SOLEDAD

por   Anxo do Rego

© Anxo do Rego. Todos los derechos reservados.


Soledad

Deberías enseñarme a reír de nuevo, sigo triste. Para ti

¿El hombre solitario es una bestia o un dios? Aristóteles

 

Tal vez la vida de Ernesto Crevillente Arias se dibujó nada más nacer, , tras los primeros minutos de vida sin que él lo supiera. Después de que las enfermeras lavaran su cuerpo, limpiaran sus ojos y le envolvieran en una cómoda y caliente sabana blanca, le llevaron en una cuna hasta la habitación donde permanecía su madre, en la maternidad. Esperaba escuchar el latir de su corazón, compartido con ella durante casi nueve meses. Deseaba escuchar las primeras palabras de cariño, y sentir las primeras caricias y besos. Pero no fue así, la habitación estaba vacía. Sí encontró a su padre, pero no era lo que él necesitaba. También a dos enfermeras y a un doctor que explicaban algo para él incomprensible en ese momento.

Fue una sensación tan extraña, tan llena de dureza y falta de sentimientos que no alcanzó a comprender el motivo por el que le apartaban de su madre. Se prometió en ese momento que algo debía hacer para comprender las razones que llevaron a esa gente a eliminar sus deseos de cariño caricias y besos tan ansiados.

Su padre, como su madre, era joven, solo hacia un año que se habían casado. El tenía veintidós años y ella diecinueve. Se habían prometido amor eterno y una vida próspera, truncada por una estúpida negligencia médica, que su padre no supo entender y él descubrió años después. Tres meses más tarde acababa con su vida al no poder soportar la ausencia de su esposa.

Ernesto, fue atendido en un principio por sus abuelos maternos, los paternos no quisieron hacerse cargo de él. Algo les decía que aquel bebé era el culpable del suicidio de su hijo. Los otros abuelos, soportaron estoicamente el dolor de ambas desapariciones y se comportaron aparentemente bien. Alimentaron y cuidaron de él hasta que llegó su mayoría de edad. Llegada esa fecha, le entregaron una importante cifra en efectivo y le invitaron a abandonar aquel hogar. Bajo la aparente aceptación, también subyacía, igual que a los otros abuelos, un rencor soportado cual si fuera artífice de la muerte de sus padres.

Ernesto, que hasta entonces no se había relacionado mas que con sus compañeros de estudios, no supo que hacer. Eran las diez de la mañana cuando la puerta se cerró tras él. Arrastró durante horas una maleta roja, con ruedas, una bolsa sobre el hombro, y una soledad que escocía en sus ojos, dolía en el pecho y cansaba sus piernas y brazos.

Sin darse cuenta, sus pies le llevaron hasta la puerta de un Colegio Mayor, cercano a la Universidad donde acababa de aprobar su ingreso en la Facultad de Derecho. Tras mucha discusión, logró que al menos durante un mes le aceptaran, luego no tendría mas remedio que buscar otro lugar donde vivir.

A los quince días escuchó a dos compañeros de facultad, comentar que precisaban otro mas para cubrir el precio del alquiler de un piso en Arguelles, barrio de Madrid. Más tarde acordó con ellos ser ese tercero buscado, y allí se fue a vivir.

No lograron apartarle de su solitaria vida. Solo eran dos compañeros de piso a los que soportaba las fiestas, ruidos y suciedad. Logró concentrarse de tal manera que apenas oía sus orgías. De cuando en cuando, quizás por lastima, le invitaban cuando algún compañero había fallado y se encontraban con miembros del otro sexo sin pareja.  La mayoría de féminas comentaban al irse, que aquel muchacho era demasiado extraño,  poco comunicativo y nada juerguista.

No llegó a relacionarse, ni siquiera celebró acabar la carrera. Tampoco que uno de los despachos más importantes de Madrid, le llamara para realizar prácticas haciéndole firmar un contrato remunerado. Se mantenía solo, así cada día, semana y mes. Trabajaba denodadamente, no se quejaba por nada y cumplía a rajatabla sus obligaciones. Pero seguía sin relacionarse con gente. Era la soledad personificada.

