TRAICIONERA AMBICIÓN

por  Edgar Pallauta


El señor Robert Dwight, el bastardo más rico de la región, murió a los 86 años de edad de un ataque al corazón mientras cazaba cerdos salvajes en el sur de Chile. No hubo mucha gente en el funeral; no se trataba de un filántropo ni un personaje dado a la beneficencia o figuración pública. Sus dos únicos hijos habían fallecido hace más de una década, ya adultos —uno en un accidente de tráfico y el otro haciendo deporte de riesgo—, por lo que todo el pastel iría a parar directamente a las manos de la viuda, la todavía hermosa Leticia Dwight, quien, a pesar de fingir unas cuantas lágrimas junto al ataúd, no pareció convencer a gran parte de los presentes.

Pero el difunto le tenía preparada una última sorpresa para el día de la lectura del testamento: una cuarta parte de la fortuna, con derecho a participación en el Directorio de la compañía, se entregaría a una desconocida, una tal Stephanie Morgan, quien, advertida de antemano de que su nombre figuraba en aquel documento, y con total desfachatez, se presentó en persona a la ceremonia, ante las miradas de extrañeza de Leticia y Carter Thomas, el abogado de confianza de la familia, quienes no dejaron de notar aquel vestido floreado tan inconveniente para la ocasión, como si llamar la atención le hubiese parecido más importante que guardar respeto.

—Era su amante —confirmó Carter a la señora Dwight en la elegante oficina de gerencia, luego de una rápida y discreta investigación.

Leticia no dijo nada. Se quedó con la mirada fija en un punto de la pared, tratando de asimilar la noticia. ¿Por qué ese desgraciado de Robert le haría esto? ¿No podía lanzarle a esa mujerzuela unos cuantos billetes y listo?

Esa misma tarde se reunió con el Directorio; su objetivo era evitar a toda costa que la inesperada y nueva accionista tomara posesión efectiva del cargo.

—Es simple —declaró ella a su abogado después de la junta y mientras salían del edificio—, una oferta justa por sus acciones en la compañía.

—¿Estás segura? —preguntó Carter.

—La propuesta fue mía —dijo Leticia con decisión—: simplemente no quiero que su nombre ensucie el legado de mi esposo. Te haces cargo de las negociaciones y quiero que me comuniques de inmediato una vez que acepte vender.

—¿Qué te hace pensar que aceptará tan fácilmente?

—Es más dinero del que nunca ha tenido en su puta vida —respondió ella con una mueca de desprecio—. Haz lo que sea para quitarla de en medio —añadió antes de alejarse rumbo al estacionamiento.

«Definitivamente el viejo Dwight tenía buen gusto para las mujeres», pensó Carter al evocar la belleza de ambas. Aunque estaba claro de que había una gran diferencia: Stephanie, la joven amante, era el pedazo de carne más sexy que había visto en su vida, aunque sin una pizca de clase, y con sólo mirarla ya se sabía por qué el difunto le había puesto el ojo encima. Pero Leticia, la esposa, era talentosa, ambiciosa y siempre elegante. Sin mayores estudios, y después de ocho años de duro trabajo, se había ganado merecidamente un lugar en el manejo de la empresa; tenía un carácter fuerte y a veces decididamente endemoniado, y es por eso mismo que Carter la admiraba. Como su abogado, la apoyaba en todas sus decisiones administrativas, mientras que ella, a su vez, tenía en él a una persona leal y diligente, casi un socio más del negocio, o más que un socio, un cómplice.

Se previno a todos que si el asunto de la amante llegaba a la prensa podría afectar gravemente el prestigio de la compañía, y con Leticia como flamante heredera de la fortuna Dwight, enterarse de que debía compartir la mesa del Directorio con la mantenida de su fallecido esposo sería no sólo inconveniente, sino hasta vergonzoso. Como si fuera poco, se empezó a comentar entre pasillos que si ello ocurría, los demás socios estaban dispuestos a pedir su renuncia a la gerencia.

Las reuniones se sucedieron con rapidez, pero Stephanie, debidamente asesorada, sorprendió a todos con una tajante negativa a salir del negocio.

