Vecinos – Relato

por | Nov 15, 2016 | Contreras_Miguel Ángel, Podcast, Relatos | 0 Comentarios

EdificioMe gustan los vecinos, siempre me han gustado porque es un grupo heterogéneo de seres humanos que, con las herramientas adecuadas en manos de la persona idónea, garantizan un sinfín de experiencias gozosas. Y digo esto, porque desde que tengo memoria he sido feliz compartiendo mi vida con los vecinos, aunque no con la plenitud de ahora.

Al principio fueron los vecinos de mis padres, y estoy seguro de lo que digo, porque siempre escuchaba decir a la gente que si los vecinos de mis padres eran de una manera, que si los vecinos eran de otra; que si tal norma era por el bien de la comunidad o que si tal otra directriz nos había librado de más de un alborotador.

Pero un día todo cambió cuando tras un terrible accidente, mis progenitores murieron y yo me quedé solo en este mundo. La verdad es que aquel momento me dolió mucho, afortunadamente mis papás no sufrieron nada; dicen que fue una muerte dulce porque el brasero se apagó y el gas se los llevó a un lugar mejor en el que, sin lugar a dudas, estarán compartiendo su tiempo con nuevos vecinos.

Bueno, pues a pesar de toda mi tristeza, la vida debía continuar y siguiendo el espíritu familiar me puse manos a ello. Desde aquel momento tuve claro que debía ser el digno heredero de los vecinos de mis padres que (como ya indiqué) porque me gusta explicar las cosas ¿sabe usted?, ellos pasaron a ser mis vecinos. Sí, así es. Desde entonces tuve vecinos que aceptaron con una amplia sonrisa algunos cambios que introduje en el reglamento de la comunidad; como el apartado que incidía en la necesidad de no molestar al prójimo con dudas o súplicas.

Por ejemplo, recuerdo a don Fausto, del 2°C, un anciano muy tierno que me regalaba saludos pero que un día desapareció, así, sin más (afortunadamente lo hallaron envuelto en una manta, aunque para mi desgracia estaba muerto. Corrió el rumor de que padecía alguna enfermedad mental ¡Idiotas!). Pueden (deben) imaginarse lo triste que me quedé, porque apenas había podido disfrutar de mi primer vecino; sabía que aún necesitaba más práctica hasta alcanzar (o al menos acercarme) al nivel de excelencia de mis padres.

Susi vivía en el 3°A y cada mañana su melodiosa voz inundaba todos los rincones del edificio; era una vecina de pelo rubio, ojos azules y un contoneo que cortaba la respiración. Yo me fijo en esos detalles desde mi tierna infancia, y si mi madre estuviera entre nosotros le aseguro que ella diría: “Mi niño es un cachito de pan, un angelito que lo observa todo con esos ojitos de almendra”.

Cuando oía a los mayores hablar de que el paso del tiempo era cruel, siempre imaginaba que se referían a lo poco que dura un helado; los de chocolate me vuelven loco… Sí que es jodido (lo del helado, me refiero).

Habían pasado varios años desde aquel que estaba marcado como el último con vida de mis queridos padres y mi dominio de la situación era más que aceptable: Nadie en la comunidad dudaba de que ahora ellos eran mis vecinos… Le pido disculpas por este lapsus, pero de repente me acuerdo de un tal Pedro, hombre recio y temeroso de nuestro Señor, que nunca fue santo de devoción de mi padre y de quien nadie sabe nada desde hace mucho tiempo. No somos nada.

Un día, Susi bajaba las escaleras canturreando una alegre melodía vestida con un traje de motivos florales, tejido vaporoso y su melena al viento, cuando al llegar al rellano del Segundo, el infortunio en forma de mancha de aceite provocó un resbalón que envió su dulce cuerpo escaleras abajo, con tal mala fortuna, que su cuello crujió sin ningún miramiento. Había perdido a otro de mis vecinos por causas naturales. La vida es muy cruel, carajo, pero la marca del aceite era de las mejores y su fragancia perduró varios días mitigando la pena.

Al sepelio de Susi acudieron todos los vecinos, salvo don Julián, un tipo de oronda figura que vivía en el 1ºB. Pero de ese señor hablaré más tarde.

