UNA CUENTA PENDIENTE

por  MIGUEL IZU

 

Mujer_2Jueves 14, 2:00 h. 

Lola no entendía el portugués, o lo que fuera que hablaran entre ellos los dos policías. El hombre, bajo y con la piel de color betún, era el que la interrogaba en algo que pretendía ser castellano pero que apenas le resultaba inteligible. La mujer, alta, con la piel más clara, color café con leche, sólo se dirigía a su compañero y lo hacía en un portugués que Lola no era capaz de entender ni lo más mínimo. Los dos vestían uniforme azul marino. Sobre la espalda del polo llevaban rotulado “policía”, en grandes letras mayúsculas de color blanco, y la misma leyenda figuraba sobre la parte izquierda del pecho bajo un escudo con una estrella que Lola suponía que sería el de Cabo Verde. Los dos eran bastante más jóvenes que Lola, tendrían poco más de treinta años. Él parecía ser el jefe.

El hombre dejó de hablar con la mujer y miró a Lola.

-¿Por qué no nos dice su verdadero nombre? -le preguntó esforzándose en pronunciar de forma pausada.

-Ese es mi verdadero nombre -respondió Lola, a ella misma le sonó a poca convicción, señalando el pasaporte que el policía tenía delante.

Él volvió a examinar el documento, con atención, como si fuera la primera vez que lo veía pese a que el interrogatorio duraba ya, al menos, una hora, una eternidad en la percepción de Lola. Cada vez estaba más desesperada, aunque se seguía aferrando a la versión que le había enseñado Mario.

– Você…, usted sabe que este pasaporte es falso -dijo el policía con tono de cansancio, dejándolo de nuevo sobre la mesa.

Lola guardó silencio. Claro que era falso, lo único verdadero era el nombre de pila, María Dolores, para que no te puedas confundir, le había dicho Mario. Todo lo demás, incluido un año de nacimiento que concordaba con la edad que aparentaba en la fotografía, se lo tuvo que aprender de memoria y Mario se lo preguntó un montón de veces antes de iniciar el viaje. Nacida en Madrid, una ciudad que a ella no le gustaba pero que conocía bien por haber vivido en ella un tiempo. Tienes que ser capaz de hablar de la ciudad donde se supone que vives si te preguntan, le había dicho Mario. En el pasaporte de él también aparecía Madrid como lugar de nacimiento y de residencia, en su caso era mentira sólo en parte. Mario había vivido en Madrid muchas temporadas, se había escondido muchas veces y hasta tenía allí un piso, una ciudad grande es siempre más segura si quieres pasar inadvertido, le decía. Un lugar pequeño siempre es más peligroso, aseguraba Mario. No hay más que ver dónde estoy, reflexionó Lola, esta isla es un mal lugar para pasar inadvertido por mucho que Mario lo intentase. Nos han descubierto, al menos han descubierto que los pasaportes eran falsos, aunque tan caros que nadie debería notar la diferencia, había dicho Mario. No saben quién soy pero saben que no soy quien dice el pasaporte.

-Antes o después vamos a saber quién es usted -insistió el policía.

Lola seguía callada y sin levantar la vista de la mesa. Suponía que lo que le decía era verdad, le habían tomado las huellas dactilares y en algún momento la Interpol, o quien fuera que se ocupara de esas cosas, la identificaría y enviaría sus datos a la comisaría de Espargos. Ella no se lo iba a facilitar. Mario le había insistido en que si le detenían –no va a pasar, no te preocupes, le había dicho, pero tenemos que tener previstas todas las posibilidades -no debía decir nada. Y menos sin saber qué había sido de Mario. Quizás él estuviera intentando escapar de la isla y necesitara tiempo. No pensaba ayudar a la policía.

Tambén vamos a saber pronto quién era seu amigo, o seu marido, lo que fuera -añadió el hombre-. En cuanto internet vuelva a funcionar.

Como si la tormenta quisiera recordarles que seguía allí y que era la causa de que no funcionara internet se oyó un trueno y las luces de la habitación parpadearon. A Lola le hubiera gustado preguntar al policía por qué utilizaba “era”. ¿Le había pasado algo a Mario? Le aterrorizaba sólo pensarlo. Quizás fuese únicamente una forma de hablar. Pero decidió seguir manteniendo su silencio. No era la primera ni la segunda vez que la interrogaba la policía, aunque sí la primera vez que lo hacían fuera de España. Es mejor tener la boca cerrada, había aprendido ya hace años. Todo lo que digas te puede perjudicar. La información que des a la policía será utilizado siempre contra ti. No les ayudes. No te dejes engañar con que te irá mejor si colaboras. No hagas ningún trato con ellos, siempre saldrás perdiendo. Recordó todos los consejos que le habían dado sus abogados las anteriores veces que fue detenida y la insistencia de Mario cuando le explicó el plan. Tú no sabrás nada, así que tampoco podrás decir nada, le había repetido. Lo único que podría decir a la policía era el verdadero nombre de Mario, a quien conocía desde hacía treinta años. Pero no sabía qué es lo que había venido a hacer a Cabo Verde. Un trabajo, es todo lo que había dicho él. Un trabajo muy bien pagado, y tú sólo tienes que hacerme compañía en un hotel de vacaciones y ayudarme a pasar desapercibido. Una semana de vacaciones y luego de vuelta a casa. No tienes que hacer nada más, ni tienes que saber nada más. Un trabajo no muy legal, había dado por hecho ella, y se había abstenido de hacer preguntas.

-¿Qué vinieron ustedes a fazer en Cabo Verde? -preguntó de nuevo el policía. Ante el silencio de Lola volvió a hablar con su compañera en su lengua incomprensible. Luego los dos se pusieron en pie, con gesto de hastío. Lola los miró todo lo desafiante que se sintió capaz.

-Tengo derecho a un abogado -les dijo. No estaba muy segura de si eso significaba algo en aquel país africano en el que nunca había estado hasta una semana antes. Pero era lo único que se le ocurrió decir llevada por la costumbre. En España un interrogatorio no vale oficialmente sin un abogado, le habían explicado, aunque Lola había sido interrogada muchas veces por la policía sin ningún abogado delante. No tenía ni idea si lo mismo valía para otros países.

-¿Tiene usted un abogado en Cabo Verde? -le preguntó la mujer policía en un castellano bastante correcto. Lola hizo un gesto negativo. No se le había ocurrido que, en realidad, no conocía a nadie en aquel país.

-¿Quiere que avisemos a la embaixada de su país para que le proporcione un abogado? -insistió la policía. Lola no supo qué decir. La embajada también le preguntaría por su verdadero nombre.

-No -respondió finalmente.

Los dos policías la dejaron sola en la sala de interrogatorios. Una sala de paredes desnudas, solo provista de una mesa y unas sillas. Lola hundió la cabeza entre los brazos, ahogando un sollozo. ¿Qué había salido mal? ¿Dónde estaba Mario?

 

Miércoles 13, 11:15 h.