—No especules con esa perra —le reprochó Leticia al abogado desde su escritorio, mientras sostenía en su mano una copa de brandy. Su molestia era evidente.

—Esto no le va a gustar al resto de los accionistas —le previno Carter.

—Es mi problema y yo voy a hablar con ellos —anunció ella sin temor—. Tú encárgate de que Morgan venda y podamos olvidarnos del asunto de una vez por todas.

Él se quedó observándola, esperando que se decidiera a levantar la mirada y prestarle atención.

—¿Qué estás haciendo, Leticia? —musitó él cuando se encontró con sus ojos.

La mujer se mostraba vulnerable sólo con Carter, y este comprendió de inmediato que el asunto le atormentaba sobremanera. Se acercó rodeando el escritorio; ella se levantó del asiento y se dieron un abrazo reconfortante.

—Ayúdame, Carter —le rogó Leticia, que exhalaba ese perfume irresistible de su suave cabellera.

«Por supuesto que sí», le prometió él con el pensamiento.

Con tal propósito, se reunió en los días subsiguientes con los asesores jurídicos de Stephanie Morgan, sólo como excusa para tener un contacto más cercano con la —a pesar de todo— encantadora amante del extinto Dwight. Finalmente, las reuniones terminaron por limitarse a sólo ellos dos. Carter se deshizo en halagos y cumplidos, junto con consejos casi paternales que terminaron por seducirla y llevarla a la cama más pronto de lo que él mismo tenía previsto. En aquellas conversaciones, aún entre las sábanas del hotel Barrett, el abogado actuaba de manera sutil pero insistente en cuanto a la necesidad de aprovechar la oportunidad irrepetible de obtener una buena tajada de parte de los Dwight, a quienes Carter, como parte de su estrategia, aparentaba no guardar un gran aprecio.

—¿Lo dices en serio? —preguntó Stephanie un tanto dubitativa, cuya cabeza y melena rubia reposaban sobre el brazo de Carter, mientras él se mantenía contemplando el techo de la habitación con un semblante abstraído.

—Piénsalo bien —la instó el abogado, tratando de no levantar sospechas—, tus abogados fueron muy poco ambiciosos. Yo, en el lugar de ellos, habría quintuplicado el precio de tus acciones.

—¿Qué?

—Conozco a la familia; Leticia es competitiva y estaría dispuesta a cualquier cosa con tal de sacarte del camino. Yo mismo podría convencerla de pagar lo que tú le pidas.

—¿Ella puede hacer eso? —volvió a preguntar Stephanie un tanto confundida.

—No legalmente —respondió Carter—; pero para estoy yo —Miró a Stephanie a los ojos, le dio un beso y volvió a su posición—. Le vendes tus acciones a precio de mercado, y el sobreprecio te lo puede entregar en efectivo, sin que el Directorio se entere. En persona o a través de su abogado.

Stephanie sonrió animada y apoyó su mentón en el pecho de Carter.

—¿Tú me entregarías el dinero?

—Soy su hombre de confianza —se jactó el abogado, que seguía con esa displicencia cínica.

Leticia Dwight se encontraba debidamente notificada del acuerdo al que Carter había arribado con Stephanie, aunque el abogado creyó prudente no entregar mayores detalles de las negociaciones, sobre todo las que involucraban sexo.

—Resultó más fácil de lo que esperaba —fue todo lo que dijo él.

—Voy a preparar el dinero —le adelantó ella, que tampoco quiso indagar en los pormenores.

La gente que hasta hace un par de horas transitaba presurosa por la calle 24, había cedido su lugar a un manto de niebla frío y húmedo cuando Carter Thomas hizo su aparición en el edificio donde se alojaba Stephanie, cerca de la medianoche, conforme así lo habían pactado para no atraer miradas indiscretas. Ataviado en su gabán, se acomodó el sombrero y subió las escaleras hasta el segundo piso, portando dos maletas pequeñas con cuatro millones de dólares en total. Como el experimentado abogado de empresa que era, tenía todo calculado; nada podía fallar en su propósito de liberar a esa arpía de la vista de Leticia; pero, una vez en el pasillo, y cuando se acercó al apartamento, de pronto, y de manera inexplicable, un frío estremecimiento en el cuerpo lo paralizó de súbito. Repentinamente, quiso largarse de allí, huir; pero su estupefacción fue sólo momentánea, y, luego de unos segundos, su mente dio paso otra vez a la cordura, aunque no pudo evitar una sonrisa nasal, un tanto avergonzado por su debilidad. A continuación, se rehízo, sacó la llave de su bolsillo y la metió en el picaporte, advirtiendo de inmediato que la puerta no estaba asegurada, circunstancia que no lo desconcertó del todo aunque sí le pareció un tanto descuidado. Al traspasar el umbral notó las luces del interior encendidas aunque no se percibía ninguna clase de sonido.

