Una suegra indefensa – Blanca Álvarez

Una suegra indefensa –  Blanca Álvarez

EXTRAÑAS EN UN TREN


Un espacio abierto a la libertad de expresión y de creación para visibilizar el trabajo literario de las ESCRITORAS  del género negro


Admiro a esta mujer, hay que tener valor para trabajar a pie de guerra. Nadie mejor preparado que ella para moverse entre las trincheras del Noir.

Hoy se sube a Extrañas en un tren la asturiana Blanca Álvaréz.

Toi segura de que va gustavos esti relatu. Ah, y curiáu coles suegres.

Gracias, Blanca.

Una suegra indefensa – Blanca Álvarez

por | Feb 9, 2017

UNA SUEGRA INDEFENSA

Por BLANCA ÁLVAREZ

 

Foto: Ceyda Tasdelen

Cada salida a la calle era una prueba para los nervios de doña Eulalia. No soportaba ni a los niños, ni a los viejecitos paseando perros, ni a las amas de casa cotorreando por parejas como si fueran un cuerpo militar sin galones, ni a casi nadie. Odiaba especialmente a los motoristas .

– ¡Cuidado abuela!

Si la artrosis no la tuviera agarrotada y temblona, aquel jovenzuelo encuerado que casi la mata y luego la avisa, habría probado el bastón sobre sus amplias espaldas. Doña Eulalia despreciaba a los jóvenes, a los hombres en general y a uno de sus yernos en particular. Detestaba las novelas románticas, las mujeres femeninas y arpías con olor a vendedora de verduras perfumada con lo último de Paloma Picasso y a una de sus nueras con probada inquina. Le alteraban los nervios los animales caseros y los concursos de televisión. En realidad, estaba convencida de haber nacido con el sexo equivocado en el siglo menos apropiado. Hubiera sido una condesa húngara del siglo trece, por ejemplo, casi de manual: con el látigo fresco siempre por la sangre de sus siervos y un anillo de rubíes para recordar su gusto por el castigo. Cualquier cosa, excepto ciudadana de una democracia que fingía creer en la igualdad de todos los seres humanos sin valorar ni cuna ni modales mientras defendía un sistema legal casi paritario, como si la propia ciencia no hubiera demostrado, hasta la saciedad, que cada uno tenía su propio código genético. Y en su caso, era de un azul casi turquesa. Sobre todo, odiaba ser vieja.

– Si es que son unos salvajes, señora, y luego, pues claro, pasa lo que pasa -el policía intentaba ayudarla y congraciarse con la desgracia de su vejez tomando su brazo como un hijo pródigo que trata de ganarse el plato de lentejas- ¿Necesita ayuda?

La vieja hubiera pedido una metralleta para cargarse al género humano, pero volvió el rostro hacía el uniformado ofreciendo la mejor de sus sonrisas. Desde niña conocía el poder de una sonrisa en su hermosa boca para desarmar al más fiero orangután.

– No se moleste.

– No es molestia, señora, que estamos para cumplir un servicio público.

Al paleto aquel insuflado de gallardía a costa de un uniforme que le quedaba grande, le hubiera gustado cruzarle la cara con un guante de hierro y mandarlo a los establos. Se contuvo. Ya no estaban los tiempos para ciertos arranques.

– Deje, señor agente, que yo me hago cargo de la señora. Doña Eulalia, yo la acompaño a su casa.

¡Lo que faltaba! El tendero de la esquina debía tener complejo de Quijote o simples ganas de fastidiar, que eso de ayudar al personal era una forma sibilina de meter las narices donde no eran invitados. Siempre había un vecino dispuesto a dejar claro que las buenas gentes, esas que pagan los impuestos protestando y votan a quien mejor los engatusa, son quienes mantienen el orden en medio del caos.

– No hijo, gracias, no hace falta.

Si persistían en el incordio no llegaría a su casa ni para las Navidades. Si aquellos dos hubieran sospechado el asco que producía a sus pituitarias el olor a sobaco mal lavado, se hubiera apretado los brazos contra el cuerpo muertos de vergüenza, como niños descubiertos en el retrete del colegio en nefando vicio. Afortunadamente, seguía siendo “doña Eulalia”, y eso marcaba muchas diferencias; mucho más en tiempos de crisis aguda. Ya lo decía su madre, que era muy sabía: ni se te ocurra llegar a vieja sin fortuna, porque la diferencia entre ser una vieja asquerosa o una anciana encantadora, está en el color de la cuenta corriente. Y la suya tenía un saludable color de confortabilidad. No se imaginaba dependiendo de una miserable pensión, haciendo cola todos los primeros de mes frente a las ventanillas de un banco y mostrando una cartilla arrugada y llena de manchas de aceite en la cual ingresasen, democrática y miserablemente, una cantidad ridícula con la cual mantenerse a base de comida para perros. Callejeros, claro, porque las latas de cordón azul para chuchos con pedigrí estaban al alcance de traficantes bien situados. Antes se hubiera abierto las venas a mordiscos que andar por la vida penando como un miserable cristiano convencido.