 

Mario se revolvió, molesto, en la tumbona. El tiempo estaba cambiando y soplaba un viento fastidioso por su fuerza, aunque no por su temperatura. Seguía haciendo calor, aunque no excesivo ya que el sol se ocultaba a ratos entre las nubes. Los días anteriores se había sentido muy cómodo a la sombra, junto a la piscina del hotel, con la vista puesta en el mar y repasando una y otra vez su plan. Hasta este último día en la isla no se había movido el viento ni apenas había habido nubes en el cielo. La temperatura había sido del todo uniforme, nunca por debajo de veinte grados, nunca por encima de veintisiete. Un tiempo perfecto para remolonear en la piscina, sin hacer nada, sin llamar la atención entre otros turistas dedicados también a no hacer nada. La mayoría con aspecto de jubilados alemanes, ingleses, franceses. También había algún español, algún italiano, algún portugués. Ni jóvenes ni niños, sólo un matrimonio con su hijo que apenas empezaba a caminar. Mediados de enero, en Europa estaban funcionando de nuevo los colegios tras la pausa navideña y la mayoría de quienes podían permitirse estar de vacaciones en Cabo Verde eran parejas de cierta edad.

La suposición de que esto era lo que iba a encontrar había llevado a Mario, siguiendo las recomendaciones del señor Morales, a contar con Lola. Una pareja madura pasaría más desapercibida que un hombre solo. Un matrimonio más de jubilados, aunque fueran un poco jóvenes como jubilados. Nadie les había preguntado nada, pero Mario tenía pensado decir, llegado el caso, que eran empleados de banca jubilados. En los bancos se jubilan pronto, con poco más de cincuenta años.

Conocía a Lola desde hacía muchos años. Casi treinta, cuando ambos vivían en Bilbao. Entonces ella regentaba un club. Un club de esos que no tienen socios, sólo clientes, en las afueras, junto a una carretera, con un gran cartel luminoso. Un puticlub frecuentado por traficantes de cocaína, también por policías, y por policías que traficaban con cocaína, heroína o lo que se terciase. Mario iba por allí de vez en cuando, aunque casi siempre por cuestión de negocios. Nunca a follar. No le gustaba demasiado el sitio ni mezclar el trabajo con el sexo. Era Joaquim el que insistía en ir y el que acostumbraba a citarse allí con sus clientes. A Joaquim sí le gustaba hacer uso de los servicios del club. A menudo, mientras esperaba a que Joaquim volviera del piso de arriba a donde había subido con alguna de las chicas, Mario solía quedarse en la barra tomando una copa y hablando con Lola. Ella dirigía el negocio, no practicaba la prostitución. Joaquim acostumbraba a tentarla, le ofrecía dinero, le juraba amor eterno, luego más dinero, o le proponía matrimonio, pero ella le rechazaba siempre. Ya te he puesto el cubata y eso es todo lo que vas a conseguir de mí, le decía fingiendo enfado, tú quieres una puta y te has equivocado de persona. Joaquim rabiaba, decía que la única mujer que de verdad le gustaba era Lola, Mario suponía que simplemente le atraía porque no podía conseguirla.

Fue en el club de Lola donde aquel policía, el inspector Barroso, que acostumbraba a hablarles en gallego desde que una vez les oyó hablar en portugués, les hizo una oferta a Joaquim y a él. Necesitaba unos tipos con cojones, les dijo, para un trabajo que estaría muy bien pagado. Joaquim enseguida dijo que sí, sólo la mención del dinero le hacía perder cualquier escrúpulo o cautela. Mario desconfió. Si un policía busca a quien le haga el trabajo sucio quiere decir que se trata de algo muy sucio y, probablemente, muy peligroso. El  inspector insistió en que había mucho dinero a repartir, aunque necesitarían más hombres. Cuatro hombres en dos coches y sacarían trescientas mil pesetas por cabeza con un solo día de trabajo. Trato hecho, acabó diciendo Mario, aunque temiendo que más tarde podía arrepentirse. Necesitaba la pasta. Llevaba un año casi sin ingresos, salvo los pequeños trapicheos que compartía con Joaquim. Habían perdido varios meses preparando el atraco de un banco que, al final, se había frustrado. El compinche que tenían dentro murió en un estúpido accidente de tráfico.

Joaquim buscó a los otros dos, vinieron desde Lisboa. Eran amigos suyos desde críos. Un par de cretinos, pensó Mario en cuanto los conoció, poco de fiar, Joaquim tampoco era siempre de fiar y había que vigilarlo para que no hiciera tonterías, pero ya estaba embarcado en el asunto. Se trataba de disparar contra dos etarras en la puerta de un bar en Bayona y luego salir pitando hacia la frontera española. El  inspector Barroso les garantizaba que la cruzarían sin ningún problema. Y así fue, después de vaciar los cargadores de sus pistolas automáticas sobre los dos tipos que salían del bar emprendieron el camino del puente de Behovia en los dos coches, sin pisar mucho el acelerador para no llamar la atención de los gendarmes, y volvieron a entrar en España sin ningún incidente. Joaquim y Mario regresaron a Bilbao, los otros dos portugueses se volvieron para Lisboa. Era más prudente separarse. El problema vino luego. Barroso se negó a pagar la segunda parte de lo acordado porque se habían equivocado de blanco. Los dos muertos no eran los etarras a quienes había que matar. Uno era hermano de un etarra y el otro amigo suyo, se habían tomado un café con él en el bar y habían salido por delante para encontrarse con la muerte. Unos nacionalistas de mierda, dijo el inspector Barroso, pero que no valían nada, no eran los terroristas a los que había que eliminar. Estos habían salido ilesos y pusieron tierra de por medio de inmediato. Ya no habría manera de localizarlos.

Después de aquel fiasco Mario decidió alejarse de Bilbao. No volvió a saber nada de Lola hasta muchos años más tarde. Por pura casualidad entró en un restaurante de Carboneras y se la encontró allí. Era la dueña. Se había mudado hacía tiempo a Almería, primero trabajó en San José y luego invirtió todos sus ahorros en el restaurante. Eran años de bonanza económica, se construía sin cesar en la costa, el turismo crecía, estaba ganando dinero. Mario visitó el restaurante unas cuantas veces. Lola no hacía preguntas indiscretas y no tenía necesidad de contarle de dónde venía y a dónde iba. Negocios, le dijo simplemente. Viajes de negocios y, de vez en cuando, una temporada de descanso en Carboneras, un lugar discreto, mucho más que la Costa del Sol o que el litoral valenciano a donde acudía todo el que quería hacer dinero fácil. A Mario no le gustaba el riesgo.

Lola se había casado con un sujeto de Cartagena del que Mario no consiguió saber a qué se dedicaba. Mala gente, es todo lo que le dijo Lola de él. En algún momento había desaparecido. Eso parecía haber sido antes de que ella se instalara en Carboneras y contratara un cocinero que durante algún tiempo también la acompañaba en la cama. Luego el cocinero también desapareció junto con algún dinero ahorrado en el restaurante. No me voy a volver a fiar de ningún hombre, le decía Lola a Mario cuando este iba a comer a su restaurante y ella acababa sentándose a su mesa a tomarse un café. Pero, en realidad, parecía haber siempre algún tipo rondando a Lola y ella se dejaba querer.

Cuando le ofrecieron aquel trabajo en Cabo Verde Mario enseguida pensó en Lola. Necesitaba una mujer en la que pudiera confiar y con la que no fuera a haber problemas. Nada de sexo ni mucho menos de amor, le había dejado claro a ella por si acaso. Compartirían habitación y se harían pasar por un matrimonio, pero en camas separadas y sin tonterías. Lola le caía bien pero Mario nunca había tenido interés en ella como mujer. Era un buen arreglo, no le iba a distraer. Le hizo la propuesta porque sabía que ella necesitaba el dinero. El restaurante no pasaba por su mejor momento, la crisis económica le había pasado factura. Lola apenas podía pagar su hipoteca, seguía teniendo clientes pero cada vez gastaban menos, justamente lograba sobrevivir esperando que cambiaran los tiempos. En cuanto vio unos billetes sobre la mesa aceptó el trato. Aceptó no hacer preguntas. Mario le caía bien y se fiaba de él, serio y poco hablador pero siempre tan correcto y educado con las mujeres.

