The Detection Club, algo más que una hermandad de escritores excéntricos

por | Abr 15, 2016 | Bolox_Ana, Miradas | 0 Comentarios

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No puedo asegurar si el ritual se celebró en Grosvenor House o en Dorchester, pero sí estoy segura de que sucedió una tarde del verano de 1937.

Había llegado a Londres poco antes, apenas unos días, tras un largo vuelo desde Nueva Zelanda. La invitación me resultó muy atractiva. Tener el privilegio de asistir a una de las reuniones del Detection Club era algo con lo que jamás habría soñado. De hecho, hasta aquel día no conocía a ninguno de los escritores que lo conformaban, salvo por lo que había leído de ellos en la prensa y lo poco que podía traslucirse de su personalidad a través de sus propias obras.

Primero cenamos en un fastuoso salón en el que los asistentes charlaban entretenidos, los unos con los otros. Yo apenas abrí la boca y, para ser franca, tampoco presté demasiada atención a las conversaciones. Me sentía demasiado emocionada por lo que estaba por venir e impaciente. Sobre todo, impaciente.

Al fin, todo el mundo se levantó y se dirigió a otra sala. Era alargada y al fondo había una gran silla que me recordó a un trono. A la derecha había una pequeña mesa y, a la izquierda, un atril con una jarra de vino cuya boca estaba cubierta con un paño.

De repente, las luces se apagaron y la sala se sumió en la oscuridad. Todo el mundo salió, a excepción de yo misma y alguien que se quedó junto a mí, en silencio. Me sentía intimidada por las tinieblas y el silencio que reinaba, y también, por supuesto, porque desconocía qué nos aguardaba a mi acompañante y a mí, que tan sólo nos atrevíamos a cruzar algunas palabras en susurros, como si nos encontráramos en una capilla, velando armas.

El corazón me dio un vuelco en el pecho cuando, sin que lo advirtiéramos, una puerta se abrió de repente y una mujer, vestida con una toga negra y roja, y unos quevedos sobre la nariz, entró sin dirigirnos ni la mirada ni la palabra.

Llevaba un pabilo en la mano para alumbrar sus pasos, que encaminó hacia el atril. Recuerdo que en aquel momento la miraba con curiosidad, mientras me preguntaba qué sería lo que nos diría cuando alcanzara el ambón y si acaso entonces me miraría y se dirigiría a mí. Pero no tuve oportunidad de responderme. Cuando subió a la tarima, descubrí que en las mangas de la toga ocultaba un arma que no pude identificar con claridad: ¿acaso fuera una pistola, un revolver? Me estremecí.

La oradora encendió una vela y, a una orden suya, una procesión de hombres y mujeres accedió a la sala. Cuatro de ellos llevaban antorchas y el resto portaba armas de distintos tipos: una cuerda, una espada, un frasco con veneno… Para entonces, hacía ya rato que había dejado de parecerme tan buena idea la de aceptar una invitación que ahora sugería una carnavalada más allá de lo socialmente aceptable. Miré de reojo a mi acompañante, pero él no me estaba prestando atención. Se había dado la vuelta y observaba la parte trasera de la sala. Yo también lo hice. Un enorme tipo vestido de negro, que portaba un cojín sobre el que descasaba una calavera, había entrado y se dirigía hacia el lugar donde la oradora aún aguardaba. Cuando alcanzó el estrado, ésta se aclaró la garganta y comenzó a hablar.

En el silencio de aquella enorme habitación, alumbrada apenas por la llama de las cuatro antorchas, la oradora tomó juramento a un hombre corpulento que debía de haber alcanzado la sesentena:

“Perpetrar y resolver los crímenes a través de métodos justos y razonables; no ocultar ninguna pista clave al lector, honrar al Rey […] y obedecer siempre el juramento que me obliga al secreto de cualquier hecho que se me comunique dentro de la hermandad del Club”.

