30 de Febrero

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RELATOS

30 de Febrero

Mar 11, 2017

Miguel Angel Contreras | Redacción Relatos

30 de Febrero

Por Anxo do Rego

 

Foto: Sblourg

Miró al frente, no encontró a nadie. Tampoco cuando lo hizo a ambos lados. Tuvo suerte, tampoco había gente que pudiera reconocerle. Por último giró y escudriñó su espalda. Definitivamente se encontraba solo, y si como escuchó cuando era niño, dios está en todas partes, tal vez estuviera allí o muy cerca. Tan cerca, que quizás podría escuchar sus palabras.

Hasta ese momento no sintió necesidad de acudir a él, posiblemente porque también escuchó de niño y más adelante de joven, frases como Cuanto mal se hace en la tierra, se paga en la tierra, no esperes al llamado juicio final. Sin embargo acudía a él, como recurso final. Él precisamente que no creía en los enquistados y retrógrados apaños religiosos y fundamentalismos cristianos.

Su gnosticismo nació poco después de cumplir los catorce años, y desde entonces, dada la educación recibida, nunca trató de hacer mal a nadie, ayudó a cuantos pudo. Nunca se apoyó en cabeza alguna para escalar a un puesto por encima del que ocupaba. Creyó en las leyes, aunque no fueran las mejores. En sus gobernantes y políticos, pese a lo mucho que debía criticarles y exigirles. En su familia, amigos, compañeros, vecinos, y conciudadanos.

Ahora aquellos tiempos de bonanza y superación se habían tornado en pura desesperación. Dejó de creer en las leyes cuando comprobó se aprobaban a gusto de los gobernantes de turno, sin reflexionar profundamente sobre la necesidad o no de abolir las existentes, modificar partes esenciales, o incluir medidas que coartaban el fin propuesto en su génesis. También dejó de creer en los políticos apoltronados en el poder, fundamentalmente por proponer acciones imposibles. Pintar con mentiras sus palabras y realizar actos que tan solo favorecían a una minoría de ciudadanos, los intereses que representaban, olvidando a la gran mayoría, tantas veces silenciada.

Hoy él carece de familia, se ha disuelto. Las circunstancias no son las mismas y ha prevalecido el instinto de supervivencia frente a la de unión, y consecuentemente la fuerza. Los amigos le han dado la espalda, tal vez ellos también vivan momentos difíciles y prefieran evitar verle o escucharle, antes que negarle una petición de ayuda que tal vez no puedan darle.

Y si los eslabones principales de su vida, la familia y los amigos, estaban rotos ¿dónde debía acudir en petición de ayuda? Si las leyes ya no le respaldaban, los políticos seguían mintiendo sin rubor alguno, no pertenecía a rebaño religioso alguno, y su agnosticismo no se lo permitía ¿que debía hacer? ¿Dejar de creer en el hombre como ser? Tal vez hacía tiempo que lo había hecho.

Ahora como último recurso estaba sentado en aquel banco lustroso, envuelto de un denso olor a cera quemada. Al levantar la cabeza vio dentro de un lujoso marco barroco, la representación de una alegoría sobre la caridad cristiana. Si se atrevió a entrar fue como consecuencia de ser el único edificio en toda la calle que permanecía abierto, en pie y limpio donde poder resguardarse de la lluvia. Los otros dos cercanos,  una sucursal bancaria y las oficinas centrales de una gran empresa, estaban cerrados.

El resto de viviendas y locales comerciales, se dejaban mecer por la desidia y desesperación de sus posibles ocupantes. Imperaba el mal olor. Un pestilente hedor a miseria, desolación y muerte. Los pocos ciudadanos que caminaban, lo hacían en silencio, cabizbajos, tristes y solitarios. Las farolas que antes dieran luz, hoy, o estaban rotas o carentes de bombillas en perfecto estado de uso. El asfalto levantado con socavones se dejaba ver como un gigantesco tablero de ajedrez. Apenas había coches circulando y los que aparecían, lo hacían con suma lentitud sorteando baches, hendiduras y montículos envidiosos de las barricadas de otros barrios.

No se cruzó con persona alguna a quien pudiera solicitar ayuda, física o mental. El desprecio y egoísmo patrocinaban aquella miserable vida. Y en ese momento él estaba allí, sentado y pensativo, pero sobre todo dubitativo. Las preguntas surgieron como un manantial ¿Me atreveré a pedir ayuda a Dios? ¿Si existe, como es capaz de permitir tanta miseria, pobreza y desolación? ¿Por qué va a ayudarme, si hay niños, mujeres y hombres más necesitados que yo? ¿Es él mi único recurso o es que me estoy muriendo y quizás me atreveré por esa razón?

Fue incapaz de seguir allí, se sintió mal, como traidor a su propio ser, no se atrevió a  pedir nada. Salió de aquel recinto enorme, lujoso, silencioso, cálido y presuntamente protector. De una puerta salió un cura orondo y comenzó a caminar hacia él. No le concedió opción alguna, no iba a permitir que alguien volviera a llamarle hijo con tono hipócrita desposeído de realidad y verdad. Decidió salir de nuevo y volver a empaparse, aun mas su cupiera, por la copiosa lluvia que caía sobre la ciudad. Tal y como entró salió. Sin respuestas, tal vez porque no las había o quizás porque no necesitaba a alguien que las interpretara arbitrariamente.

Como tantos días sentía el estómago vacío. Con éste eran cuatro sin comer algo sólido y limpio que no fueran sobras o restos de papeleras o depósitos. Ya no era él, ya no era el responsable del área comercial de una importante firma. Desde catorce meses atrás dejó de ser padre, esposo, amigo o simple ciudadano. Sin hogar ni casa donde vivir, lo hacía en locales cerrados, llenos de ratas y miseria. El aportaba la suya. Pero seguía viviendo y eso ¿era importante? Tal vez no, aquello no era vivir, era un pulular constante, sin ilusión ni horizontes. Era supervivencia, pero ¿hasta cuándo?

De repente sus ojos se fijaron en un cartel, algo raído y descolorido, sujeto a una pared. Se acercó para interpretarlo. Sobre él algunas pegatinas de un conocido grupo político de ultraderecha, trataba de anular el mensaje publicitario que pugnaba por ser leído. Decía, Clínica Nuevo Futuro. Le ayudamos gratuitamente a abortar si es mujer, a estudiar si tiene deseos, a comer si el banco de alimentos nos cede alguno o quedan después de entregar la mayoría a centros religiosos. También a morir sin dolor, si su desesperación está en el límite supremo. Podemos ayudarle a … Aquí acababan los eslóganes. Las pegatinas lo cubrían sin delicadeza ni respeto alguno. Imaginó que podría poner si las frases aludiendo a aborto y suicidio asistido, las hubieran dejado al descubierto.

Leyó la dirección, no estaba muy lejos. Tenía tiempo, decidió acudir. Llamó golpeando la puerta. Alguien abrió y sin separarse de una amplia sonrisa dijo, Pase, pase, podemos ayudarle, ¿Que necesita?

Por fin ese día alguien le ayudaría sin hacer preguntas tales como ¿Que religión profesa? ¿Es usted del partido político del gobierno? Y otras similares. Sin esperar respondió, ¡deseo morir, no tengo familia, ni amigos, dinero o casa. Tengo hambre para regalar, mi sombra es la miseria, me ilumino con desgracias, mi comida es la  desesperanza, bebo tristeza y sueño con el dolor!

Se fijó en el taco del calendario sujeto en la pared. Resaltaba una extraña fecha 30 de Febrero.

 Bibliografia 

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