Asuntos oscuros

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Sep 27, 2017

FRANCISCO MEDINA TROYA|

El inspector Figueroa se bajó ágilmente de su viejo y destartalado Ford Orión. Ya no recordaba cuantos días llevaba lloviendo… La ciudad olía a moho, se palpaba en el aire, casi se podía masticar y dejaba en la boca un regusto a hierro. El cielo era como un gigantesco telón de plomo que parecía que se iba a precipitar sobre las cabezas y la lluvia caía con tal insistencia que las alcantarillas no daban abasto para engullir tal cantidad de agua… se alzó el cuello de su gabardina y se dirigió a pasos raudos hacia la vieja nave abandonada de aquel polígono casi en desuso.

El espectáculo era estremecedor. Los cadáveres yacían en círculo alrededor de un magnetofón. Lo primero que le llamó la atención fue el estado de los cuerpos. Estaban retorcidos y con el pecho abierto, como si algo hubiera salido del interior. Las costillas habían despedazado la carne y los rostros mostraban un horror extremo. Había sangre por todas partes. Figueroa comenzó a recoger muestras y una malsana sensación le erizó toda la espalda.

-Vaya Figueroa, contigo los marrones cada vez son más grandes. Dijo su compañera que acababa de llegar.

-No me jodas Moreno, también te has dado cuenta. Llevaba más de media hora esperándote.

La inspectora Luna Moreno era una mujer de eterna sonrisa, de unos ojos color café, grandes como soles y unas pestañas enormes, labios finos y cabello como trigo de verano. Su belleza natural hacia que Figueroa llevara meses suspirando por ella. Llevaban siete meses patrullando juntos y admiraba su gran inteligencia e intuición.

-Conducir con esta puta lluvia es un caos, mira mi pelo -le indicó cogiéndose un mechón de cabello rubio- no creerás que ayer fui a la peluquería… ¿qué tenemos?…

-Tras la primera inspección ocular todo indica que lo que sea que los mató salió del interior de sus cuerpos.

-¿Cómo qué del interior?

-Lo que oyes…mira la posición de sus costillas. Es como si algo con una fuerza descomunal haya pujado por salir y reventó literalmente sus cuerpos.

La inspectora Luna comenzó a realizar las fotos pertinentes a los tres cuerpos. Se movía con soltura entre aquella escena dantesca. Figueroa la miraba embelesado, aquella rubia inquieta era una excelente profesional.

-Es terrible –dijo la chica- debieron de sufrir lo indecible. ¿Has comprobado el magnetofón?

-Sí. Tiene un cd en su interior. No sé qué estarían haciendo estos pobres desgraciados, pero lo ocurrido aquí no es normal Moreno.

-Sí, es cierto Figueroa, la forma en que se abren los huesos hacia fuera es inusual. Habrá que llevar a los laboratorios el equipo de música y el CD.

Aquella tarde habían llevado al laboratorio las pruebas pertinentes, inclusive el magnetofón. Un agente se quedó solo inspeccionándolo todo. En el edificio vacío solo se escuchaba el repicotear de la lluvia en los cristales y el sonido entrecortado de algún fax. El agente seleccionaba todas las pruebas con sigilo. Anotando sus impresiones en un papel adhesivo que luego pegaba a la bolsa donde introducía los objetos. Había acabado con todos y solo le quedaba la radio. La inspeccionó por fuera y la enchufó a la red. Al principio solo se escuchaba el sonido de una grabación casera, no se percibían sonidos concretos, solo ruido. Pero de pronto un gran zumbido surgió de la grabación. En un principio era molesto pero aumentó de densidad y el agente comprendió que algo extraño ocurría. Intentó detener el magnetofón pero el zumbido se hizo más fuerte, más persistente. Tuvo que cogerse las sienes e hilos de sangre comenzaron a surgir por sus oídos, por su nariz, por su boca. Sintió como si algo le aplastara los órganos e intentara salir de su interior. Momentos antes de que sus costillas se rompieran hacia fuera y su corazón reventara como un melón maduro pudo escuchar una voz gutural que surgía de la grabación, después todo fue silencio.

