VERSOS HERIDOS – de Jesus Zaplana Garcia

VERSOS HERIDOS – de Jesus Zaplana Garcia

VERSOS HERIDOS – de Jesus Zaplana Garcia

Jul 3, 2017

Las Palmas | Miguel Ángel Contreras |

Versos heridos

por Jesús Zaplana García


Estaba tumbado bocabajo. Tendido sobre la arena, sin toalla. Se trataba de un cadáver. Tenía los brazos en una posición antinatural, flexionados sobre el cráneo. Sus muñecas, con claras señales de abrasión por algún tipo de soga. Pensé que la postura de la cabeza —la cara enterrada— habría permitido, al menos, proteger sus rasgos frente a las gaviotas, esa pandilla de macarras que a primera hora tiranizaba la playa. Aunque el autor material tuvo sus propios planes. Había vaciado los ojos a la víctima, que iba vestida con ropa de calle. La camisa blanca con fina raya gris dejaba traslucir algo en su espalda.

Salir a correr con la ciudad aún dormida. Es mi terapia preventiva antes de entrar en comisaría. La hora bruja, territorios desiertos penetrados por la sensual respiración de la brisa marina. Melancólicas farolas empañadas de humedad, sus luces alumbrando algún turismo errático o las persianas echadas de los comercios. Esparta, Capitanes Ripoll, Trovero, Paseo del Muelle. El puerto de Cartagena sacudiéndose las legañas. Y  más de tres kilómetros aún de duro ascenso. Al fin la Cala Cortina, mi respiración entrecortada, en el horizonte las primeras luces del alba. Suelo estirar en el parking, asomado a esa privilegiada cala partida en dos, enmarcada por colinas y baterías de costa.

Se trataba de un pergamino. Estaba intercalado entre su piel y la camisa. Lo comprobé más tarde, en la sala de autopsias. Rehusé contaminar el cadáver manipulándolo en la playa. No había, a priori, nada extraño en ello. En muchos de los asesinatos los cuerpos aparecían acompañados de textos manuscritos. Notas de suicidio, apuntes con pistas falsas o para incriminar a terceros.

La particularidad de este caso venía marcada por el contenido. Leí una vez más en mi cuaderno el texto que había transcrito en el Instituto Anatómico Forense.

«¡No haya cuartel! La muerte

mana de vuestros ojos

y agrupa flores grises en la orilla del cieno».

Cojonudo. Tenía un fiambre y un maldito pirado que se las daba de rapsoda. Me encerré en ese agujero sin ventanas —mi despacho— y conecté el ventilador de techo. La sudoración también debería tener un límite. Así que la muerte manaba de sus ojos. Por eso se los había arrancado.

Me costó un minuto en Google averiguar la autoría de los versos. Federico García Lorca. Fragmento de la Oda a Walt Whitman. Dos de los mejores poetas de todos los tiempos, y un asesino con bagaje cultural.

Necesitaba un punto de partida, ubicarme en coordenadas literarias. Para iniciar mis pesquisas acudí a los catalizadores de la literatura en la trimilenaria: el Luzzy, Míster Witt Café, las librerías Santos Ochoa, Centro, La Montaña Mágica. Conseguí sendas relaciones de clientes asiduos, interesados especialmente en la poesía. Crucé las listas. Se repetían tres nombres.

Uno de ellos era un octogenario con pajarita y reloj de bolsillo prendido al chaleco. Lo encontramos degustando su asiático en la terraza de El encuentro, en el picoesquina de Cañón con Príncipe de Vergara. Cinco minutos de conversación bastaron para descartarlo. El segundo era un doctorando de la Facultad de Filología Hispánica. Contrastamos testimonios con familiares y amigos, con su novia. Detesto formular juicios previos, pero me pareció mucho más peligroso un colibrí libando cálices.

