Dónde ocultar un cadáver

Dónde ocultar un cadáver

Oct 4, 2017

MIGUEL IZU

Lo decidí el mismo día en que Elvira anunció que, de momento, no pensaba jubilarse. Había albergado la esperanza de no tener que aguantarla más a partir del día en que cumpliera sesenta años, le había oído más de una vez hablar de sus planes para la jubilación, pero llegado el momento dijo que había hecho cuentas y que prefería esperar a los sesenta y cinco. Tenía muchos gastos y, en realidad, le gustaba trabajar. Supe que no era capaz de sufrirla otros cinco años. Solo llevábamos tres años trabajando juntos y ya me resultaba insoportable. Si hubiéramos trabajado en alguna de las dependencias donde había que guardar cierto silencio hubiera sido tolerable. Pero trabajábamos en el sótano, en la sección de catalogación, y allí no había norma alguna que pusiera límites a su locuacidad.

Durante más de siete horas al día no paraba de hablar. Si no hablaba con alguno de los compañeros que compartíamos la misma sala, hablaba sola, comentándose a sí misma la marcha de su trabajo. “Bueno, pues esto ya está”, “vamos a por otro”, “vaya, mira qué tenemos aquí”. Pero durante la mayor parte de la jornada laboral prefería contarnos su vida. Ya conocíamos con todo detalle su feliz infancia, su problemática adolescencia, sus años de estudio, su estancia en Inglaterra, su matrimonio, las manías de su marido, la triste enfermedad y muerte de su suegra, la cesárea de su segunda hija, la ortodoncia del pequeño, la mala suerte que tuvo en las oposiciones las tres primeras veces que se presentó, lo poco que le gustaban los novios de su hija mayor. También recibíamos puntual comentario sobre todos los libros que leía, todas las películas que veía, sus series de televisión preferidas y todos los hoteles donde se alojaba cuando se iba de vacaciones.

Conocíamos sus opiniones políticas, su ausencia de creencias religiosas pero su afición a los fenómenos parapsicológicos, sus gustos en cuanto a colores, sus números favoritos y los problemas conyugales de su hermana. Sabíamos cuándo le dolía la espalda, cuánto le subía el colesterol, qué medicamentos consumía, qué consejos le daba su médico de cabecera. Su tema principal de conversación era siempre ella misma. Era lo suficientemente egocéntrica como para no darse cuenta de lo pesada e inoportuna que era casi siempre y resultaba inmune a las indirectas. Pero lo peor de su incesante cháchara era su voz. Tenía una voz aguda, chillona, desagradable y absolutamente cargante. La cosa empeoraba si hablaba con terceras personas por teléfono ya que, además de repetir las mismas historias que ya nos sabíamos, gritaba como si todos sus interlocutores fueran sordos.

Yo había intentando obtener el traslado. A cualquier parte, con tal de no tener que verla todos los días laborables y, sobre todo, con tal de no escucharla. No había manera. Con la crisis y la congelación de plantillas no se convocaban plazas, no se ofertaban vacantes, no había traslados. Todo estaba parado. Hasta pensé en pedir una excedencia e irme, pero, ¿a dónde? No estaba la cosa nada fácil para encontrar otro trabajo. Y necesitaba seguir comiendo todos los días.

Así que tuve que adoptar una medida desesperada, la única posible para no acabar más desquiciado de lo que ya estaba. He de reconocer que durante algunos días, mientras lo planeaba todo, el constante parloteo de Elvira empezó a molestarme menos, sobre todo porque apenas la escuchaba. Estaba concentrado en imaginar paso a paso lo que iba a hacer. Decidí que iba a ser en el mismo lugar de trabajo ya que no coincidía con ella en ningún otro. Iba a ser mucho más complicado seguirla para encontrar otro sitio a propósito, lo descarté. Es siempre más seguro contar con lo conocido. Decidí también que el momento propicio era al salir de trabajar. Normalmente, ella se quedaba la última. Hasta que no quedara nadie más a quien dar la lata no veía el momento oportuno para empezar a recoger sus cosas e irse. Yo solía irme de los primeros, en cuanto el reloj señalaba que era hora de salir, para aliviar cuanto antes el dolor de cabeza que normalmente me habían producido varias horas seguidas de oír su voz.