Se especializó en asesoramiento de empresas, altas finanzas y transacciones internacionales, y pronto alcanzó uno de los puestos más altos dentro del Bufete Alférez Abogados y Asesores. Su fama radicaba en su silencio, en preguntas muy concretas y en un informe verbal decisorio. En una palabra tenia éxito, bastante éxito. Era lo único que tenia. Vivía solo en un excelente dúplex al norte de la capital, disponía de un chofer para moverse por la ciudad y el exterior, y solía almorzar casi siempre en restaurantes, nunca en el mismo y casi siempre alejado de su lugar de trabajo. Carecía de amistades y nunca, hasta el momento presente, se relacionó con mujer alguna.

Su vida pese a ser nula respecto a sus relaciones sociales y humanas, transcurría aparentemente bien, sin problema alguno, al menos para él.

La noche anterior al primero de los actos ratificando su soledad, había terminado de perfilar detalladamente cuanto debía hacer. De modo que, muy temprano, antes de que su chofer le recogiera en casa, como cada mañana, bajó despacio por las escaleras, atravesó el portal, a esas horas no había nadie, avanzó unos metros, y despareció.

Recorrió con rapidez el espacio que le separaba de la vivienda de sus abuelos paternos. Sin quitarse los guantes llamó al timbre desde el portal.

  • ¿Quien es? —preguntó una voz femenina.
  • Soy tu nieto Ernesto. Ábreme —dijo imperativamente.
  • Es muy temprano, vuelve mas tarde. Además ni siquiera te conocemos.
  • ¡No! —señalo tajante— es imprescindible que me abras ahora. Te enseñaré la documentación antes de entrar.
  • Está bien.

Oyó un clic, abrió la puerta y subió hasta el segundo piso por las escaleras. Su abuela apareció envuelta en una bata, como su abuelo, solo que en zapatillas, era muy temprano. Ambos quedaron frente a él al otro lado de la puerta.

  • ¿No vais a dejarme entrar? —dijo en tono exigente.
  • Claro, pasa. ¿Qué quieres?
  • Solo una cosa. Decir a mi padre, cuando os encontréis con él, que fue un cobarde por dejarme solo, como vosotros. ¡Canallas!

Luego desapareció dejando perplejos a sus abuelos. Dos minutos mas tarde, sonaron dos ploffs, cortos, secos, anunciadores de muerte. Las balas se incrustaron en sus respectivos rostros. No se oyó decir palabra alguna. El asesino abrió la puerta, bajó, condujo la moto hasta cerca de su domicilio, se deshizo del arma, del casco y guantes y desapareció en el interior.

Mientras tanto Enrique entró en la ducha, se vistió y esperó cinco minutos. El conserje le vió atravesar el hall al salir, y a Rodolfo, el chofer, como le abría la puerta antes de llegar al coche. El resto del día trabajó, como siempre, solo y en silencio. Había aumentado su campo de soledad.

Por la tarde, alguien devolvió la moto alquilada en el sur de la ciudad, y él siguió con su vida de soledad.

Un sábado por la mañana, llamó por teléfono a sus abuelos maternos, quienes después de la muerte de su madre, tuvieron poca o nula relación con los paternos.

  • Hacía mucho tiempo que no llamabas.
  • Desde que me echasteis de vuestra casa.
  • Hijo, por favor, ¿todavía no has olvidado eso?
  • Necesito preguntaros algo personalmente, ¿puedo ir a vuestra casa?
  • Claro, es la tuya.
  • No abuela, no es mi casa, ya os ocupasteis de negármela cuando cumplí dieciocho años.
  • Cuanto rencor guardas.
  • ¿Tú crees? Bueno, ¿puedo ir a visitaros?
  • Entonces estaré ahí dentro de una hora.
  • ¿Te quedarás a comer?
  • Ni mucho menos, solo necesito algunas respuestas.

Como era semi festivo, su chofer tenía el fin de semana libre, a no ser que lo necesitara para viajar a alguna ciudad y asistir a una reunión del Bufete. De todos era conocido que Ernesto carecía de automóvil y permiso de conducir.

Salió de su domicilio y quince minutos mas tarde tomó un taxi hasta casa de sus abuelos. Al llegar no les saludó como esperaban. Se limitó a dar unos buenos días secos y cortantes.

