Sinónimos – Relato

por | Nov 4, 2016 | Podcast, Relatos, Rodriguez Torres_Juan Carlos | 0 Comentarios

SINÓNIMOS

Por Juan Carlos Rodríguez Torres

 

sinonimosEl inspector Bruno Montalbán contemplaba la escena mientras en su cabeza resonaban aún  los temas lacónicos y espirituales de la Banda Sonora Original de Pearl Harbor, uno de los mejores trabajos de Hans Zimmer en su opinión, y que había venido escuchando en su Opel Corsa hasta llegar al setenta y tres de la calle Salvador Rovira, situada en un hormiguero de las afueras con miles de sujetos abonados al aislamiento anónimo y voluntario.

Parece un doble asesinato, le había comunicado el comisario por teléfono. Alguien llamó desde la cabina que hay junto al portal. La científica está en camino. Hazte cargo y llámame en cuanto tengas novedades. El Inspector Montalbán se preguntaba continuamente si el comisario había sido antes agente de policía y su grado de incompetencia, arrogancia y cretinismo había ido desarrollándose a cada ascenso o le dieron el cargo por ser así de nacimiento. Por si acaso, él había decidido no presentarse más a ninguna prueba de promoción interna.

Ahora, apoyado en el quicio de la puerta del dormitorio principal del segundo derecha, ya no pensaba en el comisario, ni en la bronca de Carmela por no llamar al chico en su cumpleaños, ni en la jarra de cerveza abandonada en la barra de costumbre… Sólo Hans Zimmer y Pearl Harbor quedaban en su cabeza mientras los dos cuerpos idénticos e inertes yacían en una cama primorosa, hecha con dulzura.

Al entrar, desde más lejos, obstaculizada la mirada por el ir y venir de agentes y de flases, le parecieron los cuerpos de dos mujeres casi desnudas tumbadas plácidamente en su lecho habitual, boca arriba, con los ojos cerrados, descansando. Ahora, a un par de metros de distancia, analizaba las diferencias yendo de un cuerpo a otro, como en los pasatiempos de un diario dominical.

A la izquierda, la figura de una mujer se presentaba ante el inspector casi de forma apacible. Con no más de cuarenta años, su rostro le pareció hermoso, como de mármol tallado por Miguel Ángel. Le habían cortado el pelo largo y oscuro, según los rastros encontrados en el cubo de basura de la cocina. Después habían rasurado su cráneo con cuidado hasta dejarlo totalmente liso y uniforme. Bruno sintió antojo de caricias. Estaba bien maquillada, hasta donde se podía ver. Un enorme hematoma púrpura y rojizo rodeaba su ojo izquierdo y sus labios aparecían hinchados, como lleno de burbujas de plástico envolvente, ese que tantas veces añoraría como escudo protector.

El torso desnudo mostraba otro moratón en las costillas, este antiguo, ya casi borroso. Las marcas de unos dedos fuertes en sus brazos, como garras de ave de presa empecinada, parecían recién hechas. Las uñas de las manos y de los pies lucían imponentes en rojo carmesí, señal de ansia por vivir a quien no dejaron. Unas bragas negras de corte deportivo eran la única prenda que permanecía, la única protección, su único escondite.

El cuello. Ahí se encontraba la causa de su muerte, la firma de unos dedos grandes y poderosos, los dedos de las manos del cuerpo que reposaba a su lado.

Este cuerpo, el segundo, no era más alto, pero sí más robusto. Se trataba de un hombre de aproximadamente la misma edad. También tenía el cráneo rasurado, al parecer con el mismo cuidado. Estaba maquillado con los cosméticos de su esposa, los que se encontraban bien guardados en el mueble blanco del cuarto de baño, con los mismos colores. El hematoma del ojo estaba dibujado, simulado, aunque casi parecía real. Para inflamar los labios se había utilizado papel de cocina y cola blanca. Después se habían pintado con la misma barra en tono cereza para darles un viso veraz. Obra clara de un experto.

El cuerpo había sido depilado por completo y las mismas marcas resplandecían simuladas en las costillas y en los brazos. Y las uñas, cómo no, se abrasaban en rojo en los dedos de las manos y en los pies. También la misma prenda oscura, aunque extrañamente lisa. Alguien había igualado los cuerpos según los rastros encontrados en el cubo de basura de la cocina.

El cuello estaba limpio. No se encontraba ahí la causa de la muerte, sino en la parte de atrás de la cabeza abierta con una botella grande de cerveza hallada primorosa, sin abrir y sin limpiar en la balda inferior de la puerta del frigorífico.

Adán Leiva y Eva Padial se habían casado hacía ya quince años y no tuvieron hijos. Él trabajaba y ella no. No había denuncias previas por agresiones, aunque los vecinos… El cuerpo de él presentaba más alcohol que sangre en el análisis forense, el iris roto por la rabia en sus ojos blanquecinos y el cráneo incrustado en el lóbulo occipital. Ella murió por asfixia, por muchos años de asfixia.

El viejo piso del número setenta y tres de la calle Salvador Rovira, con la misma decoración con que fue montado quince años atrás, había sido limpiado y colocado de una forma celosa y delicada, como si nunca nada hubiese pasado, con dos cuerpos colocados en la cama como dos maniquíes en un escaparate. Sólo un cubo de basura repleto de restos esclarecedores, contadores de la historia, y una botella ensangrentada con las huellas del verdugo disonaban en la escena del crimen más extraña que Bruno Montalbán jamás había contemplado.

—¿Por qué lo ha hecho?

Digna Quiroz tenía sesenta y dos años, se había prejubilado como maquilladora de cine y era la madre de Eva Padial. Sentada en un viejo sofá de su sala de estar, le clavó sus ojos como espadas que no entienden la pregunta.

—Me llamó un poco antes, más asustada que otras veces. Cuando llegué estaba muerta y el dormía borracho como un cerdo abrazado a su cuerpo delicado. La muerte nos iguala, inspector. Todos somos iguales en la muerte.

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Escritor.

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