—¿Stephanie? —llamó. No hubo respuesta.

Avanzó por el pasillo y antes de torcer a la sala grande de descanso junto al comedor bajó las maletas y desabrochó su gabán. Se adentró un poco más y luego se detuvo, al tiempo que sus ojos se clavaban en el sofá de cuero negro: sentada, y con la cabeza inclinada hacia atrás, Stephanie yacía con el rostro desfigurado por un impacto de bala. Las manchas de sangre en la pared mantuvieron a Carter en una especie de sopor hipnótico que no se desvaneció hasta que percibió otra presencia en la habitación. A unos metros, a su costado, Leticia Dwight permanecía de pie, envuelta en un abrigo largo cuyas solapas le cubrían la mitad de la cara; unos inapropiados lentes oscuros y un sombrero varonil se encargaron de ocultar el resto. Al parecer tampoco había descuidado los detalles; esos zapatos baratos de taco bajo no eran usuales en ella. Se podría decir, incluso, que su atuendo era muy similar al del abogado, aunque ella estaba mejor preparada, pues en su mano derecha enguantada sostenía una pistola, en tanto que, a sus pies, un cojín agujereado le había permitido, minutos antes, pasar inadvertida. Era evidente que el crimen había sido concebido con antelación.

—­Linda pistola —dijo él con tono serio.

Ella lo miró y no pareció sorprendida. Con misteriosa tranquilidad, dejó el arma sobre uno de los muebles de la sala y se quitó los guantes, dejándolos también encima.

—La tomé de tu escritorio —repuso con descarada indiferencia.

Carter no dejó de observarla. Leticia sacó otro par de guantes de su bolsillo y se los acomodó con presteza, como si aún no hubiera terminado su trabajo.

—Siempre decías que algunas cosas hay que hacerlas personalmente —prosiguió Carter con la misma seriedad—. Supongo que no lo dimensioné del todo.

—Ya me conoces —dijo ella, poniendo toda su atención en el abogado—; tanto como yo te conozco a ti.

Del interior de su abrigo extrajo unos papeles que arrojó al suelo, justo a la vista de Carter: eran fotografías de él y la rubia, retozando alegres en el bar del hotel Barrett, tomadas subrepticiamente, pero que revelaban con nitidez el idilio entre ambos. Él las contempló por un instante, y, al levantar la mirada, su rostro revelaba cierta turbación.

—Me pediste que hiciera todo lo necesario para sacarla de la compañía —dijo a modo de defensa—. He hecho cosas peores por ti y por la empresa —le recordó.

Ella negó con la cabeza, como refutando el reclamo del abogado.

—Tú no entiendes, Carter —le dijo sin atisbo de reproche—. Me importa un carajo que ustedes dos se revolcaran aquí o en el cuartucho de ese hotel. Esto es más importante que tú y ella.

No había mucho que descubrir: el orgullo no le permitía admitir una derrota de parte de esa cualquiera, y la burla del difunto Dwight había infligido una ofensa imperdonable a su dignidad, así que se había juramentado que jamás dejaría escapar un solo centavo de aquella herencia que le pertenecía por justicia.

—Negocios son negocios, ¿verdad? —empezó a decir él en tono irónico—: la pobre viuda cedió al chantaje del abogado de la compañía y la amante del millonario, después de la amenaza de llevar su historia a la prensa, arruinar su reputación y sacarla de la gerencia. Así que intentó evitarlo y decidió entregarles una importante suma de dinero. Pero la ambición hizo que todo terminara mal entre ellos dos, matándose el uno al otro.