  • Puedes sentarte si quieres.
  • Prefiero estar de pie, si me respondéis a unas cuestiones, me marcharé enseguida.
  • ¿Cómo te va la vida? —preguntó la abuela.
  • Eso no te concierne. Nada de mi os atañe desde que me echasteis. No responderé. Pero si quiero respuestas a algo que me preocupa desde hace tiempo.
  • Está bien Ernesto, pregunta —dijo el abuelo con rotundidad y cierta hostilidad.
  • Quiero saber el hospital donde nací, quien atendió a mi madre en el parto y la razón por la que murió y obligó a mi padre a suicidarse.
  • Naciste en la Clínica Santa Cristina, estaba en la calle O’Donnell, pero hoy no existe, la derribaron y en su lugar han hecho un nuevo edificio.
  • ¿Cómo se llamaba el doctor que la atendió?
  • No lo sabemos, nunca lo supimos.
  • Tampoco hicisteis nada por saber la razón de la muerte de mi madre.
  • Nos dijeron que no soportó bien la anestesia, y se le complicó con un proceso de oxigenación de sus pulmones.
  • En realidad, os conformasteis con la palabrería de esa gente ¿Tenéis algún documento?
  • Sí, tu abuela guarda alguno, de su ingreso y posterior deceso.
  • ¿Puedes dejármelo?
  • Claro
  • ¿Que quieres hacer?
  • Encargaré a alguien que investigue. Así podré saber con exactitud que hicieron a mi madre.
  • No remuevas viejas cosas ahora, hijo.
  • Por favor, no me llames así, no soy vuestro hijo, ni vuestro nieto, no soy nada vuestro. Además, yo tampoco os quiero.
  • Pero somos tu única familia, además de tus abuelos paternos.
  • Os repito que no tengo a nadie, estoy solo. Solo desde que nací. Mi madre falleció al poco tiempo de yo nacer, mi padre no lo soportó y se quitó la vida. Mis abuelos paternos me rechazaron y vosotros me mantuvisteis vivo durante dieciocho años, para luego echarme como a un perro a quien se le da un hueso ¿Sabéis lo que es ser sinónimo de soledad?
  • Perdona Ernesto, no queríamos…..

No le dejó acabar la frase

  • Me voy, solo quería recoger esta documentación, escuchar respuestas, ahora debo marcharme, seguir con mi soledad, es demasiado tarde para pedir perdón y disculpas. ¿Os sentís solos también? Pues conformaros, yo no os echaré a la calle. Adiós, no creo que volvamos a vernos.

La abuela comenzó a llorar y su marido trató de consolarla. El nieto ya había salido de la casa con una carpeta marrón donde guardaba documentación. Regresó a casa tomando un taxi después de pasear quince minutos en dirección opuesta.

Al llegar a su vivienda, el portero dijo que dos hombres habían preguntado por él, añadiendo que le llamarían en un par de minutos.

Se puso ropa mas holgada, y se dispuso a llamar por teléfono para pedir un menú a uno de sus restaurantes preferidos. Acostumbraba a hacerlo cuando no tenía ganas de salir a la calle.

  • En media hora estará en su domicilio —le respondieron.
  • Gracias.

Nada mas colgar, el portero le llamó.

  • Sr. Crevillente, los señores que le indiqué antes, acaban de llegar. Desean verle.
  • Por favor, dígales que suban.

A los pocos segundos, el timbre sonó cadenciosamente.