Desde muy niña lo había tenido claro y no había corrido riesgos románticos que la pudieran convertir en “la Eulalia”. Lo suyo siempre fue ser “doña”. Fue su vocación como otros sueñan con ser conductores de tren o princesas de cuento. Hizo carrera y cátedra. Con el tiempo, todo iba quedando atrás: juventud, quereres, ardores uterinos, pasiones…, pero el dinero permanecía y era el único olor que no molestaba jamás a la pituitaria de tus deudos. El mejor perfume era un buen fajo de billetes, un talón con fondos o una tarjeta de platino.

Doña Eulalia había controlado las riendas de su vida con decisión de hierro desde el día, remoto hasta para celebrarlo con una copa de cava, en que despidió al pretendiente, guapo, pobre, socialista y con ínfulas de poeta, sin miramientos y con un discurso breve y contundente que para sí hubiera querido el aprendiz de socialista:

       Mira, Alfredo, lo nuestro no tiene sentido ni patrimonio. No me imagino yo remendando calcetines, limpiando culitos de mocosos y cocinando patatas para la cena mientras tú tratas de cambiar un mundo que a mi me sienta de maravilla tal como está. El matrimonio no es cosa de poemas, así que mejor ni te molestes en saludarme.

Alfredo sintió que le rebanaban el cuello de su alma cándida sin mancha de sangre. Aún rondó la casa unos meses, mientras se iba poniendo pálido como un tísico desahuciado. Después, encontró a una modistilla dispuesta para acompañarlo en el duro camino de la revolución de los parias y pasó al estado de casado y proletario insolvente con funeral de caridad y viuda harta de penuria. A veces, pensaba que había mujeres con vocación de víctimas, que hacían de su vida un desierto espinoso guiadas por el faro de un mal poema leído a tiempo y una mentira contada en penumbra. También las había dispuestas a renunciar a sus armas para pedir prestadas las de los varones, con lo cual quedaban, según propias palabras: en bragas y sin fusil. La virtud, para ella, estaba siempre en el centro de la sensatez.

Desde hacía años, prefería la soledad a la compañía de las buenas gentes que miraban su frágil cuerpo octogenario y sus estupendos recursos financieros con un colmillo caritativo y otro depredador. Ella sonreía a dos bandas y los dejaba sin mordisco. Tras la muerte de su criada de toda la vida, aquella Concha de mirada vacuna y cerebro del mismo animal, que la sirvió con un celo más propio de esclavo que de asalariada, vivía como un águila en su refugio. Limitaba sus necesidades a servicios por horas y solía encargar la comida al restaurante más caro de la provinciana ciudad.

– ¡Pero mamita, eso es un despilfarro!

Solía decir su nuera más odiada, aquella Keka que alborotó la entrepierna de su segundo hijo como si no hubiera meretrices más baratas para la calentura.

– Es posible, querida, pero con mi dinero hago lo que da la real gana.

Asunto zanjado. Keka se mordía la lengua, con gran riesgo para su salud, pues podía morir envenenada en la rabieta, y doña Eulalia le dejaba claro a la recién llegada que jamás alcanzaría, ni con clases particulares, a tener el señorío de su estirpe.

Con todo, el mayor incordio a su bendita soledad dorada, lo representaba el cura y toda su corte de señoras cincuentonas armadas de mala voluntad caritativa y dispuestas a descargar sus neurosis sobre cualquier viejecito que se dejara. Doña Eulalia siempre creyó en los servicios pagados en metálico y no aquellos que habían de ser devueltos en gratitud o cosas peores. Con todo, no le quedaba más remedio que soportar las visitas de don Zacarias y alguna de sus acólitas, que parecían gallinas cluecas bajo la invisible sotana del ordenado con votos de castidad. Las imaginaba en cama solitaria, con cierto olor a lejía, de esposas insatisfechas. No es que le agradaran las sotanas, que una había hecho perder la cabeza y la honra a su hermana pequeña en tiempos ya olvidados, y siempre le parecieron sátiros educados para no delatar sus auténticas intenciones, pero le resultaba cómodo y socialmente aceptable su supuesta amistad con la Iglesia. Conocía las intenciones de tan alta institución para heredar, al menos parte, de su generoso patrimonio, y ella daba largas y hablaba de la seguridad en la vejez como garantía de paz espiritual.

– Pero, mi querida doña Eulalia, la paz del espíritu comienza con la renuncia al mundo.

Decía aquel zopenco de don Zacarias mientras se atiborraba con los deliciosos dulces que no se habían fabricado para tan basto paladar y eran un recordatorio a su pasado de seminarista pobre pero tan dispuesto como ella a no dejarse embaucar por falsos cantos de sirena sobre el hábito de la pobreza. La vieja lo miraba agazapada tras una sonrisa perfectamente ensayada, mientras le deseaba una indigestión como mal menor. No lo conseguirían.