-¿A qué hora vamos a comer? ¾preguntó Lola desde su tumbona. El sol no calentaba como en los días anteriores y se empezaba a aburrir de la piscina.

-A las doce y cinco ¾respondió Mario. Apenas abran el restaurante, pensó. Esta tarde tengo muchas cosas de las que ocuparme.

 

Jueves 14, 00,30 h.

 

Lola estaba haciendo cola para embarcar en el avión cuando llegaron los policías. Volvió a sentir un angustioso escalofrío, otro más. Se sentía al borde del ataque de nervios desde hacía un par de horas. Desde que Mario no había aparecido en la habitación del hotel a tiempo para tomar el taxi hacia el aeropuerto.

-Volveré antes de las once -le había dicho por la tarde, antes de irse-. A las once llegará el taxi, a esa hora tenemos que estar en la recepción. Ten preparada la maleta, la mía ya está lista.

Ella sabía que no debía preguntarle qué es lo que tenía que ir a hacer. Un trabajo, era todo lo que debía saber.

-De acuerdo.

-Si dan las once y yo no he vuelto… -dijo Mario antes de ser interrumpido.

-¿Cómo que si no he vuelto? -reaccionó Lola.

-Estaré aquí antes de las once -Mario estaba molesto¾. Pero por si acaso. Si pasa algo tienes que tenerlo previsto. Siempre hay que tener preparado el plan B.

-Vale.

-Si dan las once y no he vuelto coge el taxi y vete al aeropuerto. Si no llego tampoco al aeropuerto coge el avión y vete a casa. No me llames. Yo me pondré en contacto contigo cuando pueda.

-¿Y si me preguntan por ti en la recepción?

Mario vaciló. No lo tienes todo tan previsto como dices, pensó Lola.

-Diles simplemente que yo estoy esperándote en el aeropuerto. No creo que te pregunten.

Mario se equivocaba. El gerente del hotel, un portugués que hablaba castellano fluidamente porque había trabajado en Marbella y que les saludaba con mucha amabilidad todos los días, la despidió en la puerta de la recepción y se sorprendió de que estuviese sola.

-¿Y su marido, no va con usted? ¾le preguntó.

-Me está esperando en el aeropuerto ¾respondió Lola, obediente a las instrucciones de Mario y disimulando su nerviosismo. Había pasado la última media hora contando cada minuto y cada segundo esperando a que él apareciera. Con el corazón en un puño había arrastrado el equipaje hasta la recepción, donde ya esperaba el taxi. Algo no iba bien, y lo peor de todo es que no sabía qué es lo que podía ir mal porque no tenía ni idea de a dónde había ido Mario ni qué es lo que tenía que hacer. Sólo intuía que debía hacer algo que justificaba aquella semana en la isla, aparentemente sin hacer nada, y que ese algo valía mucho dinero, así que probablemente sería algo peligroso.

La aprensión de Lola aumentó cuando, camino del aeropuerto, el taxi se cruzó con dos coches de policía que llevaban todas sus luces encendidas y con las sirenas sonando. ¿Qué habrá pasado? No pudo menos que temer que aquello tuviera algo que ver con Mario. Sus temores se intensificaban con la tormenta que se había iniciado al anochecer. Una tormenta seca, rugía el viento, estallaban rayos y truenos, pero no caía ni una sola gota de agua. En el aeropuerto pasó los controles sin atreverse a mirar directamente a los policías que revisaban el equipaje y los pasaportes. Facturó las dos maletas, la suya y la de Mario, y con el alma en vilo aguardó en la sala de espera, el temor creciente, sin dejar de mirar a la puerta con la tenue esperanza de que Mario apareciera en cualquier momento. Apretaba en su mano el teléfono que Mario le había entregado antes de salir de Madrid, aunque sabía que no sonaría porque las normas  que él había fijado y le había explicado repetidas veces excluían cualquier llamada entre ellos. Los dos móviles de prepago que llevaban únicamente servían para tener un número de teléfono que dar en el hotel o en cualquier otro lugar donde se lo pidieran y no llamar la atención diciendo que no llevaban un móvil.

Cuando llamaron a los pasajeros para embarcar se puso en la fila con el único deseo de encontrarse cuanto antes en el avión, volando hacia casa, alejándose de aquellas malditas islas. De pronto sintió una mano sobre su hombro. Se volvió y se vio rodeada de policías uniformados que la observaban fijamente. El contraste del blanco de sus ojos con sus rostros negros le resultaba muy perturbador. Uno de ellos llevaba un papel en la mano, luego advirtió que era una copia de la fotografía de su pasaporte.

-¿Senhora Martínez López? ¾le preguntaba el policía que tenía la mano sobre su hombro y que con la otra mano le agarraba por el brazo, suave pero firmemente. Ella asintió al oír los falsos apellidos que figuraban en su pasaporte.

– Você tem que vir para a delegacia. Você está presa ¾dijo el policía, luego dudó y añadió en castellano con un acento muy marcado¾. ¿Entiende? Está usted detenida. Ha de venir con nosotros.

Lola estaba aturdida. Se dejó llevar, sin decir palabra, hacia la salida del aeropuerto. Apenas se dio cuenta de que le pedían su pasaporte y su tarjeta de embarque y de que se los entregaba. Le introdujeron, las manos esposadas, en un

coche patrulla que tomó el camino de Espargos, la capital de la isla.

 

Miércoles 13, 17:00 h.

 

Mario se levantó de la cama después de haber dormido la siesta. Había dormido poco en realidad, no dejaba de repasar cada uno de los pasos de su plan. Sacó la pequeña maleta que había traído y la colocó sobre la cama. En la otra cama, Lola todavía dormía. Colocó cuidadosamente su ropa en la maleta, dejando fuera solamente la que se iba a llevar puesta. Se dio una ducha y después recogió sus objetos de aseo y los puso en la maleta. Pasó revista por toda la habitación, en realidad un pequeño apartamento con cocina y salita, para asegurarse de que no se dejaba nada. Después de vestirse y de cerrar la maleta despertó a Lola.

¾Venga, arréglate, tenemos que salir.

Ella se desperezó y se sentó en la cama. Mientras Lola se levantaba y se arreglaba, él salió a la pequeña terraza y se sentó mirando el jardín. El viento seguía soplando con fuerza, seguía siendo un aire templado y la temperatura se mantenía igual que en los días previos en que había brillado el sol. Se acercaba la hora de la puesta del sol. En los días anteriores habían salido a pasear sobre las seis de la tarde y habían visto al sol ponerse sobre el mar y al cielo enrojecer. Los espectaculares atardeceres congregaban a los turistas junto a la playa. Hoy había nubes, no podrían ver el sol. De todos modos harían el paseo acostumbrado, saliendo del hotel y recorriendo la caleta de un extremo a otro y, luego, siguiendo por un camino de tierra paralelo a la rocosa costa, llegando hasta el final de la urbanización. Veían siempre a su izquierda el monte Leão, debía el nombre al hecho de recordar la figura de un león tumbado, y que daba la impresión de ser otra isla pero, en realidad, era una península de la misma isla de Sal. A esas horas algunos de los vecinos de la urbanización salían a pasear con sus perros y se mezclaban con los huéspedes del hotel que habían decidido no ir a cenar a Santa María y preferían la tranquilidad de Murteira. La mayoría de los vecinos de aquella urbanización colindante con el hotel eran blancos, casi todos europeos con residencia permanente en Cabo Verde, empresarios de la industria turística que preferían vivir allí que cerca de sus negocios en la más ruidosa Santa María. También había algunos negros con aspecto de profesionales o funcionarios bien situados.

