Un misterio para Poirot – Hughman #15

Un misterio para Poirot – Hughman #15

RELATOS

Un misterio para Poirot – Hughman #15

Mar 13, 2017

Miguel Angel Contreras | Redacción Relatos

UN MISTERIO PARA POIROT

Por Juan Pablo Goñi

 

Foto: Axcy

Hughman estuvo frente a la casa dos minutos después que los agentes lo llamaran. Un asesinato en Villa Azul, inesperado como la lluvia en un desierto. La pareja de uniformados se había dividido. Un joven, nervioso, fumaba en el frente. El inglés observó la vivienda mientras se acercaba. Típica casa de alquiler veraniego, sobre una calle de tierra. Un letrero, pintado sobre una chapa oxidada, indicaba que estaba libre la segunda quincena de febrero y dejaba un teléfono. Por la característica, era de Güemes, la localidad instalada tierra adentro, cabecera del partido del que también dependía Villa del Carmen. El policía arrojó el cigarrillo a medio consumir.

–Un hombre, cincuenta y cinco años.

–¿Lo identificaron?

–Sí, un comerciante de Villa Ortúzar, Gran Buenos Aires. Estaban con él la mujer y sus dos hijas.

Hughman pidió más precisiones antes de ingresar. En la esquina, giró la patrulla. El móvil, una camioneta flamante, estacionó detrás de su Focus. El agente, entre tanto, explicó que pasaban por la calle perpendicular cuando una joven los llamó a los gritos. Al ingresar, vieron al hombre caído, muerto. La esposa lloraba, sentada. La otra hija llamaba con el celular a urgencias. Ellos dieron el parte por la radio; su compañera estaba custodiando a los familiares. Hughman asintió. Observó que una pareja, con sombrilla y sillas a cuestas, detenía sus pasos para observar la acción policial. A mitad de cuadra, tres mujeres miraban hacia ellos. Recibió a los agentes de la camioneta y les dio instrucciones. Mantener alejados a los curiosos y pedir a Güemes que enviaran una ambulancia forense. Asegurado el exterior, ingresó a la vivienda acompañado por el primer hombre en llegar a la escena.

La disposición de la pequeña vivienda estuvo clara desde el primer paso que dio. Una sala en la planta baja, cocina al fondo, comedor y una cama vuelta sillón, con otra extensible debajo. Estaban cerradas y tendidas. En el piso de alto, cuarto y baño. Junto a la mesa, en el piso, un hombre con sangre en la frente, huellas de un golpe inflamando la zona. La agente, una joven morena, de físico menudo, estaba de pie, en el paso a la cocina. Tenía una mano acariciando la cartuchera del arma. Dos jóvenes, de pie, contritas, observaban el cadáver. Una mujer de cincuenta años lloraba, recostada contra los almohadones del sillón-cama. La mujer tenía una remera, ojotas. Una de las jóvenes, un bikini cubierto con un pareo y las crocs infaltables ese verano. La otra llevaba pantalones muy cortos y justos, una remera anudada sobre el ombligo y el mismo calzado que su hermana. Sobre la mesa, una conservadora, abierta, donde vio botellas de gaseosas y envoltorios. Contra la pared, bajo el televisor, tres sillas plegables, metálicas, y una sombrilla. El hombre sólo tenía colocado un pantalón de baño, a la rodilla, con un estampado de flores. La muerte había ocurrido cuando se preparaban para ir a la playa.

Escogió dirigirse a las jóvenes. Tras las presentaciones, se concentró en Florencia, la mayor, la del pareo. Veintiséis años. Tenía crema sobre el rostro, los brazos y las piernas. Bronceador, intuyó. Pidió que narrara lo sucedido.

–No sé cómo pasó, yo estaba en el patio, colgando la ropa que lavamos bien temprano. Escuché un ruido, debió ser la silla o papá cayéndose, no sé. Grité pero nadie me respondió. Dejé la ropa que me faltaba colgar sobre el cordel, entré y lo vi, ahí…

–Yo vine al mismo tiempo. Estaba arriba, bañándome, cuando la escuché gritar. El ruido no lo oí, tenía música puesta, fuerte, siempre me baño con música. ¿Quién hizo esto? Tuvo que entrar y salir en… no sé, diez minutos.

