Una noche mas – Natalia Gómez

por | Dic 1, 2016 | Relatos | 0 Comentarios

Una noche más

Por Natalia Gómez

 

Una noche mas_imagenAquella noche era como otra cualquiera, con la salvedad de que era diferente. Como tantas otras noches se dirigía hacia casa, después de un largo día de trabajo.

Las luces que alumbraban la calle bailaban con ligeros destellos entre los copos que las densas nubes escupían. Se arrebujó levantando los cuellos de su abrigo, en busca de un calor que no conseguía reconfortarle.

Las estaciones se sucedían, los años se colaban uno detrás de otro y su vida parecía no tener ni principio ni fin. Aquella noche, igual a tantas y diferente a todas, sus decisiones no parecían tan claras.

El crimen descansaba, las calles estaban desiertas, hasta las prostitutas parecían tener mejores planes. Sintió el peso de su placa y su pistola. En momentos como aquel se convertían en la carga más dura que portar.

Algo llamó la atención a su espalda, pero no se giró, no lo necesitaba, conocía a la perfección la sensación. Eran sus sombras. Aquella noche reclamaban más atención de la habitual. Aceleró el paso sin ganas de llegar a ningún lado. Nadie le espera.

A su mente llegó una imagen, la última. La vio al pie de la escalera, con la maleta en la mano.

—¿De verdad es lo que quieres? —le había preguntado con los ojos rasgados.

Así lo había decidido. Ella le había dado la posibilidad de que todo hubiera sido diferente. De no tener que cargar con las sombras que día y noche lo atormentaban. De que el frío acero de su pistola no se clavase en su costado cada anochecer.

A lo lejos entre la nieve vislumbró unos faros que se perdían en la tormenta.

—¡Otro solitario! —se oyó decir.

Siguió su camino sin apenas notar que la humedad de la noche iba calando su abrigo. Arrastró su alma por las calles abandonadas al frío invierno.

Al abrir la puerta de su casa se paró y olió. Era su perfume. Después de tantos años se mantenía en el aire, o acaso era su imaginación que le volvía a jugar una mala pasada.

Tiró su abrigo al suelo, se deshizo del arnés que llevaba sobre sus hombros y dejó de sentir el frío metal en su costado. Fue hasta la mesa y se sirvió un vaso doble de whisky. Se dirigió hacia el espejo y levantó la copa.

-¡Feliz Navidad!

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