La sinrazón de Job, por Miguel Ángel Carcelén

La sinrazón de Job, por Miguel Ángel Carcelén

La sinrazón de Job, por Miguel Ángel Carcelén

Jun 17, 2017

Miguel Ángel Contreras | Las Palmas de Gran Canaria | Jefe de Redacción

Soñé que él estaba soñando conmigo… ¿Qué quieres? A veces, entre tantos sueños, se nos cuela uno que no tiene nada que ver con la vida real.

Gabriel García Márquez 


Vio cómo el hombre, al salir, escondía la llave en el primer tiesto de claveles del soportal. Casualidad, simple casualidad. Eso era la vida, el reverso de un tapiz tejido con casualidades. No sabía quién podía ser el individuo trajeado que con tanto sigilo había desaparecido de la escena. Sí sabía, en cambio, que dentro de la casa estaban Beatriz y su hija. Mil tardes vigilando cualquier movimiento mínimo de las cortinas para atisbar, aunque fuera un segundo, el rostro de la mujer no le habían servido nada más que para consumirse, para alimentar dudas e invertir en impaciencia, y esa madrugada, el epílogo de una borrachera que se prometía memorable y se quedó en etílico remojo de úlcera, el azar le brindaba una oportunidad que ni en la más osada de sus fantasías se hubiera atrevido a aventurar. Esa provocadora iba a tener lo que se merecía. Un buen susto. Tal era su pensamiento incluso cuando sintió la tos de la chiquilla en el pasillo. Había tardado más de diez minutos en entrar ralentizando los movimientos, conteniendo la respiración, apagando con su cuerpo el chirrido de los goznes de la puerta. Todo eso para tropezarse con la hija nada más dejar atrás el vestíbulo. Fue un acto reflejo, un puzle necesario, una secuencia de inicio y final preciso: el asombro en los ojos de la pequeña, su conato de grito y el puñetazo del intruso ocuparon la misma porción de espacio y tiempo. No cayó con la gracilidad que cabía suponer a un cuerpo tan pequeño, más bien se derrumbó con un estrépito que la soledad del pasillo redobló. Y quiso no dejar paso al silencio intentando un grito que se le ahogó en el mismo comienzo de la garganta, boqueando como pez en nasa distinguió el sabor de su propia sangre, el hilo rojo que unía nariz y boca, por más que ella imaginase que eran lágrimas equivocadas lo que le humedecía el rostro. El hombre golpeaba con fuerza para callarla, sin saña ni pericia, alarmado, impotente, rabioso porque aquel imprevisto iba a acabar con lo que tanto deseaba. Y continuó asestando patadas hasta que en el rostro de aquella muñeca no quedó simetría, hasta que el estallido de uno de los globos oculares se le metió y repitió en el cerebro como una letanía, hasta que unos brazos detuvieron los suyos con fuerza insuficiente… Estaba allí, Beatriz, pegada a su cuerpo, golpeando su pecho, alternando su mirada horrorizada entre el cuerpo de la hija y sus manos. Ya no quería darle un susto, sólo quería que saliese de su cabeza ese sonido acuoso de pelota que revienta, la quemazón de su estómago, de su esófago la hiel, la ginebra de su mirada, de su espíritu el deseo…, sin embargo pudo más la visión y cercanía de aquellas carnes prietas y blancas, de las transparencias de un camisón diseñado para ir vestida y desnuda a la vez. Siempre recordaría cómo la cogió en volandas para llevarla a la mesa, el modo en el que le desgarró la ropa interior, el estropicio de figuras rotas que contempló sus jadeos sobre sus muslos, sus pechos, su rostro… Y los Reyes Magos, descabezados y descamellados, arañando las palmas de sus manos.

Pues ¿cuál es la esperanza del impío cuando suplica, cuando hacia Dios eleva su alma?

