Tres Reales – Carmen Moreno

Tres Reales – Carmen Moreno

Tres Reales – Carmen Moreno

por | Ene 11, 2017 | Moreno_Carmen, RELATOS

Escritora, poeta, periodista, directora de la editorial Cazador de Ratas.

Mujer multicreadora, comprometida y de grandes inquietudes culturales y sociales.

“La creación es mi modo de respirar. Necesito crear para vivir.” Carmen Moreno

¡Bienvenida a Extrañas en un tren!

 

 

Este relato está inspirado en un cuento que me narraba mi abuela las noches que se quedaba con nosotros, Mariquita Jurajura. Uno de esos cuentos que se contaban antes a la luz de la lumbre para entretener a los niños.

Hablamos de tiempos en los que lo políticamente correcto no existía, tampoco la libertad y, apenas el miedo, porque ya no tenían casi nada que perder.

 

Tres reales_2

El viento batía las contraventanas que, empujadas por el agua, golpeaban estruendosamente contra el marco. María se arrebujó bajo las sábanas, se tapó la cabeza y rezó tan rápida el Padre Nuestro que, aunque Dios hubiese estado atento sólo a su oración, no la habría entendido.

En las calles un lodo rojo resbalaba por los caminos arrastrado por la lluvia que descendía por los adoquines.

Los goznes de la puerta de la casa chirriaron al abrirse, unos pasos percutieron sobre los escalones de madera. La chica se quedó escuchando el silencio que se hizo al momento. El ulular del aire frío le perforaba los tímpanos. Nada. No se oía nada y volvió a rezar: “Padre Nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu nombre…”. Escuchó dos detonaciones muy cerca.

Un grito.

Una carrera por el pasillo.

Otra detonación.

Y el silencio denso y lúgubre.

Saltó de la cama y se metió dentro del armario, dejando una mínima abertura para ver.

Habían desayunado y María subió a su habitación para terminar de vestirse. El sargento Fanjul, el mayor torturador que tenía la Guardia Civil en aquel pueblo, visitó la casa de sus padres. María se había entretenido leyendo unas páginas de un pequeño libro, único recuerdo de su abuelo, maestro antes de la guerra, fusilado hacía apenas dos meses, en mayo del 41. Escuchó voces que iban subiendo el volumen a medida que transcurría la conversación. Se asomó a la escalera en enaguas y vio al sargento descargando un golpe contra su madre. Su padre yacía en el suelo, sangrando por la nariz. María gritó, atrayendo la atención de todos hacia ella. Fanjul la miró con los ojos inyectados una rabia que parecía ancestral. Al verla medio desnuda, sus pupilas se dilataron y su boca salivó lascivamente. Soltó a la madre y subió los escalones de dos en dos. Llegó hasta María sin que ella se diera cuenta de cómo había pasado. La agarró por la muñeca y lamió su cuello.

—Por favor, sargento, me gustaría que saliese de mi casa. —Sonó a su espalda la voz del padre.

Cuando el sargento se giró vio al hombre apuntándole con una escopeta de caza. En el fuego el puchero hervía, rebosando por los bordes del perol. Soltó a María con una sonrisa de medio lado.

—Tú sabes, Trujillo, que lo que haces no va a traerte nada bueno —dijo el sargento descendiendo las escaleras.

—Váyase de mi casa, Fanjul —repitió el padre con voz firme.

—No eres más listo que ese mequetrefe de tu padre, pero tienes huevos. Normalmente no mato a los que tienen huevos, pero a ti te mataré —profirió la amenaza sin apartar los ojos del cañón de la escopeta.

Salió dando un portazo. El padre bajó el arma y la cabeza, mientras negaba en silencio. La madre corrió junto a la niña y la abrazó con fuerza, sin pronunciar palabra. María se había meado encima. La madre acompañó a la niña al baño y la ayudó a asearse mientras intentaba tranquilizarla, cantando en falsete una canción que le retrotraía a su no tan lejana infancia:

Lleva la Tarara

un vestido verde

lleno de volantes

y de cascabeles.