También le daba la murga con cierta periodicidad una jovencita regordeta y con las uñas mordidas que hacía ronda de visitas y se dejaba pasar por su casa como si le hiciera un favor. Era la Asistente Social de su zona y ella fingía no escuchar el timbre cuando la olfateaba al otro lado de la puerta, pero la muy pillastrona, aprendió los horarios de la señora y en múltiples ocasiones la cazaba al regreso de su paseo.

– ¿Haciendo ejercicio, doña Eulalia?

– Se hace lo que se puede, hija, que a cierta edad…

Mejor lo hacías tú, foca salida, que no encuentras un tío que te consuele ni debajo de las alcantarillas. Pensaba por lo bajines con un encono que debiera haber servido a mejor causa. Los gordos ofendían su delicado olfato con ese rastro de sebo que desprendían sus poros y la volvían agresiva como un obispo olfateando la gula o la pereza. Los gordos eran un pecado.

– La llevo a su casa.

Y no se libraba del brazo de la Asistenta Social ni con súplicas. A veces, la miraba por el rabillo del ojo, con aquella sombra de bigote negro que presagiaba un mostacho antes de la menopausia, con su mirada apagada, su frente estrecha y aquel espantoso corte de pelo y se preguntaba si sería tan amable con las ancianas que sobrevivían a base de pura pensión de viudedad estatal. Seguro que ni parecido. ¿Creería aquella gordita con futuro de solterona amargada que se acordaría de ella en el testamento?

– ¡Qué casa tiene, doña Eulalia!

Repetía indefectiblemente la funcionaria que parecía ejercer su profesión en una crisis de místico arrebato y no le quedaba una neurona disponible para otra frase.

– ¿No le parece demasiado grande para usted sola? -preguntaba a continuación como si pretendiese instalarse en un ala de la misma y contribuir a cierto reparto de bienes revolucionario.

– Siempre es preferible que sobre. Con la edad ya van faltando demasiadas cosas.

Entonces, a la doña le salía su vena sádica sin poder remediarlo: invitaba a café a la indefensa profesional y la obligaba a tomarlo en las delicadas tazas de porcelana china diseñadas para manos largas y delicadas. La pobre Asistente Social, sudaba mirando con pavor aquellas tacitas, sabiendo que sólo el valor de una suponía su sueldo anual, y temiendo que sus manos torpes, de campesina reciclada en media generación, la rompiesen con un simple gesto.

Verla temblar y atragantarse con el café era una diversión que se permitía de tarde en tarde doña Eulalia, convencida como estaba de que el genero humano era más bien tonto y servía para divertir a las mentes privilegiadas. Ella, doña Eulalia, había nacido en el lado bueno de la vida y le sacaba todo el partido que podía.

Si alguna vez alguno de los muchos que pisoteó en su larga vida, esperaron ver devuelto el pisotón por cierta justicia humana o divina, se equivocaron. Su vida fue, desde que dio el primer berrido, un jardín, y de las escasas espinas o pulgones indeseables se deshizo sin piedad y sin pestañear. Como lo haría con alguno de los miembros arribados a su familia por la pura estupidez de alguno de sus vástagos. Era capaz de mentir con el rostro angelical, y resultaba mejor estratega que un general napoleónico. Lo aprovechaba todo a su favor, incluso los achaques de la odiada vejez. Escuchaba lo que le parecía oportuno y se fingía sorda total cuando le resultaba conveniente. Ventajas de la edad, que pocas más ofrecía. Le gustaba la soledad. Viuda desde los cuarenta recién cumplidos y sin ganas de buscarse otro dueño que pusiera freno a sus caprichos a cambio de no aportar más de lo que había aportado el primero, pasó los últimos años de crianza de sus hijos deseando verlos independientes y sin necesidad de molestarla. El bueno de Antonio, al que había tenido que declararse ella misma fingiendo una pérdida de pudor con tres copas de anís, había cumplido como marido, como proveedor y como adorno social: un notario de abolengo, hijo único y con el riñón forrado para varias generaciones, sin demasiado apetito sexual y fiel como un perro capado. En realidad, el bueno de Antonio era un ser indolente, perezoso y con el alma flácida de un ángel sin fuerzas ni para descarriarse. Su mayor virtud fue su heredado patrimonio y la seguridad de una profesión que no tenía ni bandos ni opciones políticas.

Cinco hijos le quedaron como recuerdo de un matrimonio conveniente. Dos de los varones eran tan sensatos y aburridos como el padre, Antonio, el primogénito, era casi un calco y Carlos, el cuarto del total, un permanente imitador del hermano mayor. No desmerecían ni en cuerpo reblandecido por la molicie inherente a sus almas. Jamás le causaron ningún problema. Eligieron esposas adecuadas, educadas lo justo para quedar bien en el palco la temporada de ópera y con aprobado en el lustre familiar. Ni la incordiaban ni la miraban como un obstáculo en sus seguras vidas. El segundo, Jacinto de sus desvelos, había salido con vocación perdularia pero sin la inteligencia suficiente como para utilizarla en su beneficio: encontró a Keka en el camino de sus abrasados instintos, lo dejó caliente y con ganas de consumar y se hipotecó la vida para los restos. Al menos mientras ella no pudiera impedirlo. A Keka le reservaba el odio más visceral y enconado.

