Un desperdicio – Hughman #09

por | Nov 22, 2016 | Goñi_Juan Pablo, Podcast, Relatos | 0 Comentarios

UN DESPERDICIO

por Juan Pablo Goñi

Hughmann#09_Un desperdicio_imagenLas ambulancias habían partido con su carga de muerte y desolación. La muerte estaba protagonizada por una mujer, su cuerpo tenía por destino la morgue, envuelto en una bolsa que chorreaba sangre. La desolación estaba a cargo de su marido, rumbo a la guardia del hospital, en shock, con una manta cubriendo su torso desnudo. La vereda de lajas, prolijos baldosones en negro y blanco, tenía menos ocupantes que un rato atrás. Las potentes luces del frente de la casa la destacaban en la cuadra en penumbras. Los vecinos, incrédulos, asustados, temblorosos, se mantenían apartados, reunidos en pequeños grupos. Las manchas de sangre, que estropeaban el caro frente diseñado por un arquitecto con posgrado español, eran fotografiadas por un cronista rezagado. Una chomba, empapada en rojo, era la última prueba por recoger. El personal de la científica buscaba rastros en el interior de la vivienda, ya la recogerían al partir, cumplidas las tareas del fotógrafo.

Hughman observaba el cuadro, de pie en la calzada, tratando de comprender la lógica de los hechos; en su confuso relato, el marido habló de un grito, de salir a la calle y encontrar a su esposa chorreando sangre como un regador de patio, de sus esfuerzos por controlar la hemorragia con lo que él mismo tenía puesto. Al lado del inspector, un agente veinteañero, contrito, miraba como hipnotizado la mancha.

–Un desperdicio…

La voz del joven conmovió al inglés. Se volvió hacia él, atraído por la empatía del policía con el caso. Buen síntoma que tomaran su función con ese compromiso y no como un trabajo cualquiera, un simple cumplir horarios hasta la jubilación. La noche estaba fresca, el agente tenía la campera azul sobre el uniforme de fajina, la gorra metida bien dentro de la cabeza, casi rozando sus cejas anchas. Al percibir la atención del inspector, el agente completó su idea. Señaló hacia adelante y hacia abajo.

–Esta gente tiene todo tan fácil que no valora nada, ¿sabe lo que cuesta una chomba de esas? No sirve más, nunca le van a poder quitar la sangre.

Hughman no respondió, se sintió estafado. Completó el giro y fue rumbo a su coche. Una mujer de treinta años asesinada, ¿cómo podía fijarse en una chomba? Puso en marcha el motor, unos agentes entrevistaban a los vecinos, otros tocaban timbre en las casas donde no habían salido. En vano, con el despliegue de sirenas y luces, si no habían salido era porque no estaban. El policía joven seguía sin quitar sus ojos de la chomba. Hughman decidió ir al hospital, necesitaba saber cuándo el marido podría responder un interrogatorio profundo. Con lentitud, pasó por entre los patrulleros desplegados sobre la calle, la camioneta de la científica y los corros de vecinos alelados, hombres y mujeres que suponían que el crimen sangriento no tenía reservas en el barrio San Lorenzo, lo más cercano que la ciudad de Blanca ofrecía como zona VIP. Descubrían tarde por la noche que el crimen no precisaba invitaciones.

Se alejó de los chalets, las casas de dos plantas, los jardines inexistentes en las otras barriadas de la ciudad, donde el cemento ocupaba cada metro cuadrado de terreno. El marido era el primer sospechoso, regla básica, por más shockeado que estuviera, aunque se hubiera desnudado para aplicar su chomba al cuello cortado. Golpeó el volante recordando al agente; no era de su seccional, no lo reconoció. ¿Qué pretendía, que el hombre viera a su mujer desangrándose y volviera a la cocina a buscar un repasador? Absurdo; fuera culpable o inocente, era estúpido pretender que se fijara en el costo de la ropa en un momento así. Si el asesino no era el marido, ¿quién? Cruzó la avenida Tres Pinos. Las calles céntricas pocas respuestas ofrecían, estaban tan vacías como las de los suburbios. Algunas marquesinas seguían iluminadas, los bares habían recogido mesas y sillas de las veredas. Se acercaba al hospital sin saber aún si el caso le correspondería o si lo resolverían rápido los mismos uniformados.

En la guardia lo recibió una joven, en ambo lila y gafas con montura negra que la volvían interesante. Fue fácil calcular que estaba en el final de su turno, con timidez las ojeras se iban perfilando en su rostro, el cabello había perdido pretensiones de frescura. El amplio hall, atorado durante las mañanas, acentuaba la sensación de pérdida con su centenar de sillas sin ocupantes y su mínima iluminación. La joven explicó que habían sedado al paciente, que no presentaba complicaciones y que le darían el alta cuando llegara algún pariente a hacerse cargo. Le pidió, con voz respetuosa, que esperara para entrevistarlo, para permitir una mejor acción de los medicamentos aplicados. Hughman aceptó, indicó que aguardaría en el hall. La médica se comprometió a buscarlo cuando fuera oportuno el interrogatorio.