La Tarara, sí;

la Tarara, no;

la Tarara, niña,

que la he visto yo.

Después, bajaron de nuevo a la cocina, donde el padre permanecía sentado, con la cabeza escondida entre las manos. La madre le preparó un tazón de leche caliente. Esperó un rato a que se tranquilizara, mientras observaba de reojo al marido. Fanjul jamás amenazaba por asustar. Una amenaza era una sentencia en sus labios.

—Hija, aquí tienes tres reales, compra un trozo de hígado en lo de Manuel —dijo la madre rompiendo el silencio.

Cuando ellos necesitaban tomar alguna decisión importante, siempre mandaban a la hija afuera. Ella lo sabía, pero no iba a protestar, mucho menos hoy. Cogió el dinero y salió sin rechistar.

—María —llamó el padre—, no pases cerca del cuartelillo.

Rodeó la plaza para seguir las directrices de su madre. Al pasar por la iglesia se encontró con Julia, su amiga de siempre.

—María, el Marcial ha traído el nuevo cancionero de la Piquer. Tres reales solo, María. Con lo que a ti te gusta… Mira, yo ya lo tengo —dijo esto, le enseñó el libreto y siguió su camino saltando y cantando.

La niña miró las tres monedas que llevaba en la mano. No era buena idea desobedecer a su madre. El día antes, había fusilado a tres campesinos, allí, en la huerta grande y hoy el encuentro con Fanjul. No, no podía desobedecer a su madre. Pero no era habitual que llegaran los cancioneros, así que Marcial se había podido hacer con pocos, eso era seguro. Cerró el puño y los ojos y sopesó las opciones que tenía. Se sentó en el último escalón de la plaza del ayuntamiento, y comenzó a trazar cuadrículas en el suelo con el dedo, mientras intentaba tomar una decisión sobre los tres reales de marras. Cantaba entre dientes:

Pero nada pueden bombas,

rumba la rumba la rumba la.

Pero nada pueden bombas,

rumba la rumba la rumba la

donde sobre corazón.

            Pasaron entonces tres mujeres vestidas de negro. Las de los extremos sostenían en volandas a la que iba en medio, casi desmayada. Llevaba los ojos cerrados y anegados de lágrimas y solo los abría para proferir terribles gritos como de animal, como de muerto que regresa de la tierra y se deja las uñas arañando el sepulcro.

Fue entonces cuando se le ocurrió.

Sus amigas y ella habían ido muchas veces a la morgue y habían presenciado más de una y más de dos autopsias. Las ventanas abiertas del lugar invitaban a los curiosos. Eso creían. Luego se dieron cuenta de que a Martín le gustaba que las niñas se arremolinaran alrededor de la vidriera para darse ínfulas de lo que no era.

Allí fue donde vieron que un corazón no tiene forma de nube quebrada; donde supieron que el pecho no era sino un amasijo de huesos que, rotos, parecían el esqueleto de un barco de madera. Recordó que la puerta de atrás siempre permanecía abierta, que los cadáveres eran abandonados a su suerte sobre la mesa a la hora del café. Trajo al presente viejas historias de su abuelo, de la supervivencia en los bosques; de los compañeros muertos para que ellos vivieran. Suspiró hondo y se dirigió a la morgue. A esa hora el médico y Martín jamás perdonaban el chato de vino.

Se asomó para asegurarse de que no hubiera moros en la costa, nada. Cogió el escalpelo que los forenses habían dejado en junto al cuerpo abierto. Aquel, que había sido un hombre rubio, de pelo rizado, que tuvo unos brazos fuertes y unas piernas recias, parecía esperar un futuro que se parecía a una vía muerta. Se acercó más y observó el corazón y los riñones, el hígado rosado que empezaba a perder el color de la sangre. Sin duda se trataba de unos de los fusilados de ayer. Aquel rostro parecía el de el Gallego, padre de tres niños y dos niñas que se dedicaba al cultivo de las viñas de don Hortensio. No lo pensó más, cortó un trozo de hígado, cogió una página del diario que todos los días Martín le llevaba al médico y salió corriendo.

