Tiro de Gracia_imagenLo de repartir hostias a diestro y siniestro a modo de escarmiento no es asunto baladí. Se puede caer en la chapuza, y esta es suficiente razón para no encargar tal responsabilidad a principiantes. Los puñetazos deben ser medidos, pues de cómo se propinen depende el resultado y el que éste case con lo pretendido. Lo pretendido puede ser lo uno o lo otro. Lo uno, dejar con vida al interfecto, aunque esto implique una temporada postrado en una cama del hospital; lo otro, darle pasaporte previa súplica de su propia muerte escuchada repetidas veces de una boca destrozada a golpes. Con esto, uno reza para caer en buenas manos, y no tener la mala suerte de Garganelli; al sottocapo la mala fortuna le había deparado toparse con gente poco profesional.

Pasaban unos minutos de las once de la noche cuando detuve el Fiat en una de las calles del suburbio romano al que las pertinentes indicaciones me habían llevado; veinticuatro horas antes mis yemas recorrían las largas piernas de Paola Macchetta. Cuando salí del coche el hedor a miseria se coló por mis orificios nasales, mal acostumbrados al perfume de la rica viuda romana. Necesité de un tiempo para volver a hacerme al que sin embargo era el olor al que mi olfato estaba habituado. Después, caminé por la acera de baldosas bailonas; el agua estancada bajo una de ellas ensució mis pantalones. Me planté frente al portal del número cinco de un conjunto de borgate. La pobreza reflejada en las fachadas de estas viviendas me hizo recordar el lujo del edificio en el que la viuda tenía su apartamento, aquel en el que había recalado por segunda vez la noche anterior; como un estúpido añoré las sábanas de su enorme cama redonda. Crucé el hueco del portal, en otro tiempo custodiado por una puerta, y busqué el ascensor; no estaba por subir caminando hasta un quinto piso. A toro pasado las ideas fluyen con facilidad, pero en el momento preciso que el toro embiste ocurre lo contrario. Sin embargo, lo que me impedía pensar con claridad era el sexo oculto entre aquellas dos piernas, las más hermosas que por entonces mis yemas habían recorrido; apartar el recuerdo de Paola Macchetta revolviéndose debajo de mi cuerpo resultaba tarea imposible.

De la verja que servía de puerta para el ascensor colgaba un cártel amarillento de “non funziona”. Respiré aliviado, porque de este modo se esfumaba la disyuntiva entre escaleras o aquel viejo elevador de cables herrumbrosos; no me ofrecía mucha confianza la visión del hueco descubierto que dejaba ver demasiado. En el rellano del tercer piso suspiraría porque el ascensor hubiese estado operativo a pesar de cualquier consideración de seguridad. El hombro contra la pared, me regalé unos minutos de descanso para retomar fuerzas, aire y normalizar las pulsaciones de mi corazón. Casi todas las viviendas debían de estar deshabitadas, a juzgar por la falta de ruido que suele acompañar a la vida. Mejor así, pensé. Algo me decía que los inquilinos de aquel lugar podrían traerme algún tipo de problema, más aún cuando en uno de los bolsillos interiores de mi gabardina gris viajaba un fajo de billetes; el monto total de mi deuda con el sottocapo, lira por lira. Unas horas antes, ese dinero descansaba en una caja fuerte oculta tras un cuadro en una de las paredes del apartamento de Paola Macchetta.

Sin previo aviso, la viuda romana arrojó el fajo de liras sobre las sábanas y retornó a la cama. Mi primera intención fue la de no aceptar el dinero; no iba a permitir que una mujer resolviese mis problemas económicos. Creo que algo así le respondí. Entonces Paola Macchetta, desnuda sobre la cama, cigarrillo encendido entre los dedos, rompió a reír; a ver por qué razón iba ella a darme dinero a cambio de nada. No pregunté por la contrapartida; fuera cual fuese no iba a quitarme el sueño, aunque la razón era otra y tenía más que ver con sus dichosas piernas. La viuda romana no quería que a su sicario particular le ahogasen las deudas; nunca han sido éstas buenas consejeras, y Paola Macchetta era mujer de negocios. Aún menos convenía que el acreedor fuese el sottocapo, con lo que sus instrucciones fueron claras: cancelar la deuda con Garganelli más pronto que tarde.

