Un asunto privado

por | Jun 18, 2016 | Izu_Miguel, RELATOS, Verano - 2016 | 0 Comentarios

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MIGUEL IZU


Un asunto privado_relato_imagenHoy venía en el periódico una fotografía del juez Vázquez. Rodeado de otros magistrados, severos como él dentro de sus togas negras, y de otra gente con aspecto de mandar. Tomaba posesión de un cargo, presidente de algo, no sé si en el Tribunal Supremo, en la Audiencia Nacional, o en otro lugar así. No me detuve en la letra. Me quedé mirando su rostro. Casi treinta años más viejo, claro, como el mío, pero no tiene mal aspecto. Una carrera profesional exitosa le habrá ayudado a mantener la buena pinta que tenía cuando yo le conocí como joven juez de instrucción. A lo mejor hasta le habrá ayudado tener la conciencia tranquila. La mayor parte de la gente tiene la conciencia tranquila, eso se suele decir, quizás gracias a la mala memoria que todos tenemos para olvidar lo que no interesa. O porque tiene tan poca conciencia que no pesa lo suficiente como para molestar.

            Quienes no han envejecido nada son los tres miembros de la familia que aparecen en otra fotografía, también de periódico, que lleva tiempo poniéndose amarilla. Después de ver la de Vázquez la he recordado y la he buscado, estaba donde tenía que estar, en la carpeta donde guardo los papeles de aquel caso. Una familia normal, como cualquier otra de buena posición en aquel pueblo de Extremadura. El padre, que estaba en la cincuentena, empresario, emprendedor le dirían ahora, elegante, de corbata, la madre, algo más joven, también muy elegante, debían de estar en una boda o en alguna otra celebración, y la hija, con sus poco más de veinte años, guapa, todos sonrientes, aparentemente felices. No me acuerdo ya de cómo se llamaban. Martínez, González… algo así. Yo nunca los conocí, sólo a través de la prensa, a través de esa foto. En cambio, no tengo ninguna fotografía de sus asesinos. No la necesito. Me acuerdo perfectamente de ellos. El jefe, los dos tenían la misma categoría en la policía pero estaba claro quién mandaba, no era muy alto, recio, moreno, con unos ojos pequeños y escrutadores, el resto de la cara totalmente inexpresiva. El otro era más alto, más delgado, y parecía menos inteligente y menos malvado. Los dos debían de tener poco más de treinta años y no llevaban muchos años en el cuerpo.

            Me dieron mala espina ya la primera y única vez que hablé con ellos, aunque nunca hubiera supuesto lo que eran capaces de hacer. Había citado en mi despacho al jefe, Costa se llamaba, pero se presentaron los dos. Parece que siempre iban juntos a todas partes. Costa había alquilado un piso y llevaba más de un año sin pagar la renta y sin responder a las reclamaciones del propietario, mi cliente. Le expuse que no tendría más remedio que interponer una demanda reclamando el pago y el desahucio del piso si no pagaba de inmediato. Insinué que seguramente no le interesaba que el juzgado acabara embargando su sueldo de policía. Ni se inmutó. Afirmó que él estaba al corriente del pago y que mi cliente mentía. Que no tenía miedo a la demanda porque poseía documentos que acreditaban que había pagado la renta. Que si me empeñaba en seguir adelante ya tendría oportunidad de hablar con su abogado.

