FUMA, FUMA – de Fernando Gracia Ortuño

FUMA, FUMA –  de Fernando Gracia Ortuño

FUMA, FUMA – de Fernando Gracia Ortuño

Ago 11, 2017

Las Palmas| Miguel Angel Contreras B.|

   FUMA, FUMA

por Fernando Gracia Ortuño

 

 

A veces la imbecilidad humana es tan recalcitrante, obtusa, cerril y cafre, que te obliga, en cierto modo, a poner el grito en el cielo ante semejante exabrupto, cada vez que el mundo te lo reproduce en alguna de sus múltiples y variadas manifestaciones. ¡Es una auténtica barbaridad! Luego sucede que, ante el dichoso grito, la protesta, la queja o reivindicación, siempre aparece alguien con su ‘alipori’ por tu comportamiento supuestamente anti reivindicativo.

Es un absurdo como tantos otros en esta vida. La culpa por el comportamiento del otro recae, absurdamente y como por inercia, sobre ti. El otro, el mundo, la sociedad, permanece inane, ignaro de todo. Parece increíble, pero es así. De otro modo no seríamos la especie más absurda, estúpida y necia sobre la paz de la tierra… ¡Yo es que no me lo explico!

Todo esto, de no ser porque pertenezco a la Brigada Policial de Control de Calidad en los Alimentos, me preocuparía a lo sumo. Sin embargo, como podrán comprobar, me tiene sin cuidado. Les pongo un ejemplo:

Desde hace varias semanas, estamos investigando -en la fábrica-, el caso de un tipo un tanto guarro. No sólo es sucio, sino también insociable y terco como una mula cuando le llamas la atención por alguna tropelía alimentaria. No sólo hace lo que le da la gana, sino de la forma más chapucera. No atiende a razones, y, sin embargo, helo ahí, trabajando -bueno, trabajar, trabajar, sería un decir-  en una de las empresas de alimentación más importantes del Estado. ¿Cuántas veces le habremos dicho que se ponga la mascarilla y los guantes para manipular los alimentos? Millones. ¿Por qué siempre hace lo que le sale de las narices? ¿Será porque tiene algún chanchullo, o es el hijo de alguien, un enchufado?, yo qué sé… Lo que está claro es que no se puede pasar las sagradas normas alimentarias del APPCC por el forro. Tendrá que asumir las consecuencias tarde o temprano.

Ante la enésima impertinencia del tipo, como comprenderán, fui a hablar con el comisario del sector. Me dijo que tirara adelante con el plan disciplinario correspondiente.

Fui con mi compañera, que tiene cinco cinturones negros en distintas artes marciales. La sala de envasado estaba en ese momento con el pase de las bandejas de alimentos antes de meterlas en el auto clave. Todos los manipuladores de alimentos se me quedaron mirando, pero yo seguí el protocolo disciplinario. Llamamos al tipo por su nombre, pero no nos atendió, como si estuviera sordo o pasase olímpicamente, siguiendo a nuestro pesar con su tarea de emplatado. Entonces lo llamamos por el mote. Mi compañera gritó, y se paró en seco la cadena, pues la encargada había pulsado el interruptor de la cinta de caucho:

—¡Pelambreras! Venga un segundo aquí, por favor. —ordenó. El tipo se acercó remoloneando y mirando a ambos lados de la cinta, como buscando complicidad ante el abuso de la autoridad, y luego, una vez frente a nosotros, bufó de mala manera:

—Joder, ya estamos otra vez con los mismo. ¿Se puede saber qué pasa ahora? ¡Siempre estamos igual con las dichosas normas de higiene y seguridad alimentaria!

—Ni joder ni nada, Pelambreras —intervine-. ¿Cuántas veces te he dicho que te cortes esos pelos asquerosos que te salen como matojos de las narices? ¿No te das cuenta que no puedes trabajar con esas asquerosidades llenas de mucosidades que te llegan casi hasta la boca? ¿Cuántas veces te lo tenemos que decir? ¡Y encima el tío ni se pone la mascarilla! ¡Viva la Pepa! ¿Y no te hemos dicho mil millones de veces, además, que no se puede fumar aquí, ni mucho menos en estos momentos, justamente? ¡Es increíble, de verdad! ¡No sé lo que tendremos que hacer contigo, Pelambreras!

—¡Si es que es una mierda esto de ponerse la mascarilla, no puedo respirar! —protestó displicente, aunque plenamente consciente de sus continuas negligencias—. Y si ni siquiera podemos fumar a escondidas un pitillo…

—¿A escondidas, bribón? Ya sólo faltaría que tiraras la colilla en la comida, hijo de perra.