La oradora era Dorothy L. Sayer; el hombre a  quien se tomó juramento, Edmund Clerihew Bentley, segundo presidente del Detection Club; y la mujer que nos ha narrado la historia, Ngaio Marsh, una de las cuatro reinas del crimen, junto a Agatha Christie, Margery Allingham y la propia Dorothy L. Sayer, y cuyos pensamientos de aquella noche me he permitido “novelar” en primera persona a lo largo de los párrafos anteriores.

 

Las 10 reglas del Detection Club

El Detection Club nació en 1930. Lo constituyó un grupo de escritores de novela policíaca que pertenecía a la élite del género. La elección de miembros era extremadamente selectiva y sus rituales, como se acaba de describir, bastante insólitos.

Los patrocinadores, los que movían el asunto, eran jóvenes escritores que buscaban regular la escritura de novela policíaca al amparo de unas reglas, de manera que las historias detectivescas ofrecieran a los lectores un juego en el que pudieran participar en igualdad de condiciones que el detective. Así, cuando un nuevo miembro era aceptado en la hermandad, se obligaba a respetar las 10 reglas que el Detection Club había establecido como imprescindibles para escribir una novela policíaca:

  1. El criminal debe aparecer pronto en la novela, pero el lector no puede conocer sus pensamientos. O dicho en Román paladino: el escritor no puede otorgar el punto de vista al asesino.
  2. El escritor de novela detectivesca debe descartar todo hecho sobrenatural o que no esté sujeto a una explicación racional.
  3. No puede existir más de una habitación o entrada secreta en cada novela.
  4. No se puede utilizar ningún tipo de veneno desconocido hasta este momento ni ningún instrumento que requiera una larga explicación científica en el momento de la resolución del caso.
  5. No se permiten personajes de nacionalidad china. (Aclaración: en el momento en el que se escribieron estas reglas, era bastante normal incluir en las novelas de misterio a un personaje chino o de descendencia china. Con esta regla, el Detection Club pretendía evitar una costumbre que se había transformado en un cliché dentro de las tramas de novela policíaca).
  6. Accidentes o casualidades que ayuden al detective a solucionar el caso no son aceptables en la construcción de una novela policíaca y tampoco se permite que el detective llegue a la resolución del crimen siguiendo algún tipo de intuición personal.
  7. Por supuesto, el detective no puede ser el asesino.
  8. El detective tampoco puede resolver el caso a través de conclusiones a las que haya llegado mediante una pista que el lector desconozca.
  9. El amigo estúpido del detective, los Watson, no puede ocultar ningún pensamiento de los que tenga. Su inteligencia debe ser ligeramente inferior, pero muy ligeramente, a la inteligencia del lector medio.
  10. Los hermanos gemelos o los dobles no deben aparecer en una novela policíaca a menos que la trama se haya preparado cuidadosamente para que su aparición no resulte en un tipo de deus ex mac

Éstas eran las 10 reglas que los miembros del Detection Club se comprometían a respetar. Aunque no fueron excepcionales las ocasiones en las que algunos miembros de la hermandad no cumplieron su parte del trato.

 

Algo más que el mero entretenimiento

Si bien las historias de detectives sirvieron en el periodo de entreguerras para distraer a una población sumida en el abatimiento económico y anímico producido por la terrible Primera Gran Guerra y la devastadora gripe española, los escritores de este género buscaban algo que iba mucho más allá del mero entretenimiento. Podemos leerlo en palabras de la propia Sayers: Si hay algún objetivo serio, más allá de la abierta frivolidad que escenifica el Detection Club, es el de mantener las historias policíacas al más alto nivel que su propia naturaleza permita, así como liberarlas del pernicioso legado de sensacionalismo y simpleza que se les venido atribuyendo.

Así pues, y pese a sus extravagantes  ceremonias, el Detection Club fue mucho más que un simple grupo de excéntricos escritores de novela policíaca que se reunían para comer, charlar y pasar el rato. En el Detection Club, de hecho, se forjó la Edad dorada de la novela policíaca. Algo de lo que, por cierto, hablaremos en próximos artículos.

 

© Ana Bolox

Profesora, escritora y colaboradora de Solo Novela Negra, Todos los derechos reservados.