ZAPATOS ITALIANOS PARA NOCHEBUENA – Hughman #12

ZAPATOS ITALIANOS PARA NOCHEBUENA – Hughman #12

ZAPATOS ITALIANOS PARA NOCHEBUENA – Hughman #12

por | Dic 24, 2016 | Goñi_Juan Pablo, Relatos | 0 Comentarios

Hughmann#12_imagenCinco años y no se adaptaba a las navidades calurosas. Ni siquiera en la vida de la mujer que lo había llevado a cruzar el Atlántico se podía tomar en serio una Navidad sin nieve, sin frío. Trató, mientras estuvo junto a ella, de vivirlas como una de las suyas; la presencia de Alicia era suficiente motivo para festejar. Tras su muerte, prefería ofrecerse como voluntario para las guardias del 24 y 25 de diciembre. Era el tercer año consecutivo que lo hacía. Como inspector de la brigada de investigaciones no precisaba estar presente en la comisaría donde tenían asiento, pero Hughman prefería pasar la medianoche en compañía de los agentes condenados a la presencia física en la seccional. Cuatro, como cada año; dos fijos, como custodia, dos para la camioneta patrullera destinada a las emergencias. A las dos de la mañana, cuando la actividad en las calles de la ciudad se incrementara, llegarían los restantes uniformados de su turno. La llamada recibida a las once y treinta no significó una molestia para él.

Lisa Andrich, una novata, recibió la denuncia. Anónima. La chica no anotó el teléfono; tampoco era una falta grave, de ser necesario recurrirían a la empresa telefónica para identificarlo. Hughman y los otros tres agentes de uniforme estaban con ella en la sala de espera; habían cenado juntos en un garaje reciclado como sala, al fondo. Esperaban las doce para destapar la sidra, las copas en fila sobre el mostrador. El inglés ignoraba quién las había traído. Los jóvenes no interrumpieron su conversación, que versaba sobre los mejores lugares para ir a bailar cuando los relevaran. Sólo Hughman notó el cambio en el rostro de Lisa.

Había alzado el tubo con fastidio; pronto fue palideciendo. La mano armada con un bolígrafo continuó escribiendo sobre el libro de entradas, como gobernada por un sistema automático. ¿Cuánto llevaba en la comisaría?, ¿tres meses, cuatro? Como sus compañeros, los bisoños cargaban con el peso de las guardias de Nochebuena y Nochevieja. El inspector había aprovechado para grabarse sus nombres, poco los había tratado con anterioridad. La fiesta familiar por excelencia, compartida con cuatro extraños, de los que lo separaban más de diez años y miles de kilómetros. Lisa dejó caer, casi, el tubo. Lo sostuvo, sin colgar. Su mano no tenía firmeza, concentró sus energías para que saliera voz de la boca abierta.

–Un muerto. Mataron a un tipo.

Cesó la conversación; las cabezas se dirigieron al mostrador. La chica agregó más datos.

–En la calle Obispo, a cuatro cuadras de la plaza.

Percibiendo el titubeo de la novata, Hughman pasó del otro lado del mostrador y le quitó el libro.

–Bien, agente Andrich. Está la dirección, perfecto.

El inspector ordenó las tareas. Dos agentes fueron por el patrullero, Andrich se encararía de ubicar al forense, al fotógrafo, a la científica y al oficial que estuviera de guardia. Sería este quien escogiera los agentes a convocar para completar el corte de calle y el control de la escena. Agregó que informara al comisario del suceso. Hughman conduciría las diligencias inmediatas. En caso de asesinato, la Brigada intervenía cuando su resolución se complicaba –si no se detenía a los culpables en las cercanías o no eran identificados de inmediato por testigos presenciales. Como oficial a cargo de la guardia, el inspector haría la labor correspondiente a un oficial de la policía regular.

Llegó en su Focus casi al unísono con el patrullero, estaban  a cinco cuadras de la comisaría. Ordenó a Carlos Pereda que colocara la camioneta de costado sobre la calzada, interrumpiendo el tránsito. Al otro agente lo envió a la esquina siguiente, por el momento a pie, para impedir el paso de curiosos. En ese instante la calle estaba desolada, pero pronto saldrían miles a las calles. La calle Obispo era la más céntrica de la ciudad. Cualquier otro día del año, excepto quizá un treinta y uno de diciembre, a esa hora nadie hubiera podido asesinar a otra persona sin ser visto. Esa noche la soledad acompañaba al cuerpo tendido en la calle, bajo la misma columna de alumbrado.

El inspector se acercó al cadáver. Quien llamó, habría pasado con su coche, en tránsito hacia alguna casa donde lo aguardaban para brindar. Quizá ni siquiera se detuvo, llamó desde el mismo vehículo. Forzó los oídos; casi no se escuchaban motores. Cada tanto, una explosión aislada, un anticipo de la batería que se desataría apenas sonara la sirena de los Bomberos Voluntarios anunciando a Blanca que había llegado la hora de brindar. Sobre el asfalto se reflejaba el agua que aún quedaba de la lluvia de la víspera. El muerto era un varón, tendido boca abajo, las manos al costado del cuerpo. Había sangre en su espalda y en la nuca. Prefirió no tocarlo antes de las fotos, habría tiempo para las identificaciones. Se apartó, se apoyó en la columna. A la misma altura del cuerpo, las vidrieras de una casa de venta de electrodomésticos, iluminadas a pleno, lucían guirnaldas, dibujos de Papa Noel y un árbol navideño confeccionado en papel dorado. Duro contraste con el hombre que ya no brindaría a las doce.