El inglés se sentó en la soledad del amplio espacio silencioso, armando su lista de preguntas en base a lo que tenían y a lo que faltaba. El arma faltaba, una pieza primordial. Sin el cuchillo –el forense daría más precisiones sobre la hoja utilizada– dependerían del marido para hallar pistas. Del viudo, se corrigió. Aunque no había visto los testimonios de sus vecinos, intuía que las respuestas coincidirían en que nada habían visto ni oído, antes de los gritos del hombre o de las sirenas policiales. ¿El viudo habría llegado a ver a un agresor? No recordó escucharlo mencionar a un tercero entre las palabras poco claras, dichas mientras lo separaban de su mujer para prestarle atención. El esfuerzo mental fue consumiendo sus energías, le costaba concentrarse y olvidar al joven policía impactado por la chomba francesa.

La joven galena cumplió; tocó su hombro, despertándolo, y lo invitó a seguirla. Avanzaron a los consultorios de guardia. Noche tranquila, extraño en Blanca, que proveía accidentes y descomposturas  nocturnas a diario. La joven lo hizo pasar y dejó el cuarto. El hombre que acababa de perder a su esposa, sobre una cama alzada, respiraba por sí, con la expresión de quien no tiene más que perder. Tenía suero conectado por vía endovenosa, por ahí pasaría también el sedante. Respiraba profundo. Habían limpiado la sangre de su rostro, consecuencia lógica de las maniobras realizadas. Bigote, barba sin afeitar por dos días, las sábanas lo cubrían hasta el cuello. Le señaló al inspector una silla, con un brazo lento y sin peso. Hughman vio sobre el asiento un par de zapatos, un calzoncillo y un pantalón; fue quitándolos, colocándolos sobre otra silla. Estaban ordenados, los zapatos eran italianos, los reconoció con facilidad, eran los que usaba su superior en Londres. El pantalón tenía colocado un cinto, cuya hebilla era de oro. Las prendas y su cuidado le dijeron más que lo que le podría decir el forense; el joven policía estaba equivocado, esta gente sí se fijaba en el costo de su ropa, sí que le importaba. Ni una gota de sangre había estropeado la tela cara del pantalón ni el cuero de los zapatos.

Se sentó en la silla dura, rígida. El hombre era la expresión misma de la desolación, de la incertidumbre, un personaje atrapado en un laberinto que no sabía por dónde iniciar la búsqueda de la salida. Sobre una pequeña mesita, una botella de agua mineral y un vaso. Hughman preguntó primero si estaba en condiciones de hablar, el hombre le dijo que sí, que mejor antes que después. Entonces el inglés preguntó lo que no hubiera preguntado de no ver las prendas, con una seguridad que disuadió al otro de intentar cualquier maniobra.

–¿Por qué?

El viudo pestañeó varias veces, cerró un puño.

–¿Por qué la mató?

Balbuceó, trató de mover el cuello para negar con énfasis, alzó el brazo que recibía el suero; sus gestos y ademanes no modificaron la expresión sombría del inspector. El viudo abandonó la resistencia, los brazos perdieron tonicidad, y se puso a llorar. Entre ahogos y sollozos, emitió oraciones inconexas, justificativos, acusaciones. Hughman fue completando las frases, como en un juego de palabras cruzadas. Ella lo había ahogado, no podía más, las deudas lo sofocaban y continuaba gastando, como si todo fuera fácil. “Mi mujer nunca valoró el sacrificio”, fue la oración con que cerró su argumento. Faltó una parte, seguramente ella había dicho que lo dejaba al recibir la primera negativa a sus caprichos, y él no pudo soportarlo. Hughman se marchó, dejando al hombre en llanto vivo. Ordenaría buscar el arma en las alcantarillas, podía ser un trozo de vidrio, un llavero con filo, cualquier cosa que hubiera tenido a mano el hombre exprimido que no quiso quedar solo en su ruina.

Camino al coche, le pareció escuchar al joven policía sentenciando: “Si tuvo tiempo para deshacerse del arma, bien pudo buscar un trapo, en la misma guantera del auto, en vez de destruir una chomba cara”. Se estremeció al pensar en ese mismo joven, volviendo a casa, con el arma reglamentaria en el cinto, tras doce horas de turno, para encontrarse con una esposa que tenía todas las luces encendidas o que limpiaba vestida con ropa de salir o que efectuaba cualquier actividad que supusiera un dispendio. Abrió la portezuela, buscó la radio para requerir custodia para el viudo, sin quitarse de la mente la premonición de un llamado, una noche de esas, que denunciara un feminicidio o una paliza atroz, teniendo al novato como protagonista. En efecto, era un desperdicio, un auténtico desperdicio.

 

 

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© Juan Pablo Goñi Capurro - Todos los derechos reservados

Escritor, Dramaturgo y Columnista de S.N.N.

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