Se limpió las manos por las paredes blancas, dejando un reguero de sangre escaso y negruzco. Cuando llegó al kiosco, le tendió con mano temblorosa los tres reales y dijo en un susurro:

—Dame el cancionero de la Piquer, Marcial.

—¿De dónde vendrás tú con esa cara descompuesta y esas prisas? ¿Crees que doña Concha va a dejar de cantar? —preguntó divertido el hombre.

María ni siquiera le dio las gracias, recordaba ahora las palabras de su abuelo al acabar las historias aquellas de los hombres que se comían a sus compañeros muertos, cuando la penuria atosigaba hasta la muerte, lejos del hogar y rodeados de frío. Y no te quepa la menor duda, hija mía, de que, si esto hubiera sido verdad, el espíritu de los muertos nos hubieran perseguido hasta la tumba. Y reía el abuelo. Reía después de tomarle el pelo. Pero ella lo había hecho, había quitado un trozo de hígado a un hombre muerto para comprarse aquel estúpido cancionero.

Al llegar a casa, dio a su madre el hígado y se dispuso a encerrarse en su cuarto.

—María —la detuvo su padre—, tenemos que hablar.

Ella tragó saliva pensándose descubierta. Pediría perdón, tiraría aquel montón de papel al fuego, devolvería el hígado a Martín para que se lo cosiera al cuerpo, pero no quería reproches de boca de su padre.

—Nos vamos mañana, María —dijo de pronto él—. Ya no estamos seguros en este pueblo.

La niña, aquella noche, no quiso cenar y sus padres achacaron la desgana a los nervios del viaje. Todo aquello era demasiado para una niña sensible y buena como su hija. Antes de irse a dormir, su madre entró en la habitación de María y le besó en la frente.

—Te he guardado un poco de hígado para mañana. Estaba delicioso, hija. —Guardó silencio un instante, clavando la mirada en las vigas de madera—. No quiero que tengas miedo. Nos vamos a marchar de aquí y ya nadie podrá hacernos daño.

María sintió. Su madre le pasó la mano por el pelo, volvió a besarle en la frente y se retiró a su habitación.

Los goznes de la puerta de la casa chirriaron al abrirse, unos pasos percutieron sobre los escalones de madera. (…)

Llamó a su madre como en un lamento, pero nada se oía después de aquellos dos golpes. Saltó de la cama, abrió la puerta del armario y se metió dentro, dejando una mínima abertura para ver.

Escuchaba decir su nombre en un susurro. Creyó oír unos pasos arrastrándose por el pasillo. El corazón le latía cada vez más rápido y sentía como si una mano invisible la estuviera cogiendo del cuello y la asfixiara poco a poco.

La voz se iba acercando cada vez más a su habitación mientras repetía:

—María, vengo a por lo que me debes, tú ya sabes qué… No te escondas, te encontraré.

El viento seguía empujando las contraventanas y aullaba en la noche como un lobo que busca víctima.

La puerta de la habitación crujió ligeramente al abrirse. María intentó ver a través de la rendija y distinguió la sombra de un hombre y aquella voz:

—María, vengo a por lo que me debes, tú ya sabes qué… No te escondes, te encontraré.

La respiración de la niña se agitó. La sombra se acercó a la cama y, de un manotazo, apartó las sábanas que, momentos antes, cubrían el cuerpo blanco y delicado de María.

Y la voz:

—María, ya nadie puede ayudarte, vengo a por lo que me quitaron. Sal, María, solo me llevaré lo que me pertenece.

Ella aplastó su cuerpo contra el rincón más oscuro del armario. Su espalda golpeó la madera y los pasos se arrastraron de nuevo. La mano se apoyó en el picaporte del armario. Ella reprimió un grito de horror.

—María, me llevaré lo que me negaste.

La puerta se abrió de pronto y la cara de Fanjul se abalanzo sobre ella.

 

© Carmen Moreno - Todos los derechos reservados

Licenciada en Filología Hispánica. Máster en Contabilidad y Finanzas por el CEREM y en Edición por la Universidad de Salamanca

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