Cuando Lola por fin apareció en la terraza, sin necesidad de decir nada, emprendieron el paseo. El viento arrastraba granos de arena que golpeaban la cara y se metían en los ojos y en la boca y hacían desagradable caminar. No había casi nadie andando por el exterior. Pese a todo, Mario decidió hacer el recorrido de costumbre. Quería echar otro vistazo a la casa. Cada tarde había tomado cuidadosa nota de la quinta casa, contando desde la caleta, en la primera fila de la urbanización hacia el mar. Como todas las demás del complejo, tenía dos plantas y un jardín, en este caso lo suficientemente amplio como para albergar una piscina. Sobre el tejado se veía una aparatosa antena parabólica. Estaba rodeada de un seto no tan alto como para ocultar el camino de entrada y la puerta trasera. En tres ocasiones, durante el paseo, Mario había podido ver cómo llegaba a la casa un todoterreno negro del que descendía un hombre de mediana edad y de mediana estatura, blanco, con un escaso pelo rubio. Se había mantenido a distancia, todavía no era momento de tener ningún contacto con él. Cada noche, después de cenar, tras tomar una copa en la terraza del bar, había enviado a Lola a la habitación y él había vuelto a hacer el mismo recorrido pero amparado por la oscuridad. Se había apostado frente a la casa, junto al seto, y había observado. En la planta baja había luz, se podía ver el salón por las ventanas que solían estar abiertas. En ocasiones pudo ver al hombre que habitaba la casa moviéndose de una habitación a otra, de la cocina al salón. A veces, sobre el ruido de fondo del oleaje, le había llegado el sonido de la televisión, había creído entender, o quizás se lo hubiera imaginado, que los programas hablaban en castellano. En el hotel la televisión sólo hablaba portugués, a menudo con acento brasileño, o inglés. La antena parabólica, supuso, captaba los canales españoles.

Aunque hacía poco que se había puesto el sol, el cielo aparecía mucho más oscuro que en las tardes anteriores. En la urbanización se veían, a través de las ventanas, muchas luces ya encendidas. Mario se fijó, como de costumbre, en la quinta casa. Había luz, su inquilino ya había regresado del trabajo. Lo imaginó preparándose la cena. Sabía que aquella semana estaba solo, su mujer y su hijo estaban en España. Así se lo había comunicado el hombre que le había contratado y que se había presentado como señor Morales. Nada más que señor Morales, había recalcado. La única entrevista que habían tenido cara a cara había sido en un pub de Madrid con poca luz. El señor Morales lucía una barba probablemente postiza y unas gafas oscuras. El pelo, oscuro pero de un tono difícil de apreciar dada la escasa iluminación del local, estaba oculto en su mayor parte por un gorro de lana que no se quitó. La ropa, oscura y completamente impersonal. Mario no recordaba haber visto nunca antes al señor Morales y probablemente no le volvería a ver. Aunque quisiera, no podría dar una descripción muy detallada de su aspecto, ni siquiera de su voz, ya que habló poco y en susurros. Le entregó una carpeta de cartón donde se incluían instrucciones detalladas que debía destruir una vez memorizadas, los pasaportes y un sobre con dinero, el primer pago por el trabajo. Resumió en muy pocas frases lo que tenía que hacer. El hombre estaría solo toda la semana, su familia estaba fuera, solo tenía una criada que limpiaba por las mañanas. Era de costumbres regulares, todas las tardes regresaba a casa desde Santa María entre las seis y las siete de la tarde y ya no volvía a salir, excepto en el fin de semana. Por eso el trabajo debía hacerse un miércoles. Que el hombre estaría en su casa aquel miércoles en particular estaba garantizado, había un partido de Copa en el que jugaba el Athletic de Bilbao. Nunca se perdía un partido del Athletic por televisión. El partido empezaba a las 20:30, hora de España, dos horas menos en Cabo Verde.

-No falle esta vez ¾dijo el señor Morales antes de irse.

Mario supo a qué se refería Morales. No pensaba fallar. No cometería el error que había sufrido treinta años antes Joaquim cuando ordenó disparar contra aquellos dos individuos que salían del bar de Bayona.

 

Miércoles 13, 18:30 h.

 

Iñaki se sentó en su butaca frente al televisor. En una bandeja que colocó sobre una mesita había dispuesto su cena, un plato con jamón y queso y un poco de pan, una botella de rioja y un vaso. En otra ocasión hubiera esperado hasta el descanso, pero prefirió cenar pronto ya que iba a tener una noche muy ocupada. Mejor tener la digestión hecha para cuando acabara el partido. Después de treinta años en Cabo Verde los partidos del Athletic eran una de las pocas cosas que le seguían uniendo a su tierra. Otra era la comida y el vino que hacía que le enviaran desde allí, o que le traía su hijo cuando volvía por vacaciones. No había querido regresar, a diferencia de la mayor parte de los demás deportados por las autoridades francesas en la misma época. Unos huyeron, primero a América para luego regresar a Francia, o directamente a Francia, otros decidieron afrontar las causas que tenían pendientes, en Francia o en España, algunos decidieron reincorporarse a la organización y acabaron muertos o en la cárcel. Solamente otros dos deportados habían decidido quedarse en Cabo Verde pero ya habían muerto, uno de un infarto y otro estúpidamente apuñalado por unos delincuentes comunes que quisieron atracarle. Iñaki no tenía cuentas pendientes con la justicia, pero salvo tres visitas puntuales en treinta años había preferido no volver. No quería enfrentarse con sus recuerdos, no quería volver a ver a sus antiguos compañeros, no quería dar explicaciones a nadie sobre lo que había hecho y lo que no había hecho y por qué. Principalmente no quería que le interrogaran sobre el porqué, no tenía una buena respuesta que dar, ni siquiera para sí mismo. No se había manchado directamente las manos de sangre pero había dirigido más de un comando y había señalado los objetivos, no estaba orgulloso de su pasado pero tampoco tenía intención de pedir disculpas a nadie. En Cabo Verde vivía bien, se había adaptado a aquella vida, sus negocios no le habían ido mal y nadie le esperaba en Bilbao. Su hermano Javier era la única familia que le había quedado, después de que fallecieran sus padres en un accidente ferroviario siendo ambos adolescentes, y murió en plena juventud. Luego no tuvo a nadie que le moviera a retornar y no echaba de menos aquellos inviernos que recordaba fríos, oscuros y húmedos.