Esa fue Josefina, veinticuatro años, bellísima.

–¿Quién salió a la calle y quién llamó a emergencias?

–Yo –respondieron al unísono. Hughman esperó. Florencia aclaró, ella llamó y Josefina salió a la calle.

–¿Viste a alguien en la calle?

–No, en esta cuadra, no. Venía gente desde allá –señaló el punto opuesto al mar– pero lejos, con cosas de playa. Justo los vi a ellos y corrí, haciendo señas.

Hughman señaló por la ventana a la pareja que seguía curioseando. Preguntó si eran los que venían. Florencia miró con cuidado y asintió, lo reconoció por la remera de Rosario Central, a rayas verticales azules y amarillas. Hughman llamó al agente a un costado y le dio instrucciones en voz baja.

–Averiguá si vieron salir a alguien de la casa.

El agente salió. Hughman volvió con las chicas, Florencia tenía lágrimas en los ojos, Josefina se cubrí la boca, el semblante pálido.

–¿Tu mamá donde estaba?

Se había dirigido a Florencia pero Josefina se adelantó.

–Arriba, en la pieza, pasándose bronceador. Tenía la puerta cerrada, por la música.

Ya lo confirmaría con la mujer, que seguía ausente, sin despegar sus ojos del muerto. La agente continuaba asustada, no quitaba la mano de la pistolera. Novata, recién egresada de la academia, primer destino. Se abrió la puerta. Hughman se volvió al oírlo, notó las llaves colocadas en la cerradura. Hizo señas al agente y recurrió a Florencia.

–¿Estaba con llave la puerta?  –la señaló, mientras preguntaba. Florencia titubeó, sus pupilas se movieron.

–Sí, estaba con llave.

Las dos hermanas se miraron entre sí, luego a su madre. El inglés fue hacia la mujer. Era más joven que el marido, si no conociera la edad de sus hijas le hubiera dado cuarenta años, poco más que él.

–¿Podemos hablar del caso, señora?

–¿Caso?, ¿mi marido es un caso?

Sí, era un caso, sin dudas. El inglés inició el interrogatorio sin contestarle, ¿qué podía decir? Precisaba más tacto para esas situaciones. Por lo general, cuando los casos llegaban a la brigada, de estas diligencias iniciales se había ocupado el personal de calle. En los operativos de verano no había brigada a la que recurrir; el comisario de Güemes le entregaría el asunto, lo mejor era avanzar.

–Sé que es duro, pero necesitamos pasar por esto. ¿Dónde estaba cuando sucedió?

La mujer no había oído las respuestas de las hijas. Josefina quiso intervenir pero Hughman le indicó con su mano que se apartara. La joven obedeció y se reunió con su hermana, del otro lado de la mesa.

–Estaba en el cuarto, pasándome bronceador. Hay que pasárselo veinte minutos antes de exponerse al sol, dicen los médicos. José se encargaba de cargar la heladerita con los sándwiches y las gaseosas.

–¿Cómo se enteró…?

–Por los gritos de las chicas supe que había pasado algo grave, bajé corriendo, no me puse ni la pollera. Y… No puedo creerlo, ¿quién pudo hacer esto? No se llevaron nada, la plata la tenemos arriba…

Hughman necesitaba precisar un dato.

–Señora, perdón que insista. ¿Escuchó el grito desde el patio, de Florencia?

–¿Patio? No, estaban acá, las dos.

Hughman consideró que era suficiente por el momento. Mostró la puerta al agente, fue con él a la vereda. Antes de hablar, se comunicó con el encargado del patrullero, Ortiz, uno de los pocos que vivía permanente en la villa. Ya estaba en camino la ambulancia con el forense desde Güemes y la dotación de la policía científica. Cuarenta kilómetros, camino despejado, llegaría en menos de media hora. Las fotos, recordó.