Niñas fueron dos. La mayor, Eulalia para mantener la tradición y tercera en el número de nacimiento, sensata y con escasas luces pero bien repartidas. Aprendió de su madre el lado práctico de la vida, buscó un marido apropiado y, con el tiempo y la aparición de las primeras necesidades, cubrió estas y otras, con vacaciones al Caribe en compañía de otras legales tan astutas como ella. La vieja bendecía estas excursiones y lamentaba que no fueran posibles en sus tiempos. Su hija había aprendido un poco de todo sin profundizar en nada, lo justo e ideal para el mundo en que deseaba vivir: tuvo las suficientes lecciones de piano como para tocar un sonata fácil en la cena de Navidad y quedar como una damisela; montaba a caballo con bastante soltura pero sin ánimos competitivos; en el resto de las artes era una diletante siempre en los inicios del conocimiento. Ni diseñándola le hubiera salido mejor a doña Eulalia. La pequeña, Clementina, era el dolor de cabeza de su madre: una real hembra con demasiada inteligencia, según el materno parecer y las consecuencias habidas, que, víctima de algún heredado gen aventurero, cayó en las redes de un arribista que era el otro flanco a solucionar por doña Eulalia antes de morirse tranquila. Con todo, Clementina era la niña de sus ojos, la favorita. Entre todos, le habían regalado la vejez con siete nietos. Por suerte, ninguno era hijo de Clementina: hubiera dificultado sus planes. Doña Eulalia siempre tenía planes pendientes. Los nietos los recibía con cuentagotas y aprovechaba las inevitables fiestas familiares para ejercer un discreto papel con los mismos. Nunca le habían gustado los niños, argumento definitivo para romper con el poeta socialista fue imaginarse el tener que atender a esas criaturas berreantes en persona y sin ayuda: se habría convertido en un Herodes. En el fondo, ella siempre defendió su salud mental.

Aquel día era uno de los escasos dedicados por la vieja a dar cumplimiento familiar. Reservaba el día de su onomástica para recibirlos a todos en su casa. Era una cena formal y con breve sobremesa dado el descanso debido a la edad. Todos conocían el día, el mes y hasta la hora de la celebración, pero ignoraban cuántos años cumplía la gran matriarca del clan. Sabía guardar bien sus secretos. Doña Eulalia se colocó el collar de perlas que debía haber formado parte del tesoro de un corsario y se dispuso a soportar a su familia. Era de bien nacidos mantener las formas. La cena la servirían desde el restaurante de todos los días con servicio incluido. Y llegaron los deudos.

– ¡Mamí, que envidia de casa. De las que no quedan!

Soltó la pérfida Keka que no podía evitar el babeo cada vez que la dejaban entrar en aquel santuario de lujo. Keka llevaba toda su vida tras el piso de la suegra y no solía quedarse en puertas de sus caprichos. La obsesión resultaba comprensible para quien había nacido en un barrio de la periferia, sin asfaltar y donde las ratas hacían carreras nocturnas. Salió de la barriada y de su clase gracias a sus buenas piernas, sus contundentes pechos y la gracia con que supo dar un poco de nada al tontaina de Jacinto hasta que pasó por la vicaria. Hubiera pasado hasta por el infierno con tal de tenerla toda entera.

¡La casa! Aquel era el caballo de Troya para todos! Situada en el centro mismo de la provinciana ciudad, donde ya resultaba imposible conseguir un centímetro cuadrado ni a precio de oro, con todo el glamour de los viejos tiempos de gloria y tantos metros cuadrados que podría encerrar, sin apretujones, las de los cinco hijos. La fachada era un monumento de los años veinte, con enormes ventanales orientados al mejor parque de la ciudad y estilizadas cariátides; los materiales del interior un lujo asiático que no se fabricaba. Guardaba incluso detalles tan valiosos para cualquier coleccionista como uno de los baños conservado en estado original centrado en una bañera de bronce, con baldosines firmados por el gran Gaudí y un espejo veneciano del cuatroccentto. Claro que tampoco se privaba la doña de modernidades, como la de instalar un baño al estilo sueco, con bañera de hidromasaje, sauna y aromatizadores incorporados que renovaban el aire sin ruido.

Por sí sola, la casa era una fortuna que se revalorizaba cada día. Además estaba la colección de pintura que no se limitaba al gusto del siglo XIX y, en ecléctica muestra de buen gusto y mejores recursos, mezclaba desde un Miró a un atribuido Miguel Ángel. Y los muebles, y las vajillas y la cubertería de plata labrada, y la cristalería de bohemia, o el servicio de café chino con que solía torturar la vieja a la gorda Asistente Social… Era la casa por la que Keka hubiera dado parte de su vida y asesinado a la suegra. Los hijos no se atrevían ni a mencionarla y las otras dos nueras no provenían de una situación tan desesperada como la de Keka para romperse las uñas o perder la compostura peleando por ella. Lo difícil era no haber tenido nada y rozar la posibilidad de tenerlo todo. Mayoritariamente suponían que formaría parte de la herencia colectiva, que la venderían y se repartirían, tranquilamente, los millones correspondientes. Mayoría que se rompía por dos frentes: el de Keka, que la quería en exclusiva, y el de doña Eulalia, que pensaba en otra dueña para su reino. La nuera tenía dura la lucha, porque la señora gozaba de una pésima salud de hierro: una casi fingida sordera, unas leves cataratas que se negaba a intervenir y una artrosis que mantenía a raya con tres masajes a la semana y varios meses en balnearios suizos. Ahora, todos querían que operase, al menos, el ojo izquierdo.