Pero ese día esperé y logré quedarme a solas con ella. Fichamos la salida y entramos juntos en el ascensor que, desde el segundo sótano, nos llevaba a la planta baja. Yo entré delante y fingí que había pulsado el botón del sexto piso por error. Mientras subíamos, saqué del bolsillo la cuerda que llevaba preparada, le rodeé el cuello aprovechando que me daba la espalda y apreté con todas mis fuerzas hasta que murió asfixiada. Para entonces, ya estábamos en la planta sexta. Lo único que me quedaba era ocultar el cadáver.

Desde el principio tenía decidido que iba a ser en el mismo edificio, trasladarlo a otro lugar era complicado y peligroso. ¿Cuál era la zona menos frecuentada, donde podía pasar más tiempo hasta que alguien descubriera el cadáver? Por descontado, ni el sótano donde trabajábamos ni la planta baja. Allí estaba la entrada, el guardarropa, la sala de proyección, los ordenadores, la cafetería y la zona de exposición de novedades. Por allí pasaba mucha gente todos los días. El primer piso, tampoco. Allí estaban las obras de referencia, diccionarios, enciclopedias, la prensa, y, aunque apenas utilizaran nada de eso, los estudiantes desde hacía muchos años habían tomado la costumbre de llenar la sala de lectura. En el segundo piso había menos gente, pero siempre había alguien. Allí estaba la sección de arte, pintura, escultura, arquitectura, fotografía y cinematografía. Hay gente para todo y las obras se consultaban mucho para trabajos de investigación, lo mismo de nivel escolar que universitario. El tercer piso tenía menos usuarios, pero fieles. Gente erudita, profesores, doctorandos, escritores que se documentan. Allí estaban las secciones de historia, geografía, biografía, etnografía, sociología, religión. La cuarta planta era más popular ya que estaba consagrada a la literatura contemporánea. El lado donde se ubicaba la poesía no solía estar muy concurrido, pero el de narrativa tenía un continuo trasiego de personas. La quinta no recibía tantas visitas, pero también solía tener movimiento; allí reposaban los clásicos. La sexta y última planta era el lugar ideal. Allí estaba la literatura en otras lenguas. La parte de los libros en inglés, francés o alemán atendía cierta demanda de estudiantes de idiomas, pero al fondo del todo había una sección, adecuadamente separada, de obras en latín y griego. Allí únicamente solían entrar, una vez a la semana, los empleados de la limpieza. Había consultado los registros, la última vez que alguien había solicitado en préstamo algo de aquella sección había sido hacía tres años.

Arrastré el cuerpo inanimado desde el ascensor hasta el fondo, hasta los aseos situados junto a los libros griegos. Afortunadamente, Elvira había sido pequeña y delgada. Lo dejé en un armario destinado a productos de limpieza que estaba vacío, no se utilizaba. Podían pasar meses, o años, hasta que alguien lo abriera. Volví al ascensor, bajé a la planta baja y abandoné la biblioteca.

Conoce al autor del relato:

Miguel Izu (Pamplona, 1960) Doctor en Derecho y licenciado en Ciencias Políticas y Sociología. Funcionario del Gobierno de Navarra, vocal del Tribunal Administrativo de Navarra. Ha ejercido como abogado y como profesor asociado de Derecho Administrativo en la Universidad de Navarra y en la Universidad Pública de Navarra. Ha colaborado con la Escuela de Policía de Cataluña y colabora regularmente con la Escuela de Seguridad de Navarra. Ha sido concejal del Ayuntamiento de Pamplona, presidente de la Mancomunidad de la Comarca de Pamplona y miembro del Parlamento de Navarra. Colabora asiduamente en diversos medios de comunicación (principalmente, en Diario de Noticias y Solo Novela Negra) y revistas profesionales. Secretario de la Asociación Navarra de Escritores/as-Nafar Idazleen Elkartea.

Novela: El asesinato de Caravinagre (2014); El crimen del sistema métrico decimal (2017).

Ensayo: La Policía Foral de Navarra (1991), Navarra como problema. Nación y nacionalismo en Navarra (2001), El Tribunal Administrativo de Navarra (2004), Derecho Parlamentario de Navarra (2009), El régimen jurídico de los símbolos de Navarra (2011, VII Premio Martín de Azpilicueta), El régimen lingüístico de la Comunidad Foral de Navarra (2013).

Recopilación de artículos de prensa: Sexo en sanfermines y otros mitos festivos (2007), Crisis en sanfermines y otros temas festivos (2015).

Texto ©  Miguel Izu-  Todos los derechos reservados

Publicación ©   Solo Novela Negra – Todos los derechos reservados


 

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