Cuando llegaron a la comisaria a la mañana siguiente encontraron un gran revuelo. Pasaron directamente al despacho del jefe, entre sus compañeros había una gran pesadumbre pero ninguno les dijo nada.

-¡Cierren la puerta por favor! Les ordenó.

El comisario jefe era un hombre tosco, su calva brillaba tanto que la lámpara se reflejaba en ella, era destartalado, de medidas aberrantes. Sus brazos muy largos, sus manos muy pequeñas, hombros estrechos, barriga prominente.

-Esta mañana se han encontrado muerto al agente Gonzales, del departamento de laboratorio, tenía asignado vuestro dosier… han hallado el cuerpo en condiciones parecidas a la de los chicos del caso.

La inspectora Moreno no pudo ocultar su estupor, las lágrimas asomaron a sus hermosos ojos caoba. Figueroa la miró y tiernamente acarició su espalda.

-Pero -dijo la chica- si le dejamos el material y se quedó tan tranquilo. ¿Cómo es posible, qué coño está pasando aquí?

-Eso tenéis que averiguarlo vosotros inspectora Luna.

Aparcaron al lado de la puerta de los laboratorios. La mañana estaba avanzada pero tras la cortina de niebla y lluvia era imposible adivinar la hora exacta del día. Cuando entraron no pudieron evitar la tristeza cuando se encontraron con los compañeros del fallecido. Se abrazaron dándoles el pésame y se dirigieron con pesadumbre hacia el laboratorio número tres donde había ocurrido la desgracia. Según la autopsia había fenecido de muerte violenta pero todo indicaba que lo que fuera lo que le había matado había surgido de su interior. Igual que los tres muertos de la nave industrial.

Se preguntaban si aquello era su cometido, porque no había culpable físico. Por lo menos no encontraban hechizos de que alguien les hubiera hecho aquella atrocidad.

Luna repaso el frío laboratorio, cámara en mano, y Figueroa visualizaba cada detalle de la estancia. Aquel lugar era un sitio sin alma, yermo, helado.

-Figueroa aún está el CD en su interior, pero el magnetofón está inservible, el compañero fenecido lo ha golpeado con saña. Me llevaré el cd a mi casa. Tengo un programa de alta calidad de sonido instalado en el portátil. Podemos escucharlo y ver si hay algún indicio, o podemos sacar algo claro de todo esto.

El apartamento de la inspectora Luna era pequeño. Estaba pulcramente limpio y ordenado, reflejo de las cualidades que caracterizaban su forma de ser. Las paredes estaban adornadas con láminas de bailaoras de flamenco y con cuadros de paisajes de cascadas. Y los muebles de estilo moderno predominaban por el color amarillo. Ella le invitó a entrar y Figueroa pensó que aquel era un buen lugar en el que despertar cada mañana.

Figueroa se quedó mirando una extraña figura de madera que era una especie de león con cabeza de mono. Era una talla del tamaño de un balón de futbol y ocupaba gran parte de una estantería que estaba encima del escritorio.

-¿Te gusta?

-Es una talla excelente.

-Me la regaló el chamán de una tribu de Sierra Leona…

-¿Sierra Leona?

-No me mires así…ja, ja, ja, ja… yo también tengo mis secretos… fui voluntaria de Payasos sin Fronteras, hace muchos años, siempre he pensado que una sonrisa puede sacar de la oscuridad a los más afligidos. Esa gente ha sufrido tanto y los más pequeños necesitan saber lo que es la felicidad dentro de un mundo injusto y repleto de maldades e injusticias.

-¡Sorprendente!

-Esa talla me la regaló el brujo en agradecimiento a mi labor. Decía que la sonrisa de esos niños era lo más hermoso que había visto en años. Me dijo que ahuyenta los malos espíritus y ahí está desde entonces.

Luna había encendido el ordenador mientras Figueroa preparaba algo en la cocina. Se desenvolvía bien entre cacerolas y sartenes. Tenía el disco que se había traído del laboratorio entre sus pequeñas manos. Una extraña sensación la invadía.