La puerta del piso quinto izquierda estaba entreabierta. La empujé. Por fortuna mi sexto sentido –ese que suele mantenerme con vida–, no acostumbra a ofuscarse, y mi mano se hizo con la Pepita oculta bajo mi gabardina. Aferré la nueve milímetros y me adentré en la vivienda. Poco que decir: miseria. No había dado cinco pasos por el vestíbulo cuando me llegaron unos quejidos desde el cuarto del final del pasillo. Fui hacia ellos, la Walther por delante. No hubo sorpresas. Me topé con Garganelli en el suelo de una esquina del cuarto, desnudo. Me aproximé a él. Inmóvil, le creí muerto. Para su desgracia, no lo estaba. Le habían desfigurado la cara a puñetazos. Había recibido cortes de navaja, e incluso se la habían clavado repetidas veces. Me atrevía a decir que le habían roto alguna costilla, y quizá las piernas. Pero no eran golpes profesionales, era una chapuza. Garganelli se ahogaba en su propia sangre en una estéril lucha por mantenerse con vida. Sospeché que habían pretendido un escarmiento con él, pero, quien fuese el interesado, le había hecho el encargo a unos chapuceros o, simplemente, a algún inexperto. Como dije, lo de las palizas a modo de escarmiento es cosa de profesionales que no se debe dejar en manos de cualquiera; Garganelli sufría en sus carnes el resultado de que alguien no se hubiese querido gastar el dinero, o hubiese sido demasiado descuidado. Joder, sentí lástima por él.

Unos sollozos me sorprendieron por la espalda. Venían del baño, la puerta cerrada que había tras de mí; una de las pocas puertas que la vivienda conservaba. Garganelli no iba a moverse de aquella esquina. Fui hacia la puerta tras la que se ocultaba la dueña de los sollozos; me habían bastado unos segundos para discernir que pertenecían a una mujer. Intenté abrir, pero habían puesto el pestillo interior. Dudé por un instante. Quizá lo mejor hubiese sido darse la vuelta y olvidarse de quien estaba allí escondida. No lo hice. Abrí la puerta de una fuerte patada. El estruendo sirvió para asustar aún más a la mujer que se agazapaba en el amarillento plato de la ducha. Un olor a mierda golpeó mi nariz; o la mujer se había cagado o las cañerías de desagüe hacía tiempo que no cumplían con su cometido. Empezaron los ruegos, las súplicas, todo ello entre lágrimas. Bajé la Pepita; no había motivo para lo contrario. La escuché un tiempo, corto, el suficiente para concluir que era una puta de extrarradio, aunque de bastante buen ver. Garganelli era hijo de las borgate, y es sabido que la cuna de uno tira mucho. Quizás ésta fuese la única explicación razonable para que el sottocapo hubiese decidido aquella tarde buscarse una puta de caché bajo y follársela en aquel lugar, mientras esperaba la hora de su cita conmigo; a Garganelli le sobraba el dinero para buscarse otro tipo de compañías.

–Por favor, por favor. No me haga nada.

–No voy a hacerte nada. ¿Qué coño ha pasado aquí?

–Unos tíos. No sé. Yo estaba aquí, cagando –vale, ahora entendía lo del olor. La mierda huele mal sea cual sea el culo del que salga, y aquella no había tirado de la cadena–. De pronto oí ruido. Solo cerré el pestillo. Nada más. No vi nada. Por favor, déjeme ir.

–Vete.

Me eché a un lado. A la puta le faltó tiempo para levantarse y salir del baño. Desnuda, buscó por la habitación algo con lo que taparse. Evitó mirar hacia donde se encontraba su cliente. Un par de minutos más tarde, salía corriendo de la vivienda. Yo volví junto al sottocapo.

Pensé que, coño, uno viene a saldar una deuda y se encuentra con este jardín. Aunque, por otro lado, de aquella forma la deuda quedaba saldada sin necesidad de que el fajo de liras saliese de mi bolsillo, así que tan mal no pintaba el asunto. Garganelli no iba a vivir ni para contar el dinero. Es más, a juzgar por la paliza recibida, la poca vida que le restaba iba a ser un calvario. No me caía bien el sottocapo, pero no disfrutaba con su sufrimiento. Decidí redimirle. Levanté la Pepita, apunté y de un tiro certero terminé con el aliento que le restaba.

Pasos. Venían desde el rellano de la escalera hacia el interior de la casa. El cañón de mi Pepita humeante frente al cuerpo inerte de Garganelli no dejaría lugar a dudas. Los pasos conocían el camino y se acercaban. Por el barullo adiviné al menos dos hombres; sus voces sonaban jóvenes. Caminaban por el pasillo confiados. Ellos mismos habrían dejado la puerta abierta, así que no tenían motivo para la alarma. El factor sorpresa jugaría de mi parte, y esto no es baladí en una situación de desventaja numérica. Habría que aprovecharlo. Me serviría de las sombras, dueñas de las esquinas del cuarto. En tres pasos desaparecí tras una de ellas; desde ahí les ganaría la espalda a aquellos cuando entrasen en la habitación. Apenas unos segundos. Sus pasos confiados avanzaban rápido. Su conversación distraída los convertía en blancos fáciles. Atravesaron el hueco de la puerta. Eran dos. Caminaron hacia Garganelli; aún no lo habían descubierto cadáver.