El tercero ejercía como profesor de literatura en un instituto de secundaria. Acudimos a su domicilio. Era como zambullirse en una elegía a la petulancia. Su pose, el atuendo, los modales. Todo en él era detestable. Tenía, por decir algo positivo, una biblioteca infinita, de suelo a techo, los estantes de madera envejecida. Nos recibió muy afectado. Adujo que estaba de baja por depresión. Condujimos la conversación con guante blanco. A mí, desde el principio, no me había pasado inadvertida la orientación sexual de Lorca y Whitman. Tenía una corazonada al respecto.

Pude confirmarla antes de finalizar la visita. El profesor se deshizo en lágrimas, antes de confesar que el cuerpo encontrado en Cala Cortina pertenecía a Senán, su pareja sentimental y casi dos décadas más joven que él (¿un alumno, quizá?). Hicimos las preguntas pertinentes: si el finado tenía enemigos, deudas, algún episodio biográfico que pudiera arrojar luz sobre lo sucedido. Abandonamos el domicilio sin sacar nada en claro. Tuve la impresión de que habíamos sido meros espectadores de una pantomima.

Investigué al compungido profesor de literatura. Se llamaba Gonzalo Gil de Cuéllar. Preguntando aquí y allí, recabé un valioso dato: había mantenido una larga relación sentimental —interrumpida en fechas recientes— con otro docente del centro, especializado en filosofía. Tratamos de localizar a este último por teléfono, también personándonos en su domicilio. No hubo suerte. Pasaron días. Ningún avance. La ausencia del filósofo comenzó a preocuparme.

Llegó la hora imprecisa que no es alba ni madrugada, un nuevo comienzo. Salí a correr. Árboles y farolas como un ejército impasible, calles vacías de vida. Santa Lucía, el embrujo del muelle. Y la tortuosa subida de tres kilómetros hasta Cala Cortina.

Tenía que tratarse de una broma macabra. Otro cuerpo tendido en la arena. Se repetía la historia. Lo acababan de encontrar un grupo de buceadores noveles, de esos que practicaban sus primeras inmersiones en la orilla. Bajé esprintando las escaleras. Tenía uno de aquellos oscuros presentimientos que solo otorgan los años y la suma de experiencias.

El cadáver, de rostro azulado y ligeramente hinchado, ocultaba una cuartilla que asomaba entre dos botones de la camisa. Esta vez mandé a freír puñetas el protocolo, la inviolabilidad de la escena del crimen. Agarré la nota. Como la anterior, estaba impresa a ordenador. Imposible rastrearla. El contenido: más versos. Los leí con dedos temblorosos, no tanto por los nervios como por el prolongado ejercicio del que aún no me había recuperado.

«Este peso del mar que me golpea

Este alacrán que por mi pecho mora».

Estaba deseando regresar a comisaría para despejar la incógnita. No me refiero a la identidad del fiambre: hubiera apostado diez a uno a que se trataba del profesor de filosofía desaparecido. Hablo del autor de esos versos. Antes, puestos a incumplir normas y por mera intuición, desabotoné la camisa del cadáver. Ningún alacrán en su pecho. Por esta vez se había quedado en una simple metáfora.

Los versos pertenecían a Llagas de amor, uno de los Sonetos del amor oscuro de Federico García Lorca. Un título más que revelador para un caso blanco y en botella. Blanco y en botella, sí, pero que también se había cobrado, por el momento, el saldo de dos personas asesinadas. El amante y la expareja de un insufrible profesor de literatura. Dos crímenes —el último, claramente evitable, nos había dejado en ridículo ante la opinión pública— alimentados por móviles tan antiguos como el ser humano: la pasión, el despecho. La venganza.

Nos desplazamos inmediatamente hasta el domicilio de Gonzalo Gil de Cuéllar. Nadie nos abría. Y, de súbito, otro de esos oscuros presentimientos interponiéndose entre mi sesera y el rabioso cielo azul de la trimilenaria. Decidí dinamitar el cauce legal. No quise esperar a que el juez expidiera la orden de registro. Tiré abajo, de una patada, la puerta.

