villar (salvando las enormes distancias) hace lo propio con la costa gallega. Se pone de moda la novela negra sueca, mayormente, por lo de sueca; la frontera mexicana es lo único novedoso en la obra de Don Winslow, que mata igual que se mataba hace casi cien años, o un poco peor.

Aún más, Olmos también se permite hacer de oráculo y pronostica un futuro en el que lo que él llama Literatura con mayúsculas quedará reducido en las librerías a una excentricidad, si es que todavía se publica algo que no sea novela negra dado que las editoriales han visto el filón y ya no parecen estar dispuestas a perder un duro con la poesía o a saber qué experimentos literarios. Experimentos que supongo como los que él hace, entre otros Trenes hacia Tokio (2006), El talento de los demás (2007), Ejército enemigo (2011) Alabanza (2014). Libros con mayor o menor acierto, como suele ser el caso siempre en la bibliografía de cualquier autor, pero que considero muy buenos en su conjunto, más que dignos de un tipo que pretende hacer literatura en exclusiva o, como él da a entender, con mayúscula. Sin embargo, y a pesar de la buena acogida que tienen sus libros, Olmos se queja del éxito de la novela negra porque piensa que de seguir así ésta acabará arrasando con lo que él considera Literatura con mayúscula, siquiera ya sólo que las ventas o la simple atención mediática de la novela negra sepulte lo que él hace. Alberto Olmos supura por la herida, no me cabe duda, y sin embargo, el pus que echa no deja de ser bastante inocuo dejando al lado un par de improperios o salidas de tono a lo “que se note que no tengo pelos en la lengua, que voy de malote”.

Porque nada de lo que dice Olmos es nuevo. La novela negra es precisamente la reivindicación del realismo más genuino con un propósito muy claro: ofrecer al lector entretenimiento con una historia antes que el placer de epatarlo con el arte, supuesto o no, literario del autor. Así pues, y siquiera ya sólo desde ese punto de vista, la novela negra no engaña, es uno de los géneros más honrados y dignos que caben porque siempre procura ofrecer lo que el lector busca en ella; otra cosa es que el resultado satisfaga más o menos a éste. Y para ello, es verdad, en eso tiene razón en gran parte, Olmos recurre a unos esquemas o normas muy concretos que condicionan la escritura desde el inicio, esto es, la trama y en especial la verosimilitud de la misma. De ese modo, puede parecer que la novela negra siempre es la misma porque al fin y al cabo siempre habla de lo mismo: del lado más negro de la realidad. Y por eso lo excepcional en el autor de novela negra es su capacidad para ocultar esa evidencia, para crear una historia que no parezca ser la misma. Eso es lo que hace que, como el propio Olmos comenta en su artículo, haya una sutil línea que separa la escritura de Dolores Redondo de la de Domingo Villar, o la de Lorenzo Silva de la de Carlos Zanón, digamos que una resolución más ambiciosa en lo literario, un estilo más elaborado, original, más estiloso al fin y al cabo, y sin por ello dejar de ser fiel al género. O dicho de otro modo, nunca caen en la presunción en la que cayeron autores exclusivamente literarios como Juan Benet o Juan José Saer, de hacer una novela negra literaria, El aire de un crimen (1980) y La pesquisa (1994) respectivamente, de dignificarla incluso porque como género no les merecía especial consideración. De hecho, los intentos de ambos autores se quedaron a medio camino, fueron novelas negras fallidas desde el principio –aunque funcionan como novelas a secas, novelas menores de dos grandes autores- porque quisieron subordinar la trama, esto es, la esencia del género, a su talento narrativo. Otros, como Ricardo Piglia, han tenido más éxito, siquiera porque han sido más respetuosos con el género, en concreto con la trama de toda novela negra, y aun así estaría por establecer en qué medida sus pinitos en el género satisfacen más a sus seguidores que a los verdaderos aficionados a lo negro.

La novela negra puede ser un género menor en lo literario si consideramos el término como algo circunscrito esencialmente a la forma antes que al contenido: pero, insisto que quizás esa sea precisamente su mayor virtud, la renuncia al arte literario en pos de un pragmatismo argumental que busca ante todo complacer a un tipo de lectores de los que muchos no frecuentarían los libros si no fuera para encontrar el entretenimiento que les promete el género. Por eso también dudo mucho de que la novela negra haya restado lectores a la exclusivamenente literaria. Más bien tiendo a pensar que simplemente ha ampliado la oferta a los que ya leían otras cosas e incorporado a los que no las leen ni leerán nunca porque lo literario sin más les aburre. Así pues, creo que Alberto Olmos debería estar tranquilo, la novela negra no es la culpable de que sus libros o los de otros autores exclusivamente literarios no se lean tanto como deberían o quisieran ellos, no es culpable de la mejor o peor comprensión lectora del español medio, y así en general, pero generalizando con ganas, del bajo nivel educativo del país. Más bien todo lo contrario, supone un estimable eslabón para acceder de la nada o poca lectura a la lectura como hábito definitivo. Otrosí, lo que hace la novela negra es ampliar la oferta comercial de las editoriales y librerías, compensar sus balanzas comerciales, incluso posibilitar que las primeras puedan editar también esa literatura de minorías que de no tener las cuentas en orden gracias los ingresos de otros géneros, dudo mucho que llegarán a ver la luz. Que al final, como teme Olmos, de no ser su temor una consecuencia de la pura y dura envidia por el éxito comercial que a él le gustaría, todo sea novela negra, esto es, lo que renta de verdad a editoriales y librerías, también lo dudo mucho, pues como ya he señalado antes, del mismo modo que muchos escritores literarios también frecuentan la novela negra (Eduardo Mendoza, Ricardo Piglia, Jonh Balville/Benjamin Black…) y viceversa (Henning Mankell, Pierre Lamaitre, José María Guelbenzu…), los verdaderos lectores, no los fanáticos de un género determinado, acostumbran a frecuentar todos los géneros sin más exigencia que la calidad del texto.

*Y respecto a lo que dice Olmos de que la novela negra es un género intrínsecamente reaccionario, de derechas; pues bueno, permítanme que no pierda el tiempo comentando tamaña chuminada.


© Txema Arinas

Oviedo, 4 de Febrero de 2016