CercaniasLeía hace unas semanas una entrevista a un conocido librero bilbaíno en la que le preguntaban, claro está, cuál era el género más demandado por sus clientes. La respuesta era que la novela negra española; y la razón, que los lectores prefieren las historias ambientadas en su entorno porque en ellas todo les es más cercano. Leído lo cual, y sobre todo recuperado de la sorpresa de que, según el librero en cuestión, los Arnaldur Indridason, Mari Jungstedt, Camila Läckberg, Stieg Larsson, Jo Nesbo, Henning Mankell y otros miembros de la horda vikinga hubieran dejado de ser el reclamo habitual por la cosa esa del presunto exotismo de ver qué se cuece en escenarios, en principio tan poco propicios para la novela negra como los desarrollados y civilizados países escandinavos, la pregunta era de rigor: ¿qué significa cercanía en la novela negra? Otrosí, ¿es suficiente que una novela se desarrolle en un entorno geográfico próximo, siquiera ya sólo reconocible, al lector para considerarse cercana, y ello independientemente de la historia o de los personajes?

La cosa tiene su miga, sí, porque, si bien es verdad que vivimos una especie de boom de la novela negra en español, lo cierto es que ésta ha sido bastante residual y no poco minusvalorada por los gurús de las letras hasta hace dos telediarios, acaso en cuanto la novela negra empezó a hacer tanta caja, al menos en comparación con el resto, que las editoriales de supuesto prestigio decidieron que era imprescindible un par de autores exitosos de género negro en sus hasta entonces exquisitos catálogos literarios con el fin de cuadrar balances.

Y me refiero a España en exclusiva, porque por lo que se refiere al resto de la novela negra escrita en español, la verdad es que ésta ha tenido siempre cierto predicamento en países como Argentina, con autores de reconocido prestigio como Ernesto Mallo, Juan Sasturain, Daniel Tobaldi (por no hablar que hasta autores de la talla de Borges, Bioy Casares o Piglia hicieron sus pinitos en el género con resultados maravillosos, tal como es el caso de Plata Quemada de éste último, un verdadero clásico literario), Chile con Roberto Ampuero, o México con Paco Ignacio Taibo II ( aquí no puedo olvidar las incursiones en el género del genial Jorge Ibargüengoitia con Dos Crímenes o Las Muertas).

En España tenemos como decanos de la novela negra a Francisco González Ledesma, Juan Madrid, Andreu Martín y a Manolo Vázquez Montalban, entre otros, claro, que el olvido siempre es injusto pero casi también que inevitable. ¿Eran cercanos? Pues claro, el Carvalho de uno podía resultar demasiado trasunto de los detectives americanos de la novela clásica americana y más en concreto de los de Chandler; pero, puede que esa fuera la única o principal concesión de Vázquez Montalbán a las reglas de los clásicos americanos, porque, por todo lo demás, el entorno, las historias y los personajes, la saga de Carvalho, en realidad su autor con muchos kilos de menos y hasta la vida sexual que le hubiera gustado tener a éste, es una genuina crónica de la España de la Transición y sus postrimerías. Claro que Carvalho, Biscuter y la Charo resultan cercanos, reconocibles, muy de aquí; y otro tanto los personajes marginales, verdadero lumpen antes que otra cosa, de Madrid o Martín, e incluso el inspector Méndez de González Ledesma, a modo de antihéroe, de contrapunto de los implacables y eficaces detectives e inspectores de policía americanos. De hecho, podemos afirmar sin tapujos que Méndez y los quinquis o delincuentes aficionados de Madrid o Martín entroncan más con la tradición literaria española de la picaresca que con la del género negro clásico; al menos yo los reconozco más a la altura del Buscón de Quevedo o el Guzmán de Alfarache de Mateo Alemán que con la de Sam Spade o Phillip Marlowe; como que para empezar me cuesta menos escribirlos.

A decir verdad, y creo haberlo apuntado aquí en otra ocasión, en otro artículo o amago de, la novela negra española, cuando de verdad quiere ser española y no mero calco de otras, se me antoja la versión actualizada de la picaresca del Siglo de Oro, y eso porque a falta de detectives o inspectores verdaderamente glamurosos, esto es, creíbles, tenemos esencialmente tipos como Méndez; a falta de verdaderos serial killer o tramas criminales de auténtico fuste, tenemos meros pandilleros de gatillo fácil y tramas criminales con tratantes de ganado metidos a contratistas y políticos; en vez de mafia a lo Soprano, tenemos concejales de urbanismo. Esa es la España negra que se hace cercana, la que aparece a diario en la prensa y sobre todo la que se intuye más allá de ésta o pese a ésta.

Y sin embargo, reconozco que esta visión sobre lo negro en España resulta demasiado prejuiciada por mi parte. Algo así como si fuera mi propio bagaje socio-cultural, con las tempranas y preceptivas lecturas del Lazarillo, el Buscón y compañía, amén de todos los Mortadelo y Filemón leídos y releídos, “re-reídos” más bien, junto con la nociva influencia del cine comercial español a lo Pajares y Esteso o Tony Leblanc y sus timadores que uno consumió con profusión de chaval, así como por culpa de la lectura de la prensa diaria y el programa de las mañanas de Susana Griso mientras desayuno en una cafetería, el que condiciona mi mirada sobre lo negro en España. Una mirada tan subjetiva como generacional que da en que lo cercano siempre me parezca o huela a Torrente y similares, a chapuza o chanchullos, palabras extremas y hasta entrañablemente patrias, casi que idiosincráticas, o sin el casi. Una mirada que por eso mismo, por generacional, puede que contraste, chirríe y hasta ofenda a todos esos españoles que se dicen desacomplejados, que se sienten homologados al resto de nuestro entorno europeo u occidental, que aseguran que nada de lo que ocurre aquí tiene que envidiar a lo de fuera, que en todas partes consumen habas y hasta de la misma variedad, que lo torrentiano es sólo la versión actualizada y vulgar del esperpento valleinclanesco de los malos españoles de turno que siempre cagan en su propio nido. Son las nuevas hornadas de lectores a las que también les resultan cercanos, reconocibles, como si alternaran con ellos a diario, los inspectores franquistas con corazoncito y las inspectoras de la policía local con marido perfecto y americano que resuelven casos al estilo CSI, mientras comen delicias de la tierra que las vio nacer y ven seres mitológicos entre los matorrales sin tener que consumir hongos alucinógenos, las parejas de picolos que lo mismo podrían estar en un control de carretera como dando una conferencia en Harvard, otro tanto los Phillip Marlowe con acento gallego o las jueces de clase alta para las que los conflictos de la gente “humilde” no tienen secretos porque para algo son más listas, independientes y estilosas que el puto vulgo con el que les ha tocado bregar en provincias y así.

De modo que sí, no discutamos, lo de la cercanía además de harto subjetivo también es conflictivo porque nos lleva de alguna manera a la eterna dualidad española, esto es, de cabeza al bando de cada cual, o lo que es lo mismo, a la descalificación del otro porque no ve las cosas como nosotros, no comparte nuestras cercanías.

                                                  

© Txema Arinas - Todos los derechos reservados

Licenciado en Geografía e Historia. Novelista y Ensayista. Escritor. Columnista y Corresponsal en Asturias y Euskadi de Solo Novela Negra