–Joder el espagueti, está tieso.

La sorna, de labios del que parecía el más bajo, me resultó ofensiva; Garganelli era un gilipollas, pero incluso el fiambre de un gilipollas merece un respeto.

–No se nos habrá muerto, ¿verdad?

No resultaban muy avispados, aunque por un segundo llegué a concederles el beneficio de la duda; la escasez de luz hacia difícil percatarse de lo acontecido.

–Me cago en la mierda. Alguien ha estado aquí. Le han pegado un tiro en la cabeza.

Y entonces la luz de la luna, que penetraba por la ventana, iluminó los cañones de sus pistolas. Disparé sobre uno de los recién llegados. Cayó al suelo. No tuve tiempo de calibrar el resultado de mi disparo; el otro ya se había vuelto hacia mí, o hacia el lugar del que había emanado la detonación. No fue prudente; no se sirvió de las sombras, y su cuerpo quedó al descubierto iluminado por la escasa luz que se colaba por la ventana. No erré. Apreté el gatillo y el cuerpo del hombre se desplomó sobre el suelo sin tiempo para decir esta boca es mía; el tiro certero al corazón le había segado la vida. Con el cañón de mi Pepita por delante avancé hacia el otro. No estaba muerto. Se retorcía en el suelo. Alejé su arma de un puntapié y le encañoné.

–¿Quién eres tú? ¿Qué haces aquí?

Era el más bajo; ya no había sorna en su voz. Debía querer rubricar un final digno, porque aún en el suelo, tratando de parar con las manos la sangre que le manaba por el costado derecho, parecía envalentonado.

–Nadie. Nada. ¿Y vosotros? ¿Qué hacéis aquí?

Interrogué sin apartar la Pepita.

–Eso a ti no te importa.

–Ya.

No había duda, aquel rubricaría un final digno, así que la conversación discurriría por derroteros estériles. No había motivo para postergar la agonía. Tampoco lo había para el indulto, pues no hay boca más silenciosa que la de un muerto. Disparé. Dos veces. Al corazón y a la cabeza. Dos tiros certeros. La rúbrica de Cardo, un error que entonces no supe anticipar.

Balance del día. Despertar al lado de la mujer con la que cualquiera desearía yacer. Caprichos de la vida, su difunto y estúpido marido había decidido yacer con otra, quizá por aquello de no valorar lo que se posee, o simple avaricia de quien ha hecho de su vida una consecución de trofeos; el coño de otra le había valido la muerte, o quizá solo había sido la excusa. Como fuere, ocupar media mañana en recorrer con mis yemas, una vez más, las piernas de Paola Macchetta, era un placer que me hubiese creído restringido; mejor haber pecado de ello que no dejarme engatusar. Del saber hacer de la viuda –de quien supongo había concluido que para ser señora una ha de ser la mejor puta–, hasta llegar a aquel extrarradio habitado por una parte de la miseria romana, habían pasado unas cuantas horas, pero nada que merezca la pena reseñar más allá de la cama de Paola Macchetta. Y al final, rematar el día con tres cadáveres, y ninguno de ellos por decisión propia ni de ajenos. Hice mal en dudar de esto segundo y culpar a la casualidad, aunque en aquel momento tampoco estaba por la labor de darle vuelta alguna a lo ocurrido; urgía alejarse de allí.

Fuera, en la calle, me llevé un cigarrillo a los labios. Le di fuego y eché la primera calada. La primera siempre es la mejor; uno nota cómo la serenidad le embarga los pulmones. Después caminé hacia el Fiat, el paso tranquilo, el sabor del Lucky a cada metro que recorría. La calle igual de desierta; quizá es lo que tenga la miseria, que ni siquiera el ruido quiere saber de ella. No me importaba; tan solo bastaba el creerme lejos de complicaciones. Abrí la puerta del coche, dejé que mi cuerpo se desplomase sobre el asiento y, tras otra calada más, cerré. En uno de los bolsillos de mi gabardina guardaba una casete; la introduje en la radio del coche. Clack. Un par de caladas más tarde, la Miami Sound Machine; los primeros acordes y la voz de Gloria, mi Gloria; Conga. Puse en marcha el motor. Algo empezó a no olerme bien en todo aquello.

Continuará…

© Agustín Garcia Meana. 2016. Todos los derechos reservados

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