El pájaro había volado. Faltaba ropa en los armarios, estaban semivacíos. Y sobre la mesa del comedor, exiliado de los estantes de la biblioteca, un solitario libro, cerrado y atravesado con un punto de lectura.

Antes ya de abrirlo, me atacó un mal humor que no se lo saltaba un galgo. Tanta erudición se me estaba haciendo bola en la garganta. Pensé en la orden de busca y captura que iba a emitir. Imaginé el momento de encerrarme a solas con ese fulano en la sala de interrogatorios. Sin cámaras. Sin testigos. Solos los tres. Él, yo. Y su desmedido ego, claro.

Abrí finalmente el libro. Había unos versos subrayados. Qué sorpresa.

« (Por un monte de papel

asoma la luna fría.)

¡Oh dolor de la verdad!

¡Oh dolor de la  mentira!»

*

Me acodé en la barandilla de madera y saqué a pasear mis pensamientos. Hacía más de dos semanas que Gonzalo Gil de Cuéllar había desaparecido. Parecía haber sido engullido por la tierra. Seguíamos sin pistas acerca de su paradero. Habíamos quedado como idiotas, humillados una vez más en aquel caso de libro que debíamos haber resuelto con los ojos cerrados. Perdidos, en la Encrucijada, como el título del poema de Lorca cuyo fragmento había elegido el profesor a modo de despedida.

Supe que nunca encontraríamos a ese bastardo engominado. Supe también que podía olvidarme para siempre de lograr un ascenso. Me quedé allí, perdido en los azules de un Mediterráneo que jugaba a ser Caribe, el catamarán asomando su proa a lo lejos, las colinas cartageneras acuarteladas sobre la arena. Disfruté de la escena, y pensé que en ocasiones la verdadera poesía no estaba escondida en un pedazo de papel.

Y menos aún si el contenido de ese papel llegaba herido de muerte.

***

Ciudad sin Mar, 29 de junio de 2017

Del Texto ©  Jesus Zaplana García- Todos los derechos reservados

De la publicación ©   Solo Novela Negra – Todos los derechos reservados


 

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Conoce al Autor de éste relato:

Jesús Zaplana García, nació en Cartagena

Breve biografía literaria

Licenciado en Historia por la URV de Tarragona, reside desde el año 2004 en Madrid, donde compatibiliza la escritura con su empleo en una librería.

Novelas publicadas:

  • «La conspiración magiar», ed. Seleer, 2016, ISBN 9788494553332.
  • «Asuntos propios», ed. Seleer, 2017, ISBN 9788494720079.

Relatos y menciones:

2012 Microrrelato La carta, elegido finalista en el concurso «El tamaño no importa, léelo», convocado por el Ayuntamiento de Cartagena.

2013 Microrrelato Cruce de líneas, ganador del concurso «El tamaño no importa, léelo», convocado por el Ayuntamiento de Cartagena.

2014 Relato El guardián de sonrisas, elegido finalista y publicado por la ONG EAPN en el «II Concurso de Fotografía Digital y Relatos».

2014 Relato Carthago Blues, publicado en la antología «Apagué la luz» (ed. Lulú).

2015 Relatos Las tribulaciones de Karl y Un blues para mi amigo (continuación), recogidos en la antología «La fiambrera» (ed. Mecenix).

2016 Relatos La chica de la boina roja y Pequeños detalles, incluidos en la antología «Raíces de tinta» (ed. Diversidad Literaria).

2016 Ganador del Concurso de Tuits “Día del Libro” organizado por @megustaescribir.

2017 Microrrelato Intemperie, elegido finalista en el IV Concurso de Microrrelatos ELACT «Lola Fernández Moreno», en Cartagena.

2017 Ganador del II concurso de Microrrelatos en Twitter “Canarias Una pequeña América”, organizado por la Casa de Colón (Las Palmas de Gran Canaria).

2017 Relato Volver a empezar, Finalista en el Concurso de Relatos Bruma Negra (Plentzia, Vizcaya).

Novelas inéditas:

«El Codex»

«El canto de la moneda»

«La primera luz del alba».

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