            Tuve que interponer la demanda. También la guardo, también se va poniendo amarillenta y borrosa, es una copia en el papel de calco que usábamos en aquella época. Con la contestación su abogado aportó una serie de recibos del pago de la renta que mi cliente juró que eran totalmente falsos. Quizás yo me hubiera podido quedar con la duda sobre quién mentía si no hubiese sido porque también aportó una declaración jurada del otro policía, Pedraza era su apellido, asegurando que había asistido a la entrevista de Costa conmigo y que yo había reconocido ante ambos que la deuda estaba saldada. Mentían. De acuerdo con mi cliente interpuse de inmediato una denuncia por delito de falsedad. El proceso civil quedó suspendido a la espera de la instrucción de la causa penal. El juez al que le correspondió era Vázquez. La cosa se alargó. Los dos policías desaparecieron de la ciudad, habían sido trasladados a otro destino. Los dos juntos. Había que dirigirles las comunicaciones a un juzgado de Extremadura, lo que complicaba las gestiones. La parte buena era que Costa había dejado el piso de mi cliente. En un estado lamentable, eso sí. Quedaba pendiente la renta de más de un año. Su abogado me llamó meses más tarde, quería hablar conmigo, quedamos en los pasillos del Palacio de Justicia entre juicio y juicio. Me ofrecía un trato. Pagaba la deuda si yo retiraba la denuncia penal. Le dije que lo consultaría con mi cliente, pero que me parecía muy grave que fueran precisamente dos policías los que estuvieran cometiendo un delito. Si hubiera dependido de mi decisión, no hubiera accedido al trato, pero estaba en juego el dinero de mi cliente. No tenía intención de recomendarle que aceptara, pero tenía que hablar con él. En esto apareció el juez Vázquez en el mismo pasillo. Caminaba, como siempre, enérgico, decidido.  Mi colega le llamó. Parece que tenía mucha familiaridad con él. Le planteó la cuestión. ¿Era razonable mantener el proceso penal cuando, en realidad, aquello, en el fondo, no era sino una cuestión meramente civil que se podía resolver fácilmente con una transacción? El juez estuvo de acuerdo con él. Me recomendó con mucha amabilidad que aceptara la oferta. Indicó que con unos denunciados a muchos kilómetros de distancia, a los que había que citar a través de otro juzgado, la causa se prolongaría indefinidamente. Su juzgado, como todos, estaba colapsado. No podía garantizar que aquello llegara a buen puerto. Además, eran policías, dijo, sin explicar en qué cambiaba aquello la cuestión. Y, en todo caso, recalcó un par de veces, aquello era sobre todo un asunto privado. Se alejó apresuradamente, tenía que atender una vista. No tuve más remedio que advertir a mi cliente sobre la actitud del juez Vázquez, deseoso de lavarse las manos y de tener un expediente menos que resolver. Lo tuvo claro. Quería cobrar cuanto antes. Aceptamos el trato y lamenté que un par de delincuentes salieran de rositas. No volví a acordarme de ellos hasta un par de años más tarde, cuando los vi en el telediario.

            El caso ocupó la atención de la prensa varios meses. Costa y Pedraza llamaron a la puerta de la casa de aquella familia una noche. Era un chalet en las afueras de la población. Dijeron que tenían que hablar con el empresario de un problema de su empresa, pero enseguida sacaron sus armas. Maniataron a los tres. Al parecer, sabían que en la casa había una caja fuerte y que dentro había una importante cantidad de dinero. Debieron de amenazarles para que revelaran dónde estaba la caja y cuál era el número que la abría. Pero la cantidad de dinero que encontraron no les debió de parecer suficiente. Por la mañana el empresario llamó por teléfono al contable de su empresa y le pidió que le llevara una considerable cantidad de dinero en efectivo. Varios millones de pesetas. Le dijo que era una urgencia y que ya se lo explicaría. El contable acudió a la casa provisto de un maletín con el dinero. Todo le pareció muy extraño. Su jefe le recibió en la puerta, no le hizo pasar, recogió el dinero y le despidió abruptamente diciéndole que ya hablarían. El contable, preocupado, fue directamente al cuartel de la Guardia Civil a contar lo sucedido. Cuando los agentes de la Benemérita llegaron a la casa la tragedia ya se había producido. Padre, madre, hija, estaban muertos, maniatados y bañados en sangre tras recibir varios disparos. Los asesinos habían huido, aunque fueron detenidos ese mismo día. Una vecina con buena memoria para los números de matrícula que los había visto pasar por delante de su casa identificó su vehículo. Todavía tenían en su poder el dinero robado y habían cometido el error de utilizar sus armas reglamentarias, lo que proporcionó una prueba definitiva para su condena a muchos años de cárcel por tres delitos de detención ilegal, tres delitos de asesinato y uno de robo. Supongo que aún siguen en prisión.

            He colocado la carpeta de nuevo en el estante donde seguirán amarilleando sus papeles. A veces pienso que si no hubiera retirado aquella denuncia, quizás… No sé. Seguro que Vázquez ni se acuerda de la denuncia, ni se acordaría de los nombres de los denunciados ni los reconocería en la televisión porque nunca los había visto en persona. Habrá olvidado la conversación en el pasillo sobre aquello que solo era un asunto privado que, afortunadamente, quedó archivado sin robarle más tiempo, un tema que no era suyo, un problema menos. Suerte para él y para su buena conciencia de juez ejemplar, competente, reconocido con un nuevo ascenso en su brillante carrera.  FIN

© Miguel Izu - Todos los derechos reservados

Es doctor en Derecho y licenciado en Ciencias Políticas y Sociología. Escritor

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