  • Pasen, por favor. ¿Que necesitan de mi?
  • Algunas respuestas. El es el subinspector Méndez y yo el inspector Fortuny.
  • Bien, adelante.
  • ¿Desde cuando hace que no ve a sus abuelos paternos?
  • Ni lo recuerdo.
  • ¿No los ha visto últimamente?
  • Ni últimamente, ni nunca.
  • Explíquese.
  • Cuando nací, va para veintisiete años. Mi madre murió y tres meses después mi padre se suicidó. Ellos no quisieron hacerse cargo de mi, y fueron mis abuelos maternos quienes me atendieron. No recuerdo haberlos visto después de que mi padre muriera, y como comprenderán con meses de vida, la memoria es restrictiva.
  • ¿A que viene esa pregunta?
  • Verá, sentimos comunicarle que sus abuelos han sido asesinados.
  • ¿Y?
  • Nada, rutina, preguntas de rutina.
  • Pues háganlas.
  • Donde estaba usted el lunes entre las seis y siete y media de la mañana.
  • Aquí, en mi casa.
  • ¿Solo?
  • Vivo solo.
  • ¿Puede demostrarlo?
  • Ni falta que hace. Si vivo solo, no creerán que debo traerme a alguien para dar respuesta a sus preguntas. Es absurdo.
  • Es usted abogado por lo que veo.
  • Mercantilista, no penalista.
  • ¿No entiende de derecho penal?
  • Lo que estudie en la facultad, nada más. Me ocupo en mi despacho de otros asuntos. Puedo añadir, que no se conducir, no tengo carné, y cada mañana viene a recogerme el chofer puesto a mi disposición por el Bufete. ¿Les parece bien? o ¿debo buscar coartada?
  • No, no señor, pero comprenda, debemos cumplir con nuestra obligación.
  • ¿Dónde los han matado?
  • En su casa.
  • ¿Saben o tienen alguna sospecha?
  • No, aun no.
  • Pues entonces váyanse y encuentren a quien pudo
  • Son su única familia.
  • Yo no tengo familia.
  • ¿Se hará cargo del entierro?
  • ¿Me van a dar alguna razón?
  • No, no señor. Solo que parece molesto con ellos.
  • Analicen mi situación con tres meses de vida, y por favor díganme si debo estar o no molesto con esos señores. Los han matado, es una desgracia, pero no siento nada. Lo lamento, es así de duro, pero también es la realidad.
  • Le avisaremos. Gracias por atendernos.
  • No, no me avisen. No me interesa. Avisen a su familia, si es que les queda a alguien.
  • Insisto ¿No se hará cargo del sepelio?
  • Claro y pondré plañideras. Ni un euro, no me gastaré un solo euro. Lo siento. Adiós señores, si no tienen mas que decir o preguntar.
  • Adiós Sr. Crevillente.
  • Tienen mi autorización verbal, y por escrito si la necesitan, para preguntar al portero de la finca y al chofer de mi empresa.
  • Lo haremos con o sin su consentimiento.

Al salir, los policías comentaron en voz baja, la situación del abogado. Uno, a su favor, el otro adujo que era tan solo una postura.

El mismo hombre de negro, el lunes a última hora se fue a una población cercana a Madrid, alquiló una moto de gran cilindrada y pagó en efectivo los quince días que la tendría rentada. Durante ese tiempo anduvo haciendo kilómetros y dominando la maquina. Ese mismo hombre, se acercó al domicilio de los abuelos maternos del abogado Crevillente. Aparcó entre dos vehículos cerca de un banco. Serían las siete de la mañana. Luego se acercó despacio y llamó al timbre del domicilio.

  • Ábreme, debo devolveros la carpeta que me disteis, y quiero hacerlo antes de ir a trabajar.
  • ¿No puedes venir mas tarde?, tu abuela esta acostada y enferma.
  • Será un minuto.
  • Está bien, te abriré.

La puerta estaba abierta, entró sin quitarse el casco de la cabeza, el abuelo salía de la cocina con una taza en su mano. El disparo le atravesó la garganta y cayó inmediatamente al suelo sin exhalar un solo grito. Desde la cama se oyó preguntar a la abuela. Vio a un hombre entrar en el cuarto apuntar a su rostro mientras decía: Di a mi madre que la vengaré muy pronto. Fue lo último que oyó aquella mujer.

Ernesto Crevillente aumentó su capitulo de soledad.

El hombre de negro cerró la puerta, se colocó el casco y recogió la moto. A las siete y media entraba en su casa, después de subir las escaleras.

Ernesto mientras tanto se duchó, preparó una cafetera y esperó pacientemente a que su chofer, como cada mañana, le recogiera. Trabajó todo el día.

Al día siguiente el asesino entregó la moto con más de tres mil kilómetros.

El conserje le llamó, sobre las ocho de la tarde.

  • Crevillente, de nuevo los dos policías quieren hablar con usted.
  • Bien, pues dígales que estoy muy ocupado y no puedo atenderles, mañana salgo de viaje y debo preparar unos documentos.
  • Lo siento Sr. Crevillente, —dijo a través del intercomunicador— es preciso que nos veamos ahora mismo.
  • Esta bien, tienen diez minutos.