Los primeros años los pasó trabajando como camarero en un bar de Santa María cuyo dueño era de Baracaldo. Aceptó el trabajo, sobre todo, por no aburrirse y tener algo más de dinero que la escasa cantidad que les hacían llegar todos los meses a los deportados. Ya había trabajado de camarero en Bilbao. Luego le cogió gusto a la situación, al clima y a la vida tranquila, y conoció a Bia, una mulata caboverdiana de largas piernas, profundos ojos negros y amplia sonrisa que trabajaba también en el bar. Se casaron cinco años más tarde y tuvieron un hijo, Ander. Para entonces había perdido todo el contacto con los demás deportados, la mayoría vivían en Praia, la capital, en la isla de Santiago, y había dejado de pensar en su estancia en Cabo Verde como en algo temporal. De camarero pasó a encargado, luego a socio. Eran buenos años, a raíz de la independencia el país progresaba y el turismo crecía. Ahorró dinero, invirtió en otro bar, luego en un negocio de excursiones para turistas. Pidió la nacionalidad, compró la casa en Murteira, más tarde pudo mandar a Ander a estudiar a Madrid. Estaba a punto de convertirse en ingeniero. Iñaki confiaba en que, acabados los estudios, quisiera regresar a Sal y dedicarse también a los negocios. No corrían buenos tiempos para buscar trabajo en España ni en la mayor parte de Europa. Pero tampoco descartaba que a Ander las islas se le quedaran pequeñas e hiciera sus propios planes. El tiempo lo diría.

Intentó concentrarse en el fútbol, aunque la mente se le iba hacia los planes que tenía para cuando acabara la retransmisión. En el minuto 21 marcó el Athletic al Villareal, en cuyo campo jugaban. El marcador ya no se movió pero le tuvo en vilo todo lo que restaba de partido.

 

Miércoles 13, 19:30 h.

 

Mario y Lola cenaron, como de costumbre, en el restaurante del hotel, un edificio de una planta situado entre la piscina y la playa de roca. Ocuparon la misma mesa que en los días anteriores junto al ventanal que daba al mar. El cielo oscuro se rasgaba de vez en cuanto por un rayo y el viento movía cada vez con más violencia las palmeras, pero no llovía. Mario, llevado de la curiosidad y contrariando su propósito de no hablar más de lo imprescindible, preguntó al camarero si aquello era normal. El camarero, un joven de piel muy oscura y dos metros de alto, respondió en portugués que no había habido una tormenta en los últimos cinco años y que casi nunca llovía. Mario apretó los labios para que no se le escapara una frase en portugués. Con gran esfuerzo había conseguido durante toda la semana fingir que ni entendía ni hablaba portugués, pese a ser su lengua materna. Sus primeras palabras en Olivenza, donde había nacido y había crecido, las había dicho en portugués, la lengua que hablaban sus padres. Luego, en el colegio, aprendió a hablar castellano y fue perdiendo la costumbre de hablar en portugués, los jóvenes la consideraban como la lengua de los viejos. No la perdió del todo porque después de hacer el servicio militar se fue a vivir a Lisboa, donde un tío materno le empleó en su taller mecánico. En Lisboa conoció a Joaquim, que le buscó un trabajo más cómodo y más rentable, aunque mucho menos legal. Atracaban tiendas y farmacias, robaban coches, soñaban con asaltar bancos. Apenas llevaba un par de años en la profesión cuando él y Joaquim tuvieron que poner tierra de por medio. La policía detuvo a los demás miembros de la banda. Cruzaron la frontera por Olivenza, Mario dio un sablazo a sus padres y luego se dirigieron a Madrid. Tuvieron la sensación de que la policía española también les buscaba y se dirigieron a Bilbao, confiando en estar más seguros en una tierra donde la policía tenía cosas más graves de las que ocuparse que de un par de delincuentes de poca monta. Se introdujeron en el tráfico de heroína, un negocio en expansión. Como habían previsto, la policía no les molestó. Al contrario, hicieron buenas migas con algunos policías que participaban de su mismo negocio.

La identidad con la que Mario había viajado a Cabo Verde le exigía disimular cualquier vínculo con Portugal o con Bilbao. Su pasaporte decía que había nacido y que vivía en Madrid. Después de haber vivido en tantos sitios no tenía acento de ninguno en particular, y lo mismo se podía decir de Lola. Tenían que mantener el aspecto de ser un par de turistas españoles, jubilados, sin llamar la atención en nada. Era importante que, una vez que se hubiesen ido, nadie les recordara. Así llevaban toda la semana. Acudían al restaurante para desayunar, comer o cenar cuando este se iba llenando, nunca entraban o salían los primeros ni los últimos. Se servían del bufé procurando no tener que pedir nada a los camareros. Pasaban la mayor parte del tiempo en la piscina pero, con la misma finalidad de pasar inadvertidos comportándose como los demás turistas, hicieron un par de visitas a Santa María tomando el coche que ponía a disposición de sus clientes el hotel. Pasearon por la playa, contemplaron el mar color turquesa, comieron en uno de los muchos restaurantes que se extendían a lo largo de la costa. Aprendieron a rechazar cortésmente a todos los vendedores ambulantes que les abordaron negando con la cabeza, sin soltar ni una palabra, para evitar que les identificaran como españoles y les acompañaran por el paseo contándoles que habían vivido en Málaga, o en Sevilla, o en Benidorm, o que tenían familiares allí, o que eran hinchas del Real Madrid o del Barcelona, o preguntándoles cómo estaba el trabajo en España. Mario rechazó cortésmente las sugerencias que les hicieron en el hotel para alquilar un coche o apuntarse a alguna excursión. No deseaba tener que mostrar un permiso de conducir o rellenar un formulario con más datos personales que los que ya constaban en el hotel y en la compañía aérea. Tampoco quería compartir diversiones con otros turistas. Una vez realizado el trabajo, y antes de que nadie pudiera advertir nada, debían tomar el avión y salir de la isla con la misma discreción con la que habían llegado y habían pasado toda la semana.

Acabaron de cenar y se dirigieron, luchando contra el viento, hacia su habitación. Mario volvió a recordar a Lola las instrucciones que tenía que seguir a partir de aquel momento. Ella debía de preparar el equipaje y estar lista para coger el taxi al aeropuerto a las once. La dejó en la habitación y él dejó el hotel por la parte trasera, no quería que le viesen salir por la recepción. Se había vestido completamente de negro para resultar lo menos visible que fuera posible.  Fue andando junto a la carretera hacia la urbanización, al otro lado de la caleta. No andaba nadie por allí con aquel tiempo tan desagradable. Eran poco más de las ocho y media. El plan era tener el trabajo finalizado y estar de vuelta en el hotel antes de las diez.

 

Miércoles 13, 20:25 h.

 

Iñaki apagó el televisor, complacido con la victoria del Athletic. Recogió la bandeja con los restos de la cena y se asomó a la ventana del salón que daba hacia el mar. La noche estaba muy oscura, aunque de vez en cuando sonaba un relámpago y se iluminaba fugazmente el jardín. Miró el reloj. A partir de las ocho y media tenía que estar preparado. Subió al dormitorio y se cambió de ropa. Se puso una camisa de manga larga y un pantalón completamente negros. Sacó del armario un pasamontañas también negro y unos guantes. Descendió por las escaleras y apagó todas las luces de la planta baja excepto una lámpara de pie, luego encendió de nuevo la televisión y le subió el volumen de modo que cualquiera que se acercara a la casa pudiera oírla y supusiera que la estaba viendo. Entró al garaje para asegurarse de que el saco y la cuerda estaban allí, preparados. Salió de la casa y llevó una de las sillas de jardín hasta el seto, entre las sombras a las que no llegaba la débil luz que salía de la ventana del salón. Se sentó a esperar.

 

Miércoles 13, 20:45 h.