Leticia permaneció con la mirada atenta escuchando las acertadas conjeturas del abogado, no sin un poco de asombro y admiración; pero, aun cuando su voluntad pareció flaquear por un leve momento, finalmente optó por seguir su plan al pie de la letra.

—Yo te amo, Carter —dijo ella con sentida sinceridad—. Fuiste el único hombre que estuvo a mi altura todos estos años —Hizo una pausa para cambiar el tono de su voz a uno más severo—. Pero eres débil —le espetó a continuación—, porque si esta noche hubieras venido a matar por mí o por ese dinero, todo habría sido distinto —Y señaló con disgusto el cadáver—. ¡Esta zorra quería escupirme en la cara y tú querías entregarle el dinero que me gané todos estos años soportando a ese maldito viejo! —Se alteró hasta tal punto que tuvo que detenerse, y, acto seguido, miró a Carter con una sonrisa lastimera—. Esta era la oportunidad para que tú yo pudiéramos estar juntos de por vida —añadió. Sus sentimientos tornaron de pronto a decepción. Movió ligeramente la cabeza—. Pero me fallaste, Carter —sentenció al fin—. Tomaste la decisión equivocada, y yo en verdad lo lamento.

—¿Me amas? —murmuró Carter luego de un instante, visiblemente consternado, como si aquello fuera lo único que le hubiese importado de todo lo que Leticia le había confesado.

—Fuiste el mejor —dijo ella a modo de despedida, mientras sacaba una segunda pistola del bolsillo de su abrigo y le apuntaba.

Él la miró fijamente. No podría decirse que estaba sorprendido, o que guardara en su corazón algo de resentimiento o temor. Por extraño que pudiera parecer, estaba orgulloso de contemplar a aquella mujer que le parecía la más bella del mundo.

—Tú también —dijo a su vez, esbozando una sonrisa de macabra entereza.

El disparo fue silencioso, tal como ella lo había previsto. La bala lo golpeó certeramente en el estómago, lanzándolo hacia atrás hasta dar con un mueble cuyos adornos de cristal se rompieron en el suelo. El impacto fue mortal, y él lo supo de inmediato, pero no alcanzó a caer. Se incorporó lo mejor que pudo dibujando en su cara una mueca de dolor que trataba de contener a duras penas. La fortaleza de Leticia terminó por derrumbarse, y, luego de dejar caer el arma, se acercó rápido hasta el abogado, apoyando la mano en su mejilla.

—Por favor no me odies, Carter —le suplicó ella empezando a sollozar. Sus ojos brillaban más que nunca y él sintió que la amaba lo indecible.

—Jamás —murmuró con todas las fuerzas que podían prodigarle las circunstancias. Acarició el rostro de Leticia con algo de brusquedad involuntaria para luego apartarla de sí. Con paso inseguro caminó hasta la puerta de salida mientras ella se dejaba caer de rodillas y bajaba la mirada. Carter salió del apartamento en silencio, alternando las manos para calmar el dolor en el vientre, y bajó disimuladamente por las escaleras. No se cruzó con persona alguna. Tuvo suerte, la puerta principal del edificio se encontraba abierta y el conserje se encontraba mirando la pantalla del televisor en el momento de cruzar el habitáculo de recepción. Una vez afuera, se abrochó el gabán, cruzó la calle y caminó hasta que el parque apareció frente a él. Dos minutos y vio un banco. Decidió dirigirse allí, y, al sentarse, sacó sus manos de los bolsillos, las que parecieron contraerse con el frio. «El tiempo entre el otoño y el invierno siempre es incierto», pensó. Se restregó la nariz y los ojos; los notó pegajosos. Miró sus manos temblorosas y fue allí cuando advirtió que estaban cubiertas de sangre. Como si ya no le importara, buscó en el bolsillo interno de su gabán y sacó un cigarrillo que puso en su boca mientras convulsionaba ligeramente por la tos. Era raro, pero la luz del palillo encendido le provocó una agradable sensación de tranquilidad. Dio una fumada mientras la sangre escurría por su costado hacia el banco y luego goteaba hasta la tierra. Quiso dar otra fumada pero esta vez su brazo no se movió.

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