Los llevó hasta su despacho.

  • Tenemos algo importante que comunicarle.
  • ¿Han enterrado a mis abuelos? Ya les dije que no pienso gastar ni un solo euro en esa gente.
  • No, Sr. Crevillente, esta mañana han asesinado a sus otros abuelos.
  • ¡Vaya!, alguien desea acabar con la familia Crevillente ¿Creen que el siguiente seré yo y por eso vienen a avisarme?
  • Tal vez debería poner cuidado. ¿Tiene enemigos?
  • Cada individuo se crea los suyos, y por mi trabajo, supongo que los habré alimentado. Es lógico.
  • Debemos preguntarle donde estaba esta mañana entre las seis y media y siete y media.
  • Aquí, preparándome una cafetera para desayunar mientras esperaba a mi chofer. Pueden preguntarle.
  • Ya lo hicimos.
  • ¿Van a ponerme policías para que me guarden y vigilen?
  • Si no lo necesita, no, no podemos. Solo seria con orden judicial.
  • ¿Y que quieren de mi?
  • Solo que ponga cuidado. Si observa algo extraño, llámenos.
  • De acuerdo. Y ahora si no les importa, mañana salgo para Bruselas, debo preparar unos documentos importantes.
  • Claro, le dejamos. Sentimos la muerte de sus abuelos. ¿Estos familiares tampoco le importan?
  • Aún menos, me echaron de su casa a la calle, como a un perro, a las nueve de la mañana, el día que cumplía dieciocho años. ¿Verdad que es para quererles mucho?
  • ¿Cuánto hace que no los ve?
  • Desde esa fecha, pueden calcularla, yo ni me molesto.
  • Supongo que tampoco irá a reconocer sus cadáveres, ni a su entierro.
  • ¿Es obligatorio?
  • No
  • Entonces, no.
  • Adiós Sr. Crevillente.
  • Adiós señores y gracias por la información. 

Los viajes que el asesino realizaba con frecuencia fuera de Madrid, y del país, le proporcionaron ocasiones para hacerse con diversos teléfonos de usar y tirar, así como armas con silenciador, suficientes para no crear un nexo entre sus asesinatos. Una vez cubiertas las dos primeras etapas, inició las siguientes.

El doctor que atendió a su madre, así como el resto del equipo, anestesista, matrona y ayudantes, estaban dispersos por la geografía madrileña. El anestesista estaba a punto de hacerse cargo del servicio de anestesia de un hospital recientemente inaugurado al sur de la provincia de Madrid. La matrona, también había cambiado de hospital materno-infantil, a otro centro en el oeste de la provincia. El doctor pertenecía a una de esas empresas de seguros que practican la medicina a base de facilitar el nacimiento indoloro. La clínica estaba considerada como la numero uno en cesáreas. A punto de jubilarse parecía disfrutar trayendo niños al mundo, siempre con éxito, según rezaban sus estadísticas.

  • Entonces Sr. Ruiz, traerá a su esposa a nuestro centro.
  • Si, es muy posible, pero antes me gustaría hablar personalmente con el Dr. Cuentas.
  • ¿Quiere que le concierte una entrevista con él?
  • ¿En la clínica?
  • No, en su despacho privado.
  • Mejor, cuando acabe iré con mi esposa, mientras tanto prefiero hacer yo las gestiones.
  • ¿Le parece bien el miércoles?
  • Bien, pero ha de ser a ultima hora, regreso de viaje.
  • Entonces, sobre las veinte treinta. ¿Se ajusta a su agenda?
  • Si, si, estupendo.
  • Hasta el miércoles.

Ese día, como los anteriores, alguien había contratado una moto de gran cilindrada, esta vez en una población a treinta kilómetros de Madrid, en dirección norte. Se apostó cerca de la clínica, en una reconocida urbanización del norte de la ciudad. Esperó a que dieran las veinte treinta para llamar al Dr. Cuentas. A través de la ventana pudo identificarle.

  • Disculpe pero aun estoy de viaje, es posible que no pueda llegar a tiempo, tal vez deberíamos suspender la entrevista, dejarla para mas adelante. Me pondré en contacto con su secretaria.
  • Como quiera, ya he acabado la consulta, puedo esperarle media hora, como mucho.
  • No doctor, déjelo, volveré a concertarla otro día, y por favor discúlpeme, pero el trabajo a veces…..
  • Lo se. Gracias por llamarme.
  • De nada. Espero verle pronto.
  • Yo también.