 

Mario se acercó a la casa sigilosamente, avanzando bien pegado a los setos que separaban las viviendas de la extensión rocosa que llegaba hasta el mar. Una precaución quizás innecesaria porque no se veía a nadie desafiando a la tormenta y al fuerte viento que le golpeaba con punzantes granos de arena y que resultaba cada vez más molesto. Al llegar a la casa la rodeó para acercarse a la puerta principal. Vio la luz encendida en el salón y oyó el rumor de la televisión. Todo iba conforme a lo planeado. El hombre estaba en casa, solo y desprevenido. Se colocó frente a la puerta y llamó al timbre con la mano izquierda mientras en la mano derecha sujetaba firmemente el cuchillo. Le hubiera gustado tener una pistola, a ser posible con silenciador, pero había sido imposible. No se podía viajar en avión con un arma de fuego y no era nada fácil conseguirla en la isla. Además, hacerse con una pistola en la isla hubiera supuesto tener que contactar con alguien que se la pudiera suministrar y el plan era ejecutar el trabajo en solitario y sin dejar ningún rastro detrás. Así que en lugar de la pistola, y tal como le había indicado el señor Morales, se había hecho con un cuchillo. Tampoco se puede viajar con un cuchillo en avión, pero no había tenido demasiada dificultad en robarlo de la cocina del hotel. Había elegido uno no muy grande pero muy puntiagudo y bien afilado. Sabía cómo manejarlo, no era la primera vez que utilizaba un cuchillo para hacer un trabajo. Había aprendido a hacerlo en México, a donde había ido después del fiasco de Bayona para poner distancia con la policía. Haber matado a las personas equivocadas, a dos individuos que no eran etarras, y haberlo hecho en suelo francés, había salido caro. La policía francesa se lo tomó muy en serio y la policía española no tuvo más remedio que hacer lo mismo. Los dos portugueses amigos de Joaquim fueron identificados y localizados camino de Lisboa en un lugar cercano a Salamanca, no habían adoptado la mínima precaución de cambiar de vehículo. Se resistieron a tiros a la detención y acabaron muertos. Mario y Joaquim no sabían si también les habían identificado, habían abandonado de inmediato el coche con matrícula falsa con el cual pasaron la frontera pero, por si acaso, pensaron que estarían mejor en un país lo más lejano posible. Aunque Barroso se negó a pagarles, sí les echó un cable para que pudieran huir, estaba tan interesado como ellos en que se perdieran de vista. Se plantaron en México, donde Joaquim dijo que tenía un amigo. Gracias a él enseguida tuvieron trabajo como sicarios. Pasaron un tiempo en el Distrito Federal y luego recalaron en Tijuana. Las cosas les fueron bien al principio y ganaron dinero. Los narcos apreciaban su trabajo y el hecho de que no fueran conocidos ni estuvieran fichados por las autoridades mexicanas ni estadounidenses. Entre trabajo y trabajo disfrutaban del abundante tequila y las mujeres fáciles. Con el tiempo aquello cambió y les empezó a conocer demasiada gente en la frontera, tanto mexicanos como gringos. Joaquim acabó con una bala entre los ojos después de buscarse problemas por una mujer. Nunca había sabido separar el trabajo de la diversión. Mario no se sintió seguro a partir de la muerte de Joaquim y decidió que era momento de volver a cruzar el charco. Habían pasado más de cinco años desde lo de Bayona y, que él supiera, no le buscaban en España. Regresó en el peor momento posible. El  inspector Barroso acababa de ser detenido con múltiples cargos y había hecho un trato con el fiscal para reducir en lo posible su condena. Identificó a Mario como uno de los autores del tiroteo en Bayona. Mario no tuvo más remedio que ocultarse lo mejor que pudo. Afortunadamente, había regresado con una identidad falsa y un pasaporte mexicano de primera calidad que le había costado un dinero pero que resultó una muy buena inversión. Decidió mantenerse lejos de Olivenza, de Bilbao, o de cualquier otro lugar donde le conocieran. Evitó relacionarse con sus antiguos compinches y consiguió otros contactos nuevos gracias a la recomendación de sus amigos mexicanos. Pudo encontrar trabajo en Madrid con una organización colombiana y en los años siguientes viajó mucho por la costa mediterránea. Se acostumbró a trabajar en solitario, lo prefería y lo exigía como condición. Había aprendido a desconfiar y se sentía más seguro sin depender de un socio. Volvió a encontrarse con Lola por pura casualidad cuando eligió Carboneras como lugar de descanso. Pasados unos años de residencia en España empezó a confiar en que la policía ya no le buscaba y en que, de cualquier modo, la falsa identidad que le protegía estaba suficientemente consolidada. Se atrevió a viajar por cualquier lugar de la península e incluso a volver a Bilbao, donde esperaba que ya nadie le pudiera reconocer. Con la edad había ido cambiando de aspecto, estaba más grueso, tenía menos pelo, usaba bigote, la cara se le había vuelto más redonda y lucía más bronceada. Precisamente estando en Bilbao había recibido el mensaje que le llevaría unos días más tarde a reunirse con el señor Morales en Madrid. Le necesitaban para un trabajo muy bien pagado. Con ciertas complicaciones, en el extranjero, pero con un objetivo que sin duda le podía interesar para saldar una cuenta pendiente. Se trataba de uno de los etarras que habían escapado de ser tiroteados en Bayona. Llevaba treinta años en Cabo Verde pero había personas todavía interesadas en eliminarle, personas dispuestas a pagar bien. Antiguos amigos del inspector Barroso, le dijeron sus anónimos comunicantes. Del difunto Barroso, muerto de cáncer años antes a poco de ser excarcelado. Mario aceptó, un poco sorprendido de que hubiera alguien que mantuviera pendientes las cuentas durante tanto tiempo, pero con unas condiciones que no podía rechazar. Era demasiado dinero. Quién fuera la víctima le traía sin cuidado.

Mientras apretaba el cuchillo en su mano derecha medía mentalmente la puerta de la casa e imaginaba al hombre que de un momento a otro le iba a abrir. Era un poco más bajo que él. Calculó a qué altura le quedaría el pecho. La idea era asestarle una cuchillada directamente al corazón, por sorpresa, sin darle la menor posibilidad de reacción. Lo había hecho antes. Luego dejaría el cadáver dentro de la casa, la puerta bien cerrada, y volvería al hotel con tiempo de sobra para ir al aeropuerto. Para cuando alguien lo encontrara él ya estaría lejos de la isla y no habría ninguna pista que le vinculara con el muerto.

 

Jueves 14, 2:50 h.

 

Lola levantó la cabeza al oír que se abría la puerta. La había tenido hundida entre las manos, los codos apoyados en la mesa, durante un buen rato. Estaba desesperada. En la habitación entraron dos personas, el policía de color ébano que la había estado interrogando y un hombre de cierta edad, blanca la piel y blanco el cabello, elegantemente vestido.

-El señor João Evora, vicecónsul honorario de España en Santa María -presentó el policía.

-Yo no he pedido que venga nadie -protestó Lola, desconfiada.

-Me han llamado de la delegacia de policía, es el procedimiento normal -aclaró Evora, en un correcto castellano con solo un leve acento portugués¾. Señora Garrido, ¿no es así?

Lola se acabó de desmoronar por dentro, aunque intentó parecer impasible. Ya habían averiguado su auténtica identidad. Probablemente internet ya había vuelto a funcionar y habían recibido todos sus antecedentes. Comprobada su nacionalidad española habían llamado al vicecónsul. ¿Habrían identificado también a Mario? Quizás no, salvo que también lo hubieran detenido y le hubieran tomado las huellas dactilares como a ella. Decidió mantenerse en el mutismo.

-No tengo nada que decir.

-Por supuesto. Está en su derecho. ¿Quiere que avisemos a alguien, a algún familiar? -preguntó con voz amable el vicecónsul.