– A mis años no tengo mucho que ver. Sería un gasto inútil, hijos. Por cierto, estos espárragos no son de la mejor calidad, tendré que hablar con el restaurante.

– Mamá, por Dios, cómo se atreve a mencionar los gastos. ¡Usted no tiene precio!

Porque yo misma me fijo el precio, hijo, que si no verías lo devaluada que está la vejez. Pensaba la señora cogiendo los espárragos con la punta de sus estilizados, pese a la artrosis, y blancos dedos. Antonio, el primogénito, el que tanto valoraba su salud, era demasiado bueno y demasiado tonto incluso para tener segundas intenciones en la petición.

– Eres como una de tus nietas -insitió el primogénito.

– Está bien, déjame pensarlo.

– Cuanto antes, mamá.

Dijo Keka poniendo los pelos de la anciana tiesos como escarpias porque en ella si que había triples intenciones. Capaz la veía de comprar al anestesista para que la dejara frita como un pajarito en el quirófano. Aquella zorrita que aún olía a barrio y vino barato, no cejaría en el empeño de librarse de la suegra. Doña Eulalia temía que llegara el tiempo en que sus facultades la abandonaran para que aquella bruja de largas uñas tomara las riendas de la situación.

Aquella mima noche decidió que era llegado el momento de librarse de Keka. Las Navidades estaban a la vuelta de la esquina y ofrecían la mejor oportunidad para un plan que llevaba tiempo rondándole las bien peinadas canas.

Y llegaron las Navidades.

Doña Eulalia las odiaba como al aceite de ricino y la muerte de las clases sociales. Pero las cumplía. Con lujo y todos los atributos de la tradición. Opinaba que, de lo que hay, es mejor sacar provecho que hacerse mala sangre, y si era respetable, pues miel sobre caramelo. Aquellas serían las últimas Navidades en que soportase la presencia de Keka y la de Guillermito, el marido impostor de Clementina, que ni siquiera en la cama era capaz de hacerla feliz y andaba con arrugas prematuras en el entrecejo a causa de tanta impotencia disfrazada de morbo. Guillermito seguiría los pasos de Keka en el exilio, pero era necesario no librarse de él antes para no alertar a la brujita barriobajera.Todo estaba perfecto, cuidado hasta el último detalle, sin escatimar vajilla aún a riesgo de alguna pérdida por nervios infantiles o sofocos de nuera inquieta. La ocasión se lo merecía. La cena fue de exquisiteces varias y teniendo en cuenta hasta los groseros gustos de Keka, que valoraba más un langostino que paté de foi importado directamente de Cahors, la misma que sentía asco mal disimulado por el caviar iraní. Según su suegra porque le recordaba las cagarrutias de mosca de su infancia. Se cumplió a modo con todo el ceremonial. Los niños, felices con la profusión de regalos recibidos por la abuela y desperdigados por las camas de la casa familiar, un día es un día, dejadlos, pobrecitos, que tal vez no tengan abuela para mucho. Dijo la doña, dejando caer la primera píldora de su plan. La única que la miró alarmada fue Clementina, porque los amores suelen ser recíprocos y la chica, pasada la etapa revolucionaria y feminista, había vuelto al secreto amor materno como vuelven las chicas descarriadas al decente hogar.

Clementina buscó un momento para acercarse a su madre, con el sigilo de un abanico cuyo código sólo conocen los amantes. Una mirada, un destello por entre las cataratas. Un suspiro.

– Mamá, lo tuyo debió ser el teatro.

– ¿Y qué otra cosa es la vida, niña?

La niña miró al desastre de marido y se arrepintió de haber sido una actriz excelente en la cama para que el ego de aquel mastuerzo no acabase con sus últimas fuerzas.

– Si, hija sí, un desperdicio -dijo la madre siguiendo la mirada de asco de la hija.

Hubo regalos para todos y no simples detalles para cumplir con el buen gusto, que a la doña nunca le pareció fino hacer regalos útiles. Mantenía el principio del regalo inútil, cuidado en el gusto y escaso en la ostentación del precio para no confundirlo con los regalos que sirven para pagar los servicios de una cupletista de tercera fila. Ni a su vieja Concha le había regalado cosas prácticas. Las máquinas de coser se las daba mi abuelo a sus concubinas abandonadas para que llevaran una vida honrada tras haberlas él deshonrado. Aquella vez rompió las normas y despilfarró en los regalos: las mujeres recibieron joyas de firma francesa y los varones un buen fajo de acciones recién adquiridas para el evento. Tenía que parecer diferente. Sentados, felices y tranquilos, casi todos porque Keka tenía subida la inquina de sus ansias por ser la dueña de aquel santuario y la cena, los regalos y la generosidad de su suegra fueron un virus añadido a su enfermedad, se dispusieron a escuchar lo que parecía un discurso especial de la gran matrona que se sirvió, en copa diminuta, medio dedo de Parfait Amour. Se levantó el telón y las luces iluminaron el rostro falsamente bondadoso.