Le vio salir del edificio y acercarse a la zona de aparcamiento. Se adelantó con la moto y paró junto a la puerta del vehiculo, antes de que entrara en él.

  • ¿Es usted el doctor Cuentas?
  • Si, si señor.
  • Me gustaría hacerle unas preguntas ¿Puedo?
  • Si no tarda mucho, debo asistir a un cocktail, y me esperan dentro de media hora.
  • No serán más que dos minutos.
  • Si es así, adelante.
  • ¿Trabajó usted en la maternidad de Santa Cristina, hace veinticinco años?
  • Desde luego. Atendía los partos.
  • Supongo que no recordará el parto de Adela Arias.
  • Disculpe pero son muchas las pacientes que atiendo.
  • Ella murió por una negligencia de su equipo.
  • Bueno, eso es mucho decir.
  • ¿Quién era, puedo saberlo?
  • No, pero esa mujer murió por su culpa, y usted también morirá.
  • Pero, oiga, no hubo pruebas.
  • Ni juicio, ni investigación, nada, no hubo nada. Tampoco esta vez lo habrá.

El ploff, sonó tres veces, uno a la cabeza, otro al cuello y el tercero al pecho. Cayó sobre el capot, resbaló y se estrelló sobre las ruedas delanteras. Así lo encontraron los vigilantes por la mañana, a las siete treinta.

Esa semana Ernesto estuvo muy ocupado. Las reuniones que celebraba en el Parador de Segovia, le obligaron permanecer anclado en el establecimiento hotelero. Su chofer siempre esperaba por si le requería.

La matrona, murió al salir del portal de su casa, tras escuchar las palabras de un hombre vestido de negro y su cabeza cubierta con un casco y visera del mismo color. Las dos ayudantes o enfermeras, murieron por la fuerza de dos balas. Una de ellas al entrar en el portal de su domicilio, en el centro de Madrid, la otra al salir con el uniforme y los zapatos de estar en la clínica, para tomar un bocadillo en un bar cercano y contaminar después las salas. Fue sobre las nueve de la noche.

El  anestesista fue el último en morir. Salía camino de Madrid, para cubrir los cincuenta kilómetros que separan Aranjuez de la capital. Nada mas arrancar el coche, una moto de gran cilindrada apareció de la nada y se puso a su altura. Le invitó a parar. El conductor del Ford paró y bajo la ventanilla.

  • ¿Qué ocurre?
  • La verdad, en este momento nada, ocurrió hace veintisiete años. Aplicó una dosis de anestesia mayor a la que necesitaba Adela Arias, y entre usted, el doctor Cuentas, la matrona y sus ayudantes la mataron. Ninguno reconoció la negligencia, y hoy lo pagará
  • Pero…..
  • No hay pero.

El primer disparo le atravesó la yugular convocando una fuente de sangre. Enseguida puso su mano sobre ella. El segundo le atravesó lateralmente el hígado y el tercero el pulmón derecho. Luego le miró y señaló. De recuerdos al resto de su equipo, le están esperando. Dígales que esto suyo ha sido un pequeño error, que también ha sido una negligencia sin importancia. Tardará en morir menos que Adela Arias, ella no llegó a besar a su hijo, ni acariciarle. Usted sin embargo ha tenido suerte, disfrutó de su tiempo al lado de su familia.

El anestesista no alcanzó a decir palabra alguna, resbaló hasta el volante y expiró.

El ciclo se había  cerrado. Ernesto ahora se encontraba en perfecta armonía con su soledad. No existían sus padres, ni abuelos, nadie, no había familia. Tampoco vivían quienes fueron los artífices de su soledad, forzada inicialmente por una negligencia medica seguida de la oportunidad por inoperancia de su familia. No exigir responsabilidades. Después la cobardía de su padre al quitarse la vida, no pensar en él, y por ultimo sus abuelos. Absurdas personas que, de puro egoísmo dieron con él en la calle, o como los paternos, negándose a considerar siquiera vivir con él. No le hacia falta nadie. Ahora dormiría tranquilo.