En la esquina, el agente Luis Hein se movía de una vereda a otra, mirando hacia el cadáver. Junto al patrullero, Carlos Pereda fumaba. Si se mantuviera la costumbre original y la Misa de Gallo terminara a la medianoche –y no a las diez, como en este curioso país– el asesino no la hubiera tenido tan fácil. Asesinato, sí, no se defendía uno ante un hombre de espaldas, no había armas ni otros objetos cerca del cadáver. Lo habían ejecutado cuando cruzaba la calle. ¿O iba a su auto? En ese momento no había vehículos estacionados a menos de veinte metros; los más cercanos, sobre la vereda opuesta. La sirena de los bomberos sacudió los análisis del inspector. Antes que se apagara, se escucharon explosiones provenientes de toda la ciudad, sobre el cielo los fuegos artificiales dibujaron bellos trazos y se levantaron nubes de pólvora cerca de la avenida, pocas cuadras al norte. El inspector maldijo, en quince minutos la circulación de autos comenzaría de verdad y no había llegado un solo refuerzo.

Se comunicó por la radio del patrullero, controlando de reojo que no saliera gente del edificio de mitad de cuadra, en cuyas ventanas se apreciaban pocas luces encendidas; la mayoría de los habitantes de Blanca optaba por pasar las fiestas en casas con patio, para sobrellevar mejor el calor espeso del diciembre argentino. La chica Andrich afirmó que había llamado a todo el mundo, pero aún no se había presentado ninguno de los efectivos convocados. Hughman insultó, en inglés, y se separó de Pereda, encargándole el seguimiento de los informes radiales. Un vehículo particular se introdujo en la bocacalle; Pereda no lo detuvo, era Martínez Rossi, el jefe de calle. Lo tomó con naturalidad; estuviera o no de turno, Martínez Rossi se las ingeniaba siempre para ser de los primeros en una escena de crimen. Bajó, con paso poco firme.

–¡Feliz navidad, inglés! Lindo regalito nos hicieron.

Abrazó al inspector, que sintió su fuerte aliento alcohólico. Después, se inclinó hacia el cuerpo, balanceándose como si evaluara tenderse en su compañía. Se afirmó en una rodilla de Hughman para volverse a incorporar. A esa altura, las explosiones se redoblaban, los fuegos de colores parecían caer sobre ellos. Hughman distinguió otro sonido; sirenas. Por fin acudían.

–Preparate inglés, este va a ser difícil, un tipo con influencias.

–¿Lo conoces?

–No hace falta, ¿no viste las ropas que usa? Los zapatos esos son italianos. Nada de imitación china, italianos de verdad. Si querés lo damos vuelta y nos sacamos las dudas. Regalo de papá Noel, fijate la suela, sin uso.

Hughman retiró a su compañero antes que complicara su escenario. Sus observaciones eran buenas. Luces giratorias; tres patrulleros, uno se colocó sobre la segunda calle, dos quedaron detenidos cerca del inspector. Martínez Rossi abrazó a cada uno de los que se les unían, desando feliz Navidad al mundo entero. En condiciones similares llegó el fotógrafo oficial; haciendo equilibrio tomó las imágenes que precisaba. Acabados los flashes, Hughman volvió el cuerpo. La bala no había salido de la cabeza, calibre chico. No lo conocía; el jefe de calle, que ya estaba a sus espaldas, tampoco. Un abrazo los apartó; el doctor Trimpetti, con mancha de salsa en su camisa azul.

–La puta que lo parió al boludo este que se hizo matar justo ahora. Nada que analizar, lo mataron de uno de los dos balazos. ¡Y para esto me llaman!

El doctor ni siquiera les deseó felices fiestas; regresó a su coche y se fue; Hughman suspiró; al menos, no les había dejado un chiste de su inagotable colección de humor negro. Martínez Rossi hablaba por su móvil; hasta la llegada de la científica, debían cerrar el tránsito. Desde la esquina llegaron bocinazos; un joven más atrevido que el resto lanzó un petardo, que estalló junto al patrullero. La calle había renacido, de golpe. Centenares de focos, voces en tono alto, risas, muchas risas.

Otra sirena anunció la llegada de la ambulancia forense; debió hacerlo a contramano, a causa del embotellamiento producido en minutos. También vino desde el otro lado el capitán Sosa. Estaba con una camisa lujosa, abierta; sudaba, como la mayoría. Los paramédicos y policías compartían muecas de fastidio, hablaban de mal talante, miraban al inspector como si él fuera el asesino que los había sacado de sus casas en la noche más íntima del año. Ninguno de ellos esperaba más que los habituales procedimientos en el parque, algún accidente, sucesos que ocurrían después de las cinco de la mañana, cuando ya habían acabado las reuniones familiares y no se perdían nada al estar en la calle. Hughman los autorizó a retirar el cadáver; con el capitán, decidieron que la científica era inevitable, aunque había pronóstico de cero hallazgos.

–Te dije que traería cola. Eugenio Pietra, campo, sociedad rural.

Martínez Rossi tenía el documento de la víctima, ¿cuándo lo había tomado? Se lo entregó al capitán y fue a conversar con una de las policías femeninas. Hughman se apartó, sin dudas era su peor Navidad. Un alarido lo hizo mirar hacia la esquina; una mujer se libró de la agente que la sostenía y se arrojó sobre la camilla que llevaba el cuerpo del estanciero, provocando que la bajaran al piso. Tras ella vino otra, más joven, con parecido remarcable; las dos hincaron sus rodillas desnudas sobre el asfalto, abrazando el cuerpo, entre gritos y lágrimas. Vestidos cortos, caros, tacos altos; Hughman sólo vio los dos grotescos sombreros rojos con borlas blancas. Dos duendes dejando su regalo. El inspector desvió la vista, pudoroso. La suya no era la peor de las navidades.

 

© Juan Pablo Goñi- Todos los derechos reservados

Escritor.

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