– Brindo con vosotros con la que, probablemente, será mi última copa…

– Mamá, que tú jamás te has puesto en semejante trance -protestaba Antonio asumiendo la voz colectiva que le correspondía por primogenitura.

– No hijo, si no pienso morirme esta noche. Digo que será la última por pura prescripción facultativa.

– Muy buena idea, mami.

Con sólo escuchar su voz en falsete de la nuera, doña Eulalia estuvo a punto de cargarse la copa como si fuera el delicado cuello de un jilguero. Aquella zorrita no tendría clase ni aunque la empapelaran con todas las maravillas de la cultura. No llegaría ni a paleta ilustrada. ¡La mataría!

– Veréis -intentó ignorar el último comentario y casi se atraganta con su propio veneno-, tengo algo que deciros y espero -los miró como un torero al ruedo- que lo toméis con la tranquilidad propia de personas adultas, los niños están acostados, sin melodramas de culebrón y sin lágrimas, por favor…

– ¡Mamá, no nos asustes! -exclamó Jacinto levantándose como si le hubieran puesto una pulga en el asiento.

– Jacinto, hijo, he pedido sensatez.

Y paciencia para sus nervios reclamaba sin palabras. ¡Qué cruz de hijos tontos! ¿Cómo era posible que hubieran nacido de sus entrañas y criados a sus faldas sin haberse enterado de casi nada? Estaba necesitando más dosis de flema de las previstas y eso podía poner en serio peligro sus planes. Aquel hijo había sido mejor cuando ejercía de perdulario que ahora, casado con aquella imbécil y contagiado de su vulgaridad. Ya decía su madre que los hombres acaban siendo hijos del coño con que pernoctan.

– Sea lo que sea, no será un fenómeno paranormal -dijo Clementina que acudió en auxilio de la madre en un guión que desconocía pero del cual estaba cada vez más segura.

– No, Clementina, es de lo más normal.

Y casi se levanta a besarla emocionarla. ¡Aquella si era la digna heredera de su estirpe! por eso Keka la odiaba y la miraba como única rival de mérito en su carrera. Con eso contaba la anciana de edad desconocida para sus planes. La nuera conocía la debilidad materna y si estaba a punto de irse al otro mundo podía afianzarla con el regalo extra de la casa. El resto de los hijos vivía en otro lugar del argumento. La tragedia de los grandes reyes o los conquistadores de imperios debió ser mirar al hijo que los sucedería y no descubrir en él ni uno solo de sus valores y virtudes. Eso no eran hijos, sino errores de la naturaleza empeñada en castigar a quien pretendía domeñarla. Por eso doña Eulalia justificaba el asesinato.

Aquella hija era su consuelo. Habría puesto ya la casa a su nombre si no hubiera cometido una imparable cadena de errores que la llevaron a malcasar con aquel recién llegado, de oscuro origen y carguito en el partido con poder. Era mucho peor que el socialista con ínfulas de poeta de su juventud. Al menos aquel había sido auténtico hasta en la desgracia y este arribista parecía una garrapata con cara de ángel maldito que utilizaba todos los trucos para engordar a costa de la estupidez humana. Nunca se habían caído bien. A la doña le produjo retortijones la primera vez que le echó el ojo encima y él tuvo la certeza de que jamás lograría embaucarla. Llevaban desde entonces enzarzados en una guerra silenciosa, en la cual, Clementina era el baluarte y el rehén. Por suerte, Clementina no había tenido hijos.

– Me temo -continuó con voz suave la dignísima anciana- que mi corazón no está para muchos avatares -hizo pausa con mirada al ruedo- El médico ha asegurado que no celebraré otras Navidades con la familia -alzó la mano para evitar las quejas de sus hijos y tropezó con la mirada de pantera en celo de Keka- Tengo años suficientes, tampoco es que sea una desgracia. Un susto, un ligero susto, puede mandarme al otro mundo en cualquier momento. Quiero que estéis preparados.

– Pero, mamá, ¡tú no puedes estar sola! -gritó Keka poniéndose en píe y llevándose las uñas pintadas hasta las cuentas de un carísimo collar.

Su suegra pensó que no le cabía un gramo más de vulgaridad en aquel cuerpo de loba que había hecho perder el poco sentido común de su hijo Jacinto. Doña Eulalia no movió ni un músculo. Esta vez lo soportaría todo en aras de un plan bien trazado en el cual no podía fallar ni un pequeño elemento. Se sintió vagamente culpable al ver un resto de remordimiento culpable en el rostro de sus hijos, pero ellos se habían ganado a pulso el susto. Por suerte, Clementina intuyó la trampa materna.