De regreso de las reuniones en el Parador de Segovia, leyó las notas dejadas por los dos policías. Le conminaban a llamar por teléfono. Lo hizo desde su despacho en el Bufete.

  • Fortuny, soy Ernesto Crevillente Arias. Tengo entendido que estuvo yendo a mi domicilio estos días.
  • En efecto. Quería hacerle unas preguntas.
  • Adelante.
  • Donde estuvo todos estos días atrás ¿puede saberse?
  • Manteniendo reuniones de trabajo en Segovia.
  • ¿Todo el tiempo?
  • No comprendo la pregunta. No he salido de allí, si es eso cuanto quiere saber. Puede preguntar a mi chofer, o en el Parador.
  • Desde luego. Lo haré.
  • ¿Algo más?
  • ¿Sabe conducir?
  • ¿Conducir que? Aviones, barcos, coches.
  • Coches.
  • No, no señor, por eso dispongo de un chofer, ya se lo dije.
  • ¿Conoce al Dr. Cuentas?
  • ¿Quién es?
  • Esperaba que me lo dijera usted.
  • Pues lo siento. No me muevo en ambiente médico. ¿Debería conocerle?
  • No es preciso. ¿Oiga? ¿Suele mentir mucho?
  • No comprendo esa pregunta.
  • Es muy fácil, ¿miente con frecuencia?
  • A veces no tengo mas remedio. Comprenda, en mi trabajo se suceden suficientes oportunidades.
  • Es suficiente por hoy, pero me gustaría tener una charla personal. ¿Podrá atenderme un día de estos?
  • Tal vez, llámeme antes, tengo mucho trabajo, además, suelo viajar con frecuencia fuera del país. Si lo hace le haré un hueco en mi agenda.
  • Ya.
  • Entonces esperaré su llamada.
  • Claro.

La conversación cesó, pero no la sospecha del policía. Sin avisar, estuvo recabando información de cuantos rodeaban a Ernesto Crevillente. Confirmó que en efecto, no poseía carné de conducir, y más tardé corroboró al entrar en la base de datos de la Dirección General de Trafico. En relación a su chofer, solo salía con él para recogerle en su domicilio y dejarle mas tarde. Algunos viajes esporádicos cercanos y cuando estos eran lejanos, para llevarle al aeropuerto. No se le conocía más familia que los abuelos, maternos y paternos, asesinados con arma de fuego, aunque no coincidentes en el calibre ni el arma que los disparó. Tampoco se le conocían amigos, masculinos o femeninos. Su vida se limitaba a trabajar, trabajar y trabajar. Tenía momentos esporádicos de paseos a pie por los alrededores de la calle donde vivía. Estaba muy considerado en el Bufete, y como escuchó, carecía de interés por las causas penales. Era la personificación de la soledad.

Durante varias semanas el Inspector Fortuny habló con Ernesto en diversas ocasiones, dejando ver con claridad su sospecha de que, las muertes violentas ocurridas tanto a sus abuelos como al equipo médico que atendió veintisiete años atrás a su madre, él pudo tener oportunidad y motivos para hacerlo. La última charla de apenas cinco minutos, fue cuando salía de su casa camino del Bufete.

  • Suba, iremos hablando en el coche camino de mi despacho, no tengo mas tiempo para usted. Lo siento.
  • Está bien, gracias.
  • ¿Dígame que pretende?
  • Necesito saber si ha tenido que ver algo en las muertes de sus abuelos.
  • ¿Cree que lo hice yo?
  • Disculpe, pero tengo esa sospecha.
  • Y seguro que estará molestándome hasta que descubra lo contrario, que nada tuve que ver.
  • En realidad más o menos, es el único sospechoso que tengo.
  • Verá inspector Fortuny, escuche atentamente, no voy a repetírselo. Si tiene pruebas contra mi ejercite las acciones pertinentes, de lo contrario deje de molestar. Ahora mismo voy a poner todas sus conversaciones, llamadas y molestias sobre la mesa de mi principal, para que las haga llegar a nuestro equipo de Letrados Penalistas. Tiene una semana para demostrar fehacientemente sus sospechas, de lo contrario tendrá que olvidarse, no molestar más o verse en la tesitura de afrontar una demanda por acoso.
  • Entendido.
  • No tengo tiempo para dedicarme a esto, tengo mucho trabajo y debo estar concentrado, si además me perjudican sus actuaciones, no tendré mas remedio que optar también por presentar una reclamación por daños y perjuicios.¿Me he explicado suficientemente claro?
  • Desde luego. ¿Puede decir al chofer que pare?, deseo bajarme inmediatamente del coche.