-No.

-¿Quiere que le busquemos un abogado?

-No. No sé… -dudó Lola. Ahora que ya sabían quién era quizás necesitara un abogado. No tenía ni idea de qué le iban a acusar, no sabía en qué podía resultar cómplice de Mario, pero imaginó que como mínimo lo podían hacer de utilizar un pasaporte falso.

-Usted decide -insistió Evora.

-¿De qué me acusan? -preguntó Lola mirando alternativamente al policía y al vicecónsul.

-Usted ha entrado ilegalmente en Cabo Verde, con un pasaporte falso. La policía investiga si ha venido a cometer algún otro delito -dijo gravemente Evora-. Creo que va a necesitar un abogado. Le puedo recomendar un abogado de confianza y, si no, le nombrarán un abogado de oficio.

-Está bien ¾cedió Lola. Era improbable que recibiera ninguna otra ayuda.

-¿Le puedo ayudar en algo más? ¾preguntó el vicecónsul amablemente.

-No.

Lola volvió a quedarse sola en la sala. Le dolía la cabeza y tenía sueño. Se recostó sobre la mesa, pero pocos minutos después volvieron a entrar los dos policías y se sentaron enfrente, dispuestos a reanudar el interrogatorio.

-¿Qué relação… qué relación tenía usted con Mario Silva Andrades? -preguntó el hombre.

Lola recibió el golpe y quedó muda. También habían identificado a Mario con su verdadero nombre.

-Díganos, ¿por qué viajaba usted con Mario Silva Andrades?-insistió la mujer.

-¿Dónde está Mario? ¿Qué le ha pasado? -preguntó débilmente Lola.

 

Miércoles 13, 20:50 h.

 

Iñaki, desde las sombras del jardín, vio llegar a Mario y acercarse a la puerta principal. Se levantó silenciosamente, aunque el aullido del viento hacía imposible que el otro pudiera oírle, y le siguió por el camino embaldosado. Iñaki llevaba en las manos un bate de béisbol. Un bate de madera, antiguo y quizás algo pesado para jugar, pero muy adecuado para el uso que pensaba darle. Iñaki tampoco disponía de armas de fuego, no había vuelto a tocar una después de llegar a Cabo Verde. No quería complicarse la vida y durante años se había mantenido a prudencial distancia de cualquier delito y de cualquier delincuente. No iba a arriesgar todo lo que había conseguido, una vida respetable, una familia, haciéndose con un arma ilegal. Desde que empezó a tramar el plan que estaba a punto de culminar tuvo claro que debía utilizar un método más sencillo. Se decidió por el bate. Solo necesitaba darle un golpe fuerte y contundente en la cabeza para derribarlo, si fuera necesario otro golpe más, u otro par de golpes, para rematarlo. Iñaki era fuerte y se mantenía en forma. Iba tres veces a la semana al gimnasio, levantaba pesas, hacía abdominales, pedaleaba en la bicicleta estática. Había ensayado el golpe con el bate, había estudiado cuál era el mejor punto del cráneo donde golpear para hacer más daño. Aunque era algo más alto, Mario le daría la espalda, tendría toda su atención concentrada en la puerta, esperando que se abriera, y no esperaría un ataque desde atrás. El señor Morales le había asegurado que no había riesgo alguno, que Iñaki estaría desprevenido, que no se esperaba ninguna venganza tantos años más tarde. Para cuando Mario se diera cuenta sería demasiado tarde. Y, además, la suerte había sonreído a Iñaki con aquella inesperada tormenta. Era imposible que Mario le pudiera oír con el ruido del viento y que se volviera. En pocos minutos estaría dentro de un saco en compañía de unas pesadas piedras, en unas horas en el fondo del mar. Nadie le echaría de menos. Su habitación del hotel estaría cancelada en poco rato. La mujer que le acompañaba no denunciaría su desaparición, no podía hacerlo ya que viajaban con pasaporte falso, no tendría más remedio que tomar el avión y desaparecer. En su momento recibiría, a través del señor Morales, un mensaje aparentemente de parte de Mario indicándole que no debía buscarle.

Iñaki llevaba preparando aquel meticuloso plan desde seis meses atrás. Desde que, por una increíble coincidencia, Antxon se había presentado en su bar. Antxon era de San Sebastián, había sido deportado a Cabo Verde en la misma época que Iñaki. Se conocían ya de antes, de Hendaya, donde ambos habían estado refugiados en la época en que quisieron asesinar a tiros a Iñaki y a otro compañero suyo saliendo de un bar de Bayona. Por error mataron a Javier, el hermano de Iñaki, y a un amigo suyo, que no tenían nada que ver con la organización. Antxon estuvo poco tiempo en Cabo Verde. Decidió regresar y saldar sus cuentas con la justicia. Había abandonado la organización y sólo tenía cargos menores, pasó unos meses en una cárcel francesa y luego pudo volver a su casa en San Sebastián y proseguir una vida normal. Muchos años más tarde tuvo la idea de volver como turista a Cabo Verde, visitar los lugares donde había estado y enseñárselos a su mujer. La casualidad hizo que entrara en el bar de Iñaki, atraído por el nombre vasco que este le había puesto, Anaitasuna. Aunque Iñaki no tenía ningún interés en reencontrarse con gente de una época que prefería olvidar, se alegró de ver a Antxon, siempre le había caído bien. Apenas hablaron de los tiempos pasados, prefirieron ponerse al día y contar cada uno qué vida llevaba. Antxon era profesor en un instituto de secundaria, estaba pensando en la jubilación, tenía dos hijos ya crecidos. Sólo hacia el final de la reunión, cuando ya habían dado cuenta de varias cervezas, habían bromeado sobre la eterna rivalidad entre el Athletic y la Real Sociedad y se iba agotando la conversación, Antxon dijo de pronto:

-¿A qué no sabes a quién he visto hace poco en Bilbao?

-¿A quién? ¾preguntó Iñaki, desconfiando de que fuera alguien a quien le interesara recordar.

-Al Portugués. Aquel tipo… Mario no se qué. El matón. En realidad, creo que era medio portugués y medio español. Me sorprendió. La policía le buscó hace años por lo de Bayona. No me suena que lo llegaran a detener nunca. En fin, que andaba libre como un pájaro, con unos años más, en Bilbao.

-¿Estás seguro? ¾preguntó, desagradablemente sorprendido, Iñaki.

-Muy seguro. Siempre he tenido buena memoria para las caras. Y me harté de ver su fotografía en la prensa hace unos años, cuando juzgaron a Barroso y a toda aquella gentuza.

Iñaki quedó conmocionado. Le había costado superar la muerte de su hermano Javier, durante años se había sentido culpable de haberle citado en aquel bar de Bayona y de haber contribuido, sin intención, a que lo asesinaran por error aquellos pistoleros que iban a por él. Se sintió transportado de nuevo a aquella época tan amarga en la cual hizo mil planes de venganza que no pudo llevar a cabo porque enseguida fue detenido y, luego, deportado. Se despidió de Antxon intentando fingir tranquilidad, pero el comentario le costó varias noches de insomnio después de las cuales había tomado una decisión firme. Contrató una agencia de detectives con sucursales en Madrid y Bilbao, entre otras ciudades, para que buscaran al Portugués. No importaba el tiempo ni el dinero que fuese necesario. Durante tres meses no hubo resultados. Luego, le comunicaron que habían localizado al individuo en Almería, en Carboneras. Allí se reunía con una antigua amiga suya de Bilbao a la que habían podido seguir la pista. El sujeto se movía bastante aunque parece que vivía sobre todo en Madrid, allí habían identificado un piso a su nombre. En realidad, al nombre supuesto que utilizaba, se hacía pasar por un mexicano de origen español. Iñaki pagó lo acordado a la agencia de detectives y estuvo varios días releyendo su informe y meditando. Luego contactó con un abogado de Bilbao cuyos servicios había utilizado hacía años y del que le constaba su ausencia de escrúpulos siempre que se le pagara bien. Le dio instrucciones precisas para que contratara a Mario, el Portugués, para ejecutar un asesinato. El del propio Iñaki.