– No voy a estar sola, hijos.

Esa era la peor parte del plan: renunciar a su altiva vida de águila. Pese a las cataratas, no se le escapó el brillo en la pupila de la nuera.

– Estaré perfectamente atendida por profesionales.

– ¿Irás a una clínica, mamá? -preguntó Carlos mirando al hermano mayor para ver si cumplía bien con su papel.

– Eso sólo cuando resulte imprescindible. No tengo pensado irme a una residencia de lujo para la tercera edad. Yo ya estoy en la cuarta edad. Para eso tengo un hogar…

– Y unos hijos, mamá. No lo olvides -concluyó Antonio al que sólo faltaba un chaleco con bolsillos para ser el calco de su padre.

– Puedes quedarte en casa de cualquiera de tus hijos -dijo Jacinto sin atreverse a mirar a la loba legal con quien tenía el disgusto de compartirla.

– O nos turnamos para venir a verte -concluyó Keka.

¡Ni lo sueñes! Pensó doña Eulalia.

– Mamá, yo soy la única que no tiene hijos, así que puedo estar todo el tiempo que quieras contigo.

Keka miró a Clementina como si tuviera dagas en lugar de ojos. Aquella podía ser la mejor oportunidad para hacerse con la casa y no estaba dispuesta a dejarla pasar. Era imprescindible controlar los movimientos de la vieja para asegurar que no hiciera nada para perjudicarlos en la herencia. Sobre todo para salvar la casa.

– Lo primero es lo primero. Todos podemos compatibilizar nuestro papel de madres y nuestro papel de hijas- concluyó como parte de su pensamiento la odiada nuera.

– He contratado a dos enfermeras.

Ni una espada hubiera cortado más eficazmente el cargado aire del salón. Todos guardaron silencio como si doña Eulalia estuviera ya de cuerpo presente. Contratar a alguien que compartiera la casa era la mejor prueba de que su salud no estaba para bromas.

– Lo que haga falta, mamá -suspiró Eulalia.

– No seré yo quien estropee los planes y la vida de mis hijos.

– ¡Mamá! -casi gritó Antonio como un grito de guerra infantil.

Aún le costó bastante convencer a toda reunión familiar de que mantendría sus costumbres y que no estaba dispuesta a que su casa y su vida fueran invadidas por sus hijos. Una enfermera haría el turno de mañana y a las diez de la noche vendría otra que pasaría la noche en la casa por si algo le sucedía. Con eso sería suficiente.

– En principio, vale. Pero, si las cosas empeoran, mamá, tendremos que tomar cartas en el asunto.

Doña Eulalia pensó que su hijo Antonio donde necesitaba meter cartas y sauna era en su cuerpo que se estaba convirtiendo en el de una babosa blanda y prematuramente inservible. Sonrió porque la primera parte del plan salió a su medida y no entró en naderías. Se limitó a dejar que sus hijos descargaran adrenalina mientras ella ponía cara de ángel a punto de reunirse con sus congéneres en un cielo para damas ricas. Hubo de acostumbrarse, las primeras semanas, a un considerable aumento en las llamadas de sus hijos que parecían querer controlar su ritmo cardíaco a través del hilo telefónico. Nada podía salir mal porque doña Eulalia había previsto todos los posibles cables sueltos por donde podrían descubrirla. Primero había convencido a su médico de toda la vida para que respaldara su coartada a base de una falsa confidencia con visos y parte de verdad, que es la mejor manera de contar una mentira: aquello era, según le dijo en un falso arrebato de confidencialidad, para convencer a su hija Clementina de la necesidad de un divorcio bien arreglado.

– Estoy de acuerdo con usted, doña Eulalia. Su hija se merece mejor suerte y si esta mentira piadosa sirve para devolverla al buen camino, cuenta con mi apoyo. Y con mi complicidad.

Dijo esto último guiñando un ojo, feliz de formar parte de la confianza de aquella señora que jamás dejaba atravesar un paso en el umbral de su vida. Afirmaría a los hijos la gravedad del padecimiento y aconsejaría paciencia y tranquilidad.

– Sobre todo, insista en la tranquilidad. Ya sabe para que mi hija Clementina decida hacerme feliz.

– Le aseguro que acabarán tan convencidos que no se atreverán a estornudar en su presencia sin aviso previo para que su corazón no se alarme.

Fue en esa tranquilidad en la que basó Keka su plan, sin darse cuenta de que seguía las reglas de un juego diseñado por su inteligente suegra. Si la vieja bruja podía morirse con un estornudo, cualquier gesto bien intencionado podía servir para sus intenciones de cargársela. Por fin se haría justicia y la hija del albañil borracho acabaría reinando en lo mejorcito de la provinciana ciudad.