–Agente…

–Ríos, inspector –todos estaban enterados de su función de investigador.

–Ríos, ¿tiene celular con cámara? Acá no tenemos fotógrafo oficial –ante el sí de la cabeza del joven, continuó–. Tome fotos de la casa y del cuerpo, de cerca también, en especial de la herida en la cabeza.

El joven arrancó hacia el interior.

–Espere, ¿cómo le fue con los interrogados?

–Ah, perdón. La pareja vive, alquila quiero decir, en la última cuadra del pueblo. Venían directo por esta calle, no vieron salir a nadie de la casa antes que saliera la brasileña, moviendo los brazos y gritando. Después, nos vieron venir a nosotros.

¿Brasileña? El pareo, tenía la bandera de Brasil. El inglés dispensó a Ríos y fue hasta su coche, a comunicarle las nuevas a Venturini, el comisario de Güemes. Se sentó, con la portezuela abierta. Por primera vez en su carrera se presentaba un caso que parecía tramado por Agatha Christie. Casa cerrada, tres personas con posibilidades de cometer el crimen. Las tres con la oportunidad, cada una sin tener a la vista a las otras. ¿El arma? Se encargaría la científica de buscarla, no hubo tiempo de lavarla desde la caída escuchada por Florencia y su ingreso. A menos que la misma Florencia fuera la autora; las otras dos, aturdidas por la música, no habían oído el golpe en la planta baja. Aunque también la esposa o Josefina pudieron subir antes que la del fondo ingresara, entre que gritó, esperó y se ocupó de dejar la ropa que estaba colgando. Desde el baño o la ventana de alto pudieron tirar el arma a las casas vecinas. Otra tarea para realizar, búsqueda en los patios contiguos.

Llegó la camioneta Chevrolet de la científica sin que hubiera dado el parte a Venturini; obviamente, el hecho ya estaba en conocimiento de su superior, quería darle los detalles que había sonsacado a las testigos –y sospechosas. Minuto después, estacionó la ambulancia. Descendió un médico de su edad, bronceado, con una casaca de mangas cortas, gafas Ray-Ban. Se presentó, su apretón de brazos lució los músculos trabajados. Merlino. Hughman lo acompañó hasta el interior de la casa. Pidió a la agente que llevara a las mujeres al piso de alto, que se quitaran las ropas que llevaban y las entregaran, podían tener rastros de sangre. Conversó con los de la científica dos minutos. Salió de la casa para realizar el llamado pendiente.

La aprensión contrajo los músculos de su espalda. Venía una tanda de penosos interrogatorios, escarbando en las miserias familiares hasta dar con un motivo para el crimen. ¿Las tres, asociadas? Posible, la esposa podía ser buena actriz. ¿Culminaría como Poirot, con las tres involucradas sentadas en torno a la mesa, o al sofá cama, explicándoles la secuencia de los hechos, provocando la confesión de la culpable? Venturini pidió que lo llamara más tarde, no podía atenderlo. ¿Qué podía ser tan urgente en Güemes para posponer la investigación de crimen? Allá él. Demasiado tenía con su misterio. ¿Alcanzaría el verano para resolverlo? Merlino dejó la casa, cigarrillo en la  mano.

–¿Algún informe preliminar?, ¿el arma del crimen?

–¿Crimen? La herida en la cabeza no lo mató, se la hizo al caer, ¿no vio la mancha en el esquinero de la mesa? Ese hombre murió de un infarto.

Merlino sacudió la cabeza, descalificando la labor policial, y se dirigió a la ambulancia, donde aguardaban dos camilleros. Misterio explicado, fin del caso. Hughman se permitió una sonrisa, había sido más rápido que Poirot o Agatha Christie exageraba las dificultades de sus casos resueltos. Olvidó pensar que se estaba adjudicando un mérito que sólo correspondía al forense.

© Juan Pablo Goñi - Todos los derechos reservados

Escritor.

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