En el cementerio estaban mis vecinos, amigos de la finada y un par de tipos que en ese momento no supe quiénes eran. Lágrimas por doquier, sollozos que eran amortiguados por otras muestras de tristeza, fueron la nota predominante en una ceremonia muy bonita llena de ramos con flores silvestres de vivos colores y coronas con cintas que indicaban la procedencia: “Tus amigos del Conservatorio no te olvidan”; “Eras el sol que alumbraba nuestras vidas: Encarni y Ramiro. Pabellón de preventivos”. Yo encargué una especie de centro de mesa salpicado de petunias exserta, tulipanes rojos, algunas rosas de idéntico color y una cinta que expresaba todo mi dolor: “Eras mi vecina favorita. Te has ido antes de tiempo”.

Los regresos casi nunca son buenos y menos aún cuando se ha disfrutado de lo lindo como en mi caso, pero debo confesar que añoraba tanto a mis vecinos que adelanté el retorno para sorpresa de todos, tanto es así, que llegué a tiempo para ver cómo terminaba una reunión entre los vecinos y aquellos dos tipos que había visto en el entierro de Susi, y extrañado por lo que observé (desde una prudente distancia), me puse en contacto con la señora Asunción, una encantadora vieja del 5ºC, a quien, tras saludar afectuosamente y regalarle una caja de bombones, pregunté el porqué de aquel encuentro. En un primer momento, la anciana quiso desviar la atención hablando de sus achaques y mierdas por el estilo, pero como bien sabían mis amados padres, cuando quiero algo, lo quiero en el momento ¿Queda claro?

Doña Asunción se quejó un poco cuando sus muñecas, artríticas, empezaron a ceder más de lo normal ante la presión a que las sometía, (con mucha delicadeza) porque aunque estuviese un poco enfadado, ella es una de mis vecinas de toda la vida; un amor de mujer a quienes, papá y no tanto mamá, confiaron mis cuidados en una época convulsa para el matrimonio de aquellos seres tan tiernos: Mis padres y sus cosas. Malditos cabrones.

Le di una infusión de hierbas, acaricié su arrugado rostro no exento de suavidad y entonces ella cedió. Me contó que dos policías habían llegado al edificio un día después de mi partida vacacional, reunieron a los vecinos (mis vecinos) y empezaron a preguntar sobre mis padres, don Fausto e incluso sobre Susi. No se puede ser más hijo de puta que intentar mancillar la memoria de aquel sol de mujer. La vieja temblorosa acertó a decirme, antes de entrar en un sueño profundo, que los policías tenían previsto regresar a la mañana siguiente.

Al terminar mi charla con la anciana, me dirigí a casa y con la tranquilidad de la que soy capaz teniendo en cuenta el disgusto que me llevé, me puse a elaborar una pequeña cena de regreso que distribuí (como he hecho en otras ocasiones) entre mis vecinos, todos mis vecinos. Ellos siempre han alabado mis dotes en los fogones, mi exquisito gusto del que la mayoría carece. Por cierto, a don Julián le reservé un regalo especial, sabedor como soy de sus eternos problemas estomacales (seguro que con el primer bocado sólo pudo mostrar una sorpresa morrocotuda).

Tras el reparto de las viandas, acompañadas de una sonrisa personalizada, cogí el coche, y después de varias circunvalaciones mentales y de las otras, me situé en medio de un espectacular bosque, tomando una copa de vino, escuchando Serenade y pensando en el silencio que inundaría todo el edificio; una quietud que imagino, fue destrozada por el ir y venir de forenses, camillas.

No obstante, por qué no reconocerlo, un irrefrenable placer eleva todo mi ser hasta alcanzar el éxtasis, cuando imagino la cara de espanto del vecindario, al ser conscientes de que, al igual que todos mis vecinos; esos a quienes siempre he adorado y que no volverán a sentir el vértigo de emoción alguna, ellos están expuestos al brazo ejecutor de un amado líder.

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© Miguel Ángel Contreras - Todos los derechos reservados

Escritor y Jefe de Redacción en SNN.

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