La cosa marchó aburrida y bien hasta finales de febrero. Mañanas tranquilas y cortos paseos acompañada por la enfermera de las mañanas y noches en silenciosa compañía. La enfermera nocturna creyó haber encontrado el chollo laboral de su vida: se limitaba a llegar a las diez, saludar a la dulce anciana ya acostada, darle el jarabe prescrito por el médico y que era inofensivo como agua, e irse a dormitar al cuanto contiguo. Ni una sola noche reclamaron sus servicios. Keka creyó llegado el momento de cargarse a la suegra y acabó su buena suerte. La nuera había esperado, casi desesperado, durante unas semanas que le parecieron prudentes. Hizo lo que todos: las llamadas diarias, las consultas tomando café con las cuñadas, la tristeza en la peluquería por la pérdida inminente de la querida “mamá”. Hasta fue amable con Jacinto, el hilo conductor de sus planes y le dio alguna noche de sexo desesperado que casi le producen a él los negativos efectos previstos para su madre. Cuando creyó que se había asegurado bien el camino y que la doña estaba para un susto, decidió hacerle un favor a la humanidad y adelantar la llegada de la parca. Preparó un casero caldo de gallina, dejó bien claro a Jacinto que amaba a su suegra y se preocupaba por ella más que ninguno de los hijos, tanto que hasta cocinaba personalmente para ella.

– Un caldo calentito, será bueno para su salud, ¡pobrecita, mira que estar en manos de unas extrañas!

Nadie creía en su buena voluntad, pero tampoco daba motivos para ser refutada.

– ¿No la llamas antes?

¿Sería posible que aquel marido imbécil y pusilánime tuviera una idea como aquella? A Keka le faltó poco para darse la vuelta y partirle la boca.

– No, mi amor, los actos de cariño no se anuncian.

Faltaba diez minutos para las nueve de la noche. Doña Eulalia solía acostarse antes de las nueve y dedicar una hora larga al vicio de la lectura. Empezaba a creer que la nuera no tenía ovarios suficientes para seguir sus sibilinas indicaciones, un sobresalto, especialmente durante la noche, y os libráis de mi. Había repetido como un estribillo para que la bruja tomase debida cuenta. Tardaba demasiado. Un ligero ruido en la puerta. ¡Al fin! Suspiró la doña abriendo el cajón de su mesita de noche y tomando entre sus manos aquella pistola de precisión comprada para el plan y con el pertinente permiso sonsacado al Comisario a fuerza de recursos casi infantiles.

– ¡Que las armas las carga el diablo, doña Eulalia!

– Y prefiere saberme vieja e indefensa, ¿verdad? Por cierto, de esto, ni una palabra a mis hijos.

Fue una orden para el funcionario, a quien ni los años de democracia le habían hecho perder el hábito de sumisión a los poderes reales de la provinciana ciudad. Y doña Eulalia era el más real de todos los poderes. Allí estaba el arma para defender su indefensión. Allí estaba la odiada nuera con el recipiente aún caliente y lleno de caldo de gallina. Allí estaba el final de su perfecto plan.

– ¡Mami!

No le dio tiempo ni a ver el brillo de la pistola. Tres disparos que fueron casi de manual la dejaron tendida sobre la gruesa alfombra, con el caldo bañando sus tetas como bueyes y la mirada perdida en el último instante de lucidez que no le sirvió para nada.

– ¡Creí que eran ladrones!

Lo gemía con tal convicción que hasta Clementina llegó a dudar de que todo aquello formara parte de un plan tan perfecto que ni el mejor detective del mundo podría deshacer su trama.

– ¡Pobre mamá, menudo susto!

Y la asesina de crimen perfecto pasó a ser víctima propiciatoria en un vodevil privado. Sólo un resto de culpa la llevó a favorecer en el testamento a los tres retoños de aquella bruja escasa de luces para jugar una partida con su suegra. Doña Eulalia ratificó su teoría de las clases sociales y la primacía de la elite. La casa pasó a nombre de Clementina, no sin antes asegurar un divorcio sin demasiadas ventajas para Guillermito.

– Creí que eran ladrones, hija.

– Claro, mamá. No fue una buena idea, esa de venir con un consomé de gallina…

Y se le escapó una risa, primero corta, después coreada por la madre. ¡Al fin libres! Keka no estaba preparada para entrar en la familia.

– A su hija le he legado el collar, ¿te parece buena idea?

– Estupendo mamá.

No se puede ser roñoso en la felicidad y hasta las emperatrices cubren las apariencias y restituyen a los deudos por la pérdida.¿Una copa, mamá?

– Hay una botella de cava en el congelador.

– Tú siempre en todos los detalles.

Blanca Álvarez estudió bachillerato en el Instituto Padre Feijoo de Gijón, y posteriormente Derecho y Filología Románica en la Universidad de Oviedo. Trabaja como periodista compaginando su trabajo con la literatura y con la docencia. Fue corresponsal en la guerra de Sarajevo y cronista deportiva en el periódico As.

Su obra abarca el ensayo, la poesía, la novela policíaca y sobre todo la literatura infantil. Entre los premios recibidos, destaca el Cálamo de poesía erótica, y el Ala Delta de Literatura infantil.

© Blanca Alvarez - Todos los derechos reservados

Periodista y Escritora

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