El inspector le daba la vuelta a una tortilla de patatas cuando escuchó el terrible zumbido. Era un sonido ensordecedor y provenía del salón. El ruido se metía en el cerebro y en el pecho, oprimiéndolo. Un fuerte mareo le estaba dejando aturdido y el pecho le dolía. Con gran esfuerzo salió de la cocina. Luna, pensó, Luna está en peligro. Arrastrándose por el pasillo que conducía al salón consiguió ver a su compañera. Lo que vio le dejó perplejo y gritó con todas sus fuerzas, pero apenas un hilo de voz le salió de los labios.

-Lunaaa…

La inspectora Moreno se encontraba en el sillón del escritorio, frente al PC. Estaba rígida, los dientes apretados, sus manos arañando el asiento. En su rostro se reflejaba un espantoso dolor, un pequeño hilo de sangre le corría la nariz. El sonido era allí aún más potente, se asemejaba al pitido de una sirena y una voz horrenda.

El cuerpo de la inspectora Moreno temblaba, sacudiéndose sobre el sillón. Ella consiguió girar la cabeza y sus ojos sembrados de pánico se encontraron con los de Figueroa, había suplica en aquella mirada.

Figueroa luchó con todas sus fuerzas con aquello que quería reventarle el pecho, el cerebro, el corazón. Se acercó hasta el escritorio, Luna estaba pálida, sus ojos perdiendo su vitalidad. De un fuerte tirón la apartó de enfrente del ordenador de donde surgía aquel zumbido macabro, rodó por los suelos y se quedó acurrucada en un rincón de la sala. Pero aquello aumentaba su poder, era insoportable, con una voz gutural y macabra. El inspector Figueroa dentro de su desesperación visualizó la talla africana que le había regalado el brujo a Luna, en su cabeza le vinieron las palabras de la chica: “Me dijo que ahuyentaba a los malos espíritus”. Sin pensarlo dos veces la lanzó con todas sus fuerzas contra el ordenador. La estatua impactó contra el portátil y se hizo trizas, chisporroteando, haciendo sonidos entrecortados. El temible zumbido poco a poco se fue desvaneciendo como un quejido espantoso… Figueroa cayó de rodillas frente al escritorio. Le sangraban los oídos, la boca, la nariz, los lagrimales de los ojos. Las costillas le empujaban la carne, su corazón latía tan deprisa que lo sentía en la garganta.

Se levantó a duras penas. Encorvado se desplazó hasta donde su compañera yacía. Estaba inmóvil, tenía sangre en sus labios. La movió despacio y acercó su oído a su boca. No respiraba. Figueroa se exaltó y sin perder los nervios le hizo la respiración asistida. Después de varios intentos la chica se despertó gritando de pavor… él la observó, cogiendo su rostro entre sus manos. Estaba viva…

Una semana después consiguieron que las primeras averiguaciones dieran sus frutos. Los tres chicos fallecidos pertenecían a una secta satánica, implicada en asuntos de drogas, tráfico de armas y otros asuntos sucios. Habían encontrado la muerte por realizar ritos ocultos…

El CD había sido entregado en el Archivo General de la policía para ser depositado allí y que fuera pasto del olvido y del polvo.

-¡Oye becario, lleva este paquete a la sección C, estantería 7! Le ordenó un veterano del departamento, con una desgana propia de los años de servicio.

El becario llevaba apenas dos semanas prestando sus servicios en el Departamento de Archivos. Cogió el paquete con premura y diligencia y se perdió entre interminables pasillos donde reposaban miles de cajas y portafolios. El paquete estaba un poco abierto y el chaval no pudo evitar mirar el contenido. Lo sustrajo lentamente y vio el CD sin nada escrito en él.

-¡Vaya un CD!… ¡No creo que ocurra nada si lo escucho antes, después lo pondré donde corresponda!

Y con una sonrisa del que ha descubierto un tesoro el becario se dirigió a su mesa de trabajo… fuera la lluvia parecía no tener fin, en una eterna y oscura borrasca…

 

Texto ©  Francisco Medina Troya- Todos los derechos reservados

Publicación ©   Solo Novela Negra – Todos los derechos reservados


 

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