 

Jueves 14, 3:15 h.

 

-Você não sabe? -le devolvió la pregunta el policía a Lola-. ¿No sabe qué le ha pasado a Mario?

-No. ¿Qué le ha pasado? -insistió Lola. Se temía lo peor. Que Mario estuviese detenido, o que estuviese muerto.

-¿Cuándo ha visto a Mario pela última vez? -preguntó el policía, sin responder a Lola. Esta dudó pero decidió contestar con la esperanza de obtener alguna información a cambio.

-En el hotel, después de cenar, sobre las ocho y media. Luego no he sabido nada más de él, le esperaba en el aeropuerto pero no ha aparecido.

-¿Aonde foi Mario después de cenar? -preguntó el policía. Lola guardó silencio. No sabía qué responder. Ignoraba a dónde había ido, pero suponía que los policías no le iban a creer.

-¿Conocía usted a Iñaki Artola Eizaguirre? -preguntó la mujer, pronunciando trabajosamente el nombre y los apellidos que leía de una hoja que tenía delante suya. Lola se sintió mareada. ¿Quién era aquél individuo? ¿Qué tenía que ver con ella, o con Mario? ¿Por qué no le dejaban en paz? ¿Por qué no le llevaban a una celda y le dejaban dormir? Hundió la cabeza entre las manos, negando débilmente.

-No, no…

Los policías cruzaron sus miradas. Así no vamos a sacarle nada más, decían sus ojos. El hombre intentó asestar otro golpe esperando romper la resistencia de Lola.

-Você deve falar… Le conviene hablar. Hay dos muertos y le podemos acusar de ser cómplice de un doble assassinato.

-¿Dos muertos? ¿Mario ha matado a alguien? -gimió Lola, y enseguida le asaltó otra idea más aterradora-. ¿Mario está muerto?

 

Miércoles 13, 20:55 h.

 

Mario volvió a pulsar con fuerza el timbre utilizando la mano izquierda, con la mano derecha pegada al cuerpo para disimular el cuchillo que apretaba en ella. Le asaltó la incertidumbre. ¿Por qué no le abría la puerta? Quizás no oyera el timbre, con el ruido de la tormenta y con la televisión encendida y a un volumen aparentemente elevado. Golpeó con el puño izquierdo, todo lo más fuerte que pudo, los ojos fijos en la puerta. En ese mismo momento sintió que le estallaba la cabeza y se le nublaba la vista. Algo muy duro se le había incrustado en el parietal derecho. Se tambaleó, se apoyó en la puerta, quiso volverse para ver de dónde venía el golpe e instintivamente se defendió levantando la mano derecha. Tuvo la impresión de que la punta del cuchillo se clavaba en algo sólido, justo en el momento en que recibía otro mazazo en la cabeza, tan fuerte como el primero. Se derrumbó en el suelo y perdió la consciencia.

Iñaki sintió que el cuchillo le atravesaba el pecho en el mismo momento en que golpeaba a Mario por segunda vez. El primer golpe no había sido tan directo y contundente como había previsto. En el mismo momento en que, a espaldas de Mario, descargaba con todas sus fuerzas el bate sobre su cabeza, el otro había hecho un ligero movimiento hacia la puerta, la había golpeado con el puño izquierdo y había inclinado levemente la cabeza en esa dirección. En lugar de quedar inconsciente y desmoronarse tras recibir el golpe, como había previsto Iñaki, dio un rugido y se tambaleó, pero quedó en pie. Mientras Iñaki levantaba el bate para darle un segundo golpe definitivo, Mario inesperadamente hizo un giro y levantó el cuchillo que llevaba en la mano. Con el  propio movimiento de golpearle Iñaki se encontró el cuchillo clavado en el pecho. Oyó un aullido, se dio cuenta de que era suyo, sintió un dolor intenso y se apoyó en la pared. Mario yacía a sus pies, inconsciente o muerto. Iñaki se sintió mareado, soltó el bate, que cayó al suelo, y se llevó las manos al pecho. Sintió algo húmedo, pegajoso y caliente. No llegó a ver el color rojo de la sangre que le empapaba las manos y la camisa porque perdió el sentido y se derrumbó también sobre el suelo.

 

Jueves 14, 11:30 h.

 

-Le conviene decirme toda la verdad ¾dijo gravemente el abogado a Lola.

-Le he dicho toda la verdad. Todo lo que sé ¾protestó ella, con desaliento. Tonta, eres tonta, se reprochó a sí misma. El abogado no la creía, y con razón. Nadie en sus cabales se embarca en un lío como el suyo. A quién se le ocurre viajar a un país extranjero con un delincuente, sí, Mario se había portado siempre bien con ella, pero era un delincuente, un delincuente probablemente muy peligroso aunque Lola no sabía exactamente cuántos crímenes podía haber cometido, sin saber siquiera cuál era el objetivo del viaje. La había cegado el dinero. Y ahora su propio abogado, el que le había enviado el vicecónsul Evora, desconfiaba de su historia pese a que todo lo que le había contado era absolutamente cierto. Desde su superficial amistad con Mario, primero en Bilbao y años más tarde en Carboneras, hasta la oferta que le había hecho de acompañarle a Cabo Verde donde él debía hacer un trabajo. Le había jurado que no sabía de qué trabajo se trataba, algo ilegal, con seguridad, por eso le había ofrecido tanto dinero y ella había hecho tan pocas preguntas. Había supuesto que quizás se tratara de pasar algo por la aduana, aunque luego Mario no le pidió que llevara nada en su equipaje. Le había explicado al abogado su apurada situación económica y sus razones para aceptar la propuesta de Mario. Él la había escuchado con paciencia y simpatía, pero sin poder disimular un punto de escepticismo en el fondo de su mirada. Era un hombre de unos cuarenta años, mulato de piel clara, serio, que hablaba un buen castellano y que le había aclarado que colaboraba habitualmente con el vicecónsul para solucionar los problemas de los turistas españoles. También le había contado lo que le había sucedido a Mario. Cómo había sido hallado muerto en una casa cercana al hotel, propiedad de un antiguo deportado vasco que también estaba muerto a su lado, con señales de haber mantenido ambos una pelea con fatal resultado. El vecino de al lado había alertado a la policía, había salido a su jardín y oído al otro lado del seto unos gritos que no le parecieron normales. En el hotel identificaron a Mario como uno de los huéspedes que acababa de abandonar su habitación y, según creían, había partido camino del aeropuerto para tomar con su esposa el avión de la noche hacia Lisboa.

-Está bien –suspiró el abogado-. Pero está usted en una situación difícil. La policía no le va a creer, no va a creer que no sabía nada de los propósitos de Mario. Y querrán echarle la culpa de todo a alguien.

-Ya lo sé -se lamentó ella-. Estoy bien jodida.

© MIGUEL IZU - Todos los derechos reservados

Escritor.

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