La noche mas salvaje, de Fernando Gracia Ortuño

La noche mas salvaje, de Fernando Gracia Ortuño

La noche mas salvaje, de Fernando Gracia Ortuño

Ago 4, 2017

Las Palmas| Miguel Angel Contreras B.|

La noche más salvaje

por Fernando Gracia Ortuño

 

 

Esta historia es tan cierta que nunca la pude contar a nadie sin sentir una oleada de rubor e impotencia. Se desarrolla en una época en que las calles estaban llenas de peligros y acechadas por todo tipo de indeseables. Por aquél entonces, la vida de un chaval valía muy poco. Aquella noche habíamos ido a llevar unas llaves a casa de la hermana de un amigo mío del barrio. Al regresar, sin apenas darnos cuenta hasta que estábamos metidos prácticamente dentro del corrillo, nos vimos de pronto rodeados por una pandilla de punks armados con cadenas, navajas y artilugios de todo tipo. Tenían una pinta espantosa, en el peor sentido de la palabra. Me di cuenta enseguida de lo rápido e imperceptible que puede llegar a ser el azar más nefasto. En esos momentos tan sólo deseas no haber  pasado jamás por allí, que nunca hubieras salido de casa esa tarde, o que sea un sueño, que no sea verdad lo que te ha deparado la suerte con su funesto velo invisible y negro. Pero por mucho que te desesperes, sabes que no podría haber sido de otra forma. Estás allí, ese es el caso y ningún otro, y nada te puede ahora hacer volver sobre tus pasos; sencillamente porque es imposible, pues no es verdad, nunca más volverás a ser el mismo. Los acontecimientos, a partir de esos instantes frenéticos de dudas y veloces pensamientos, se sucedieron muy veloces.

Mientras miraba a mi amigo con desamparo, recibí el primer golpe en el pecho, contundente, (no se andaban con chiquitas, y simplemente habían salido a cazar), y entonces pude fijarme, con un atisbo de aplomo, en los miembros de aquella manada. Estaban como idos, las miradas aberrantes, locas, como extasiadas en el mismísimo odio, los ojos enrojecidos y el aliento a licor barato; todo parecía hacerme creer como si de esos ojos restallantes, unos extraños visos de odio y sadismo nos envolverían en breve y nunca más sabríamos lo que es el despertar, ni volveríamos a ver, claro está, a ninguno de nuestros seres más queridos.

Cuando empezaron a abofetearnos, quitándonos las carteras de los bolsillos y gritando de aquella manera tan metálica, me hice cargo de la situación, consciente de que de aquella no salíamos. Se me hacía difícil respirar, el pavor me colapsaba e impedía casi moverme en libertad, apenas me daba cuenta del efecto que me causaban esos alaridos. En un momento dado me fijé que en el suelo yacía un joven agonizando en medio de un charco de sangre. Casi perdí el conocimiento, inmerso en el mar del enervamiento total: los siguiente íbamos a ser nosotros. Nunca en la vida fui tan consciente de la muerte como entonces, y de que en pocos minutos estaría justamente allí, en el otro barrio, dondequiera que pululan o simplemente vegetan los que sucumben, si es que estos extraños seres existieran por casualidad después de esta vida.

El que parecía el jefe, con una cresta negra, unas pulseras con remaches en punta metálica y la hoja del machete en el cuello de mi amigo, le intentaba, forcejeando, sustraer el reloj. En ese momento mi compañero tuvo un chispazo y salió disparado, no sé, la verdad, cómo lo hizo, deshaciéndose rápidamente del grupo. En un santiamén, estaba corriendo también detrás de él, mientras una zarpa se sujetaba de mi hombro, se volvía a soltar y luego se agarraba de nuevo, y así una y otra vez, como en una pesadilla: uno de ellos me seguía a la zaga, no lograba deshacerme de él. Aceleré todo lo que pude hasta que logré sacarle unos metros, tropezó, no me lo podía creer, apreté más todavía, enseguida llegué al puente de la Meridiana, donde por fin lo perdí de vista. Continué, a pesar de todo, esprintando varios kilómetros más hasta llegar a casa.

Sí, lo recuerdo como si fuera hoy. Me despierto muchas veces en medio de la noche, empapado en sudor, con el rostro salvaje de aquellos energúmenos pegado al mío, gritando como locos, sacudiéndome de pronto, exacerbando y poniendo a prueba la racionalidad. Aunque sé muy bien que no es una pesadilla, no, sin embargo, hoy en día me gustaría volver por aquellos lugares del pasado, que todo volviera a la situación de entonces con mi yo actual, con mi escopeta recortada disimulada entre el abrigo y la manga del pantalón y mi mágnum 45 en la sobaquera

A ver si se hacían tanto los chulitos, a ver si fardaban de superioridad, a ver si se columpiaban en el abuso de poder como entonces, a ver si se reían como se rieron aquella noche, emitiendo esas carcajadas ásperas y salvajes, regocijantes, inhumanas, esas risas crueles, sádicas, que sólo pueden tener los seres más desnaturalizados, el regocijo sonoro que sólo puede recordar los sonidos estridentes de las hienas, cuando salen a cazar, en medio de la noche,  alguna de sus víctimas desprevenida.

Texto ©  Fernando Gracia Ortuño – Todos los derechos reservados

Publicación ©   Solo Novela Negra – Todos los derechos reservados


 

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