La loca del muladar

La loca del muladar

La loca del muladar

por | Ene 28, 2017

 

La loca del muladar 

Por Fernando Gracia Ortuño

 

La loca_imagen 1Supongo que, cuando aquella vieja se quitó de en medio, nada cambió en el barrio. El mundo continuó girando sin ella, pero a partir de entonces hubo menos chistes sobre su supuesto embarazo en el descampado. Recuerdo que algunos años antes había estado jugando con unos amigos precisamente en el lugar donde se había tirado a las vías del tren, justo en ese mismo sitio. Un pastor alemán muy grande, que alguien había colocado encima de una vía estaba partido por la mitad, en medio de un charco de sangre. Unos turistas muy sonrientes miraban por aquél entonces por las ventanillas, ignaros, ilusionados y haciendo conjeturas, tal vez. Seguramente estarían pensando en el tiempo que quedaba para llegar a la estación y luego divertirse, una vez llegados a su destino. Era, pues, más que probable que llegaran para visitar los encantos turísticos de esta ciudad medieval, museos, cafeterías, actos culturales y todas esas cosas que nosotros ni siquiera nos podíamos imaginar. Se me ocurrió llamar su atención. Fue todo como premeditado, inconsciente. Desde el ribazo llamé su atención y comencé a señalarles el perro partido, haciendo muecas, justo debajo de la ventanilla. Los gritos de las chicas aquéllas todavía los conservo en la memoria como sinónimos de desorientación. Una se mareaba y vomitó por la misma ventanilla en la parte superior del perro partido, justo al lado del cuello.

La loca, justo en aquéllos momentos, estaría seguramente haciendo el ridículo en el pueblo, o montando algún escándalo sonado lejos de allí, llamando la atención por toda la barriada, gritando, desgañitándose o desnudándose, ostentando su voluminoso e impúdico vientre a punto de reventar, mientras unos inhumanos alaridos se propagaban a los cuatro vientos: su hazaña, el sentido mismo de la vida que esgrimía sin decoro, pero sólo para llamar la atención, su orgullo más íntimo mostrado allí impúdicamente, al sacudir del sosiego e insultarnos con ello a todos, haciendo todo tipo de chaladuras extravagantes para escandalizar, ofender o alterar a los transeúntes. Darles a entender que pronto iba a nacer la criatura, su sol, su sentido y su vida entera. La gente le daba comida, hablaba escuetamente con ella unos segundos, con tal de sacársela de encima lo antes posible, huir como de la peste, sobre todo en los comercios a pie de calle, donde alguna mujer que estaba comprando verdura o pasta, incluso se apiadaba a veces de aquella pobre desquiciada que se creía embarazada, henchida de ilusión, y que hacía todo tipo de aspavientos para darlo a entender. Los críos nos burlábamos si piedad de ella, porque nadie nos había enseñado otra cosa, los hombres más cínicos le escupían al pasar a los pies, para provocar quizás en ella uno de esos monumentales cabreos apoteósicos, tan sonados que luego comentaba todo el mundo entre corrillos, para reírse y escarnecer a la pobre loca del embarazo psicológico.

lo loca..imagen_2Una vez, recuerdo, mi amigo me contó que había ido con su madre a visitarla a la chabola. Estaba a un par de kilómetros campo a través. Hay que decir que la madre de mi amigo tenía amistad con ella desde que eran jóvenes y había asistido por tanto al lento proceso de su embarazo irreversible, así como al de su pérdida paulatina e inexorable de juicio. Si aquélla, por tanto, les había invitado a macarrones con tomate, ello se debía a algún extraño vínculo apaciguador que las relacionaba todavía como en aquél entonces, cuando todo estaba bien y ambas trabajaban juntas. Yo le pregunté a mi amigo y compañero de clase, mofándome, si estaban buenos los macarrones de la loca, si le habían gustado; a lo que éste, sorpresivamente, me contestó que sí. Por lo visto, tabiques de ‘polispán’ y puertas de conglomerado para adentro, la vieja estaba muy bien organizada, y a pesar de tener la casa llena de basura, oler todo a muerto en el pequeño recinto de muladar, si sabías contener la respiración te dabas cuenta que la vieja sabía organizarse para cocinar. Sabía hacerlo, me repetía mi amigo. Había que comerlos fuera de su chabola, nada más. Pero yo para aquél entonces no le hacía caso, no le escuchaba, no quería pensar en ello para que no me entraran arcadas. Por el barrio nadie se acercaba jamás más allá del descampado de las vías del tren, donde estaban los basureros y los yonquis se iban a pinchar con todo el descaro. Las pocas chabolas que había convivían día a día con el espectáculo más deprimente, el frío y la sordidez más inhumana, y eso es algo a lo que nadie se quiere acercar, ni siquiera con el pensamiento.

Por eso, el día en que se encontraron destrozada bajo las vías del tren a la loca del muladar, nadie se sorprendió ni hizo muchos comentarios, nada. Nadie le dio muchas vueltas tampoco al asunto. Ninguna importancia. No hubo revuelo apenas, ni policías investigando el supuesto suicidio; nadie se inmutó ni se cuestionaron siquiera los posibles cortes por todo el cuerpo que la pobre infeliz esgrimía, al margen de los ocasionados por las ruedas metálicas y las vías implacables del tren. Enseguida se olvidó el asunto aquél del atropello de la loca del muladar y su hijo fantasma imaginario. Por lo visto se lo llevó con ella, junto con todas sus carencias y desgracias miserables. Y con ellos, supongo, desaparecieron también las burlas, los choteos despiadados y los demenciales escarnios de los catetos del pueblo.

 

 

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Escritor.

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