La situación se calmó. Cesaron las llamadas, visitas y conversaciones. Al cabo de ese tiempo Ernesto recibió una llamada telefónica.

  • Crevillente, soy el Inspector Fortuny. Tengo suficientes indicios que le apuntan como autor de las muertes de toda esa gente. ¿Quiere que hablemos? o ¿prefiere que nos veamos ante S.Sª?
  • No tengo intención de escuchar más estupideces.
  • De acuerdo, entonces cursaré las órdenes oportunas.
  • Estupendo.

Nada mas colgar, Ernesto habló a través de un teléfono de usar y tirar. Únicamente dijo: Adelante. Más tarde se deshizo del móvil durante su paseo diario.

Un hombre con ropaje negro, casco y visera, siguió al policía. En un momento determinado el inspector se bajó del coche y él le siguió. Caminaba despreocupado hasta llegar a un lugar con menos iluminación. Dio dos pasos y se volvió encañonando al hombre, quien a su vez llevaba un arma dispuesta para ser usada.

  • No esperaba esto de usted Ernesto – dijo el policía. No es tan listo como aparenta. Cayó en la trampa. No tengo indicio alguno. Ahora creo que si. Suelte esa pistola o me veré obligado a disparar.

El hombre no respondió, al verse encañonado se limitó a apretar el gatillo varias veces, sin esperar respuesta del policía, quien herido de muerte cayó de espaldas. Sin embargo las balas que atravesaron al hombre de negro, le llegaron por la espalda.

El inspector Fortuny murió tres días después en el hospital. El subinspector Méndez, se acercó al despacho de Ernesto Crevillente.

  • Pase, Sr. Méndez, pase. ¿En que puedo ayudarle?
  • Solo quiero comunicarle que el inspector Fortuny murió asesinado por un hombre.
  • Lo lamento.
  • El Comisario me ha pasado el caso que investigábamos sobre usted y las muertes violentas de sus abuelos y otras personas.
  • Comprendo.
  • Debo decirle que ha dado orden de archivarlo.
  • No entiendo, podría habérmelo dicho por teléfono.
  • Quería ver su mirada cuando escuchara cuanto acabo de decirle.
  • ¿Le gusta mi mirada?
  • No, deseaba comprobar si era la misma que puso al conocer la muerte de sus abuelos. Fría y exenta de sentimientos.
  • Ya les dije mis razones. Y respecto del inspector, lo siento, solo eso. Estuvo incordiando durante un tiempo, luego lo dejó. Eso es todo.
  • Adiós.
  • Adiós Sr. Méndez.

Una nota escueta apareció sobre la mesa del comisario, firmada por el subinspector Méndez. Al final aparecía la fecha y firma rubricando su dimisión como policía.

Otra nota dos días después apareció en las hojas interiores de un periódico de tirada nacional: El cadáver de un hombre vestido con ropas de motorista ha aparecido acribillado a balazos en una calle de un barrio del este de Madrid. Los vecinos a quienes hemos preguntado, nos han señalado, que no debe vivir en el barrio, pues nunca lo han visto. Al parecer unos policías pudieron enfrentarse a el por causas que se desconocen, ya que oyeron diversos disparos. Uno de ellos pudo sufrir heridas que mas tarde causaron su muerte. Al motorista le dispararon por la espalda. La policía no ha querido hacer ninguna declaración, aunque tenemos información que estaban investigando los asesinatos de los abuelos paternos y maternos de un importante Abogado de Madrid, a quien no han querido identificar. 

Ernesto recogió la última unidad de móvil usar y tirar. Después, como hiciera con los otros teléfonos, se deshizo eliminando pieza a pieza, en ésta ocasión junto a las de la última pistola utilizada,  durante sus paseos diarios y antes de cenar. Ahora estaba más solo que nunca, pero eso no importaba, estaba acostumbrado.


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