El tipo, ante la afrenta, se puso a gritar como un loco perseguido, emitiendo todo género de improperios con el fin de exculparse él ante todo, tachándonos por el contrario a nosotros de maleducados, inoportunos y “buscabroncas”. Era increíble el tipo este, todo un espectáculo de artimañas lleno de picardías. Encima los reprendidos fuimos nosotros, a los que nos pretendía dejar mal ante los demás. Así que, de mutuo y tácito acuerdo, en un momento dado, lo cogimos de los hombros, y lo llevamos en volandas casi hasta el cuartito de los correctivos exprés. Mi compañera, al llegar, en seguida le hizo una llave y lo inmovilizó. Pero él se comenzó a reír de nuevo. El tipo se resistía al principio, pero luego se puso a gruñir unos segundos, extrañamente. Luego se carcajeó abiertamente. Sin embargo, su alegría malsana no duró mucho tiempo. En menos de quince o veinte segundos lo teníamos atado a la silla, un artilugio que nosotros, jocosamente, llamamos potro, pero que a él, por lo visto, (pues se cachondeaba de nosotros), no le parecía tal:

—¿Qué vais a hacer ahora, ¿eh? ¿Me vais a torturar? ¡Ja, ja, ja! ¡No me lo puedo creer! ¡Deja que ella me lo haga sola, idiota! ¡Aparta tus manazas de mí, hijo de puta! ¿No ves que será más divertido? ¡Ja, ja, ja!

Ante semejantes muestras de buen humor, le solté dos puñetazos en toda la boca. Comenzó a sangrar como un cerdo. Ya no reía tanto. Parece ser que la risa se le estaba comenzando a atragantar.

—Escucha, bastardo, te tenemos dicho desde hace siglos que la comida del personal es sagrada, y tú te lo tomas a cachondeo.

—¡No, Mari, no! ¡Para, para…!

Continuó gritando unos segundos de la manera más aberrante. Pero era tarde ya. Allí, inmóvil en la silla y sin poder evitarlo, el Pelambreras, exorbitando mucho los ojos como un loco, estaba viendo impotente cómo la Mari se le acercaba con unas tijeras de cirujano, y sin poder él evitarlo con todas sus fuerzas, forcejeando desesperadamente contra el asiento, sabía lo que iba a ocurrir inexorable, implacablemente. En menos tiempo de lo que canta un gallo, su rostro se quedó sin pelos en la nariz, no, qué digo: sin nariz, pues la Mari se la arrancó de cuajo, justo en el momento en que el tiparraco comenzó a gritar como un enajenado y un chorro de sangre comenzó a manar como si se tratara de una tubería de una fosa séptica.

—¡A ver, Pelambreras!, ¿no te estabas riendo hace un momento como un malnacido, hijo de la gran puta? ¿Qué es lo que te hacía tanta gracia, bellaco? Siento curiosidad. Venga, dímelo. Ahora, sin embargo… Ahora te vamos a invitar, Pelambreras, sucio cabrón, no sólo vas a reír y comerte tu sangre al mismo tiempo, ahora te vamos a invitar a fumar unos pitillos para despedir alegremente esta velada tan bonita. Te encanta fumar, ¿no?, estoy seguro que me lo agradecerás. Ponle los cigarrillos en la boca a este cerdo, Mari.

La Mari, que ya traía unos cien cigarros que empotró de un golpe certero contra la boca abierta y rezumando sangre del Pelambreras, se puso a remedar la risa tonta del Pelambreras, cuando éste se sacudió de su asiento, tratando de escabullirse o evitar lo que íbamos a hacer después. Con la boca llena y la nariz convertida en un manantial sanguinolento, apenas podía respirar, gimiendo y debatiéndose cada vez más. Entonces cogí el pequeño lanzallamas que tenía preparado y le encendí los cigarros. Al tipo le costaba respirar, entre la sangre, el humo, y los propios cigarros.

    —¡Vamos, Pelambreras! ¿Hace un pitillo en horario laboral? ¿Te gustaría contaminar un poco el ambiente y fastidiar a todo el mundo con tu humo? Pero… otra cosa: ¿Vas a respetar las normas de ahora en adelante? ¡Juma, Juma! ¡Qué saludable, por Dios! ¡Por lo menos va a alargarte la vida unos diez años más, Pelambreras! ¡Venga! ¿Vas a respetar las normas ahora? ¿Vas a respetar al prójimo? —pero el tipo estaba tan abotargado que no atendía a razones.

Le hice la señal convenida a la Mari, y ésta cogió el tablón de un metro y medio del largo que teníamos preparado y le incrustó, con una potencia espectacular, semejante golpe en toda la jeta al tiparraco éste del Pelambreras, que todo, bicharraco y silla cayeron al suelo al unísono. Enseguida nos dimos cuenta que el impresentable del Pelambreras se había tragado todos los cigarros de una tangada con el impacto.

—Me temo que no, Fran. Esta vez sí que ya no… Por una vez se ha tomado las normas de Seguridad e Higiene Alimentaria al pie de la letra, quitándose de en medio…

—Mejor, un hijo de perra menos… Ahora nos echarán la culpa a nosotros de todo. Y con razón… ¡Ja, ja, ja!

—Pero, Fran, sabes que la sangre de este cerdo nunca llegará al río para la organización.

—Todo es posible. Chi lo sa…

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