Todas las noches soñaba con claveles y beleño; antes de la operación también incluía en sus oníricas excursiones nocturnas imágenes del belén de su infancia, especialmente el rincón en el que los pastores, como aburridos de tanto musgo artificial, elevaban la vista al cielo con un gesto que debiera ser de admiración ante la presencia de un ángel alirrojo -malamente suspendido, casi ahorcado, del techo con hilo de brabante- y que no alcanzaba a evocar sino rasgos de cretinismo. Pero eso fue antes de que los servicios médicos de la prisión autorizasen su traslado a la clínica oftalmológica donde intentaron remediarle un amago de desprendimiento de retina. ¿Acaso Dios escucha su gemido, cuando viene sobre él una calamidad? Ahora sólo soñaba con claveles y beleño. De noche. De día barajaba pesadillas dondequiera que encontrara un rincón en el que acuclillarse: en el patio, en la esquina del economato, en el comedor, en los tigres…, ¡Dios Santo!, dieciséis años, cuatro meses y cinco días y todavía le resultaba extraño utilizar el argot penitenciario, tigres por retretes, chabolos por celdas, boquis por funcionarios… Cinco mil novecientos sesenta y siete días de rutina casi invariable, de vigilias nocturnas y espejismos diurnos aguantados de cuclillas, en esa posición que tan ridícula e incómoda le pareció al entrar por vez primera en un patio y de la que ahora no podría prescindir. La quemazón que producía en los gemelos y el desgarro en las rodillas cedió a las tres o cuatro semanas de adoptarla. Esta es la suerte que al malvado Dios reserva, la herencia que reciben de Sadday los violentos. Rutina incluso en la postura. No significó un cambio sustancial el que en la clínica certificaran el deterioro progresivo e irremediable de su vista. Lo único que echaría en falta sería la lectura de la Biblia, remedio que al principio se reveló eficaz para ahuyentar los delirios que lo habitaban y que muy pronto perdió efectividad. Si siguió dejándose los ojos entre las líneas muchas veces incomprensibles de aquel tomo al que cada vez faltaban más páginas por el empleo que hacían de ellas los demás presos como papel de fumar (“Es papel de arroz, muy bueno, páter, con estos rollitos la farlopa nos sale divina”, se burlaban) fue por castigarse, tal vez, o acaso buscando en la Palabra Revelada, como gustaba decir el ministro evangélico que los visitaba los jueves, una explicación a su pecado.

Aunque sean muchos sus hijos, son para la espada, y sus vástagos no tendrán pan con que saciarse. No le molestaba el apodo de páter, a decir verdad se lo había ganado a pulso, siempre recitando versículos funestos con la Biblia en la mano, incluso cuando los ojos ya sólo le servían para distinguir bultos borrosos y leer significaba hacer teatro y desesperarse ante la huida de esos desagradecidos gusanos retorcidos que otrora fueron letras. No le molestaba el apodo, en realidad nada le molestaba, ni siquiera los comentarios ácidos con los que todo el mundo lo obsequiaba, los médicos (“El único desprendimiento espontáneo del que el hombre es capaz es el de retina, y en usted la palabra se hace carne”, risas), los funcionarios (“¿Que va a perder la vista? ¡Qué pena! Bajo tierra tenía que estar hace un siglo el asesino ése. Más vista perdió su mujer, por no hablar de la criatura.”, y seguían las explicaciones a los funcionarios en prácticas que no conocían el crimen del páter), los compañeros (“No te preocupes, compi, que sólo te vas a quedar tuerto…, de los dos ojos, pero sólo tuerto”, más risas), la psicóloga (“Es normal que siga recordándolo, y en cierto modo beneficioso, es un proceso de aceptación-integración-redención. A fin de cuentas no todos los días se…, bueno, quiero decir que no siempre uno llega a…, ya sabe…, pues eso, que en el pecado ya va la penitencia, ¿me explico?”, alivio por haber resuelto la cuestión sin tenerle que decir claramente que se fastidiase por ser un homicida) Los que queden serán sepultados por la Peste, y sus viudas no los llorarán.

“Pues no parece mala gente”, era el comentario habitual que solían hacer los que visitaban el módulo por primera vez, aprovechando entonces quien más disfrutase oyéndose para repetir una cantinela que, pese a los años transcurridos desde su narración original, apenas había variado: “Fíate de las apariencias. El cornudo ése que tiene cara de no haber roto un plato en su vida se ha dedicado a romper vajillas completas. Poco menos que descuartizó a su mujer y a su hija porque sorprendió al amante saliendo de madrugada de su casa. Y lo peor del caso es que no llega a cornudo, llevaban meses sin verse, estaban en trámites de separación…, como el perro del hortelano, ya te digo, una mala bestia…, muchos estudios para luego cargarse a la propia hija, date cuenta de las pocas entrañas que hay que tener para matar a una chiquilla que es carne de tu carne…, y sacarle los ojos a las dos, y…, bueno, no te cuento porque aquello debió ser una carnicería…, ¡fíate tú!”

Era el más antiguo del módulo dos de penados, “tan antiguo como el solar”, zaherían los funcionarios. Una especie de profeta del desierto que formaba parte del paisaje al igual que las cámaras de vigilancia o los poyos que bordeaban la pista de baloncesto. Los presos más pendencieros ya no lo extorsionaban porque ninguna amenaza, ninguna paliza parecía sacarlo de su estado de letargo, es más, alguien llegó a decir que gozaba cuando le pegaban, y, secretamente él agradecía todo cuanto le hiciese sufrir porque el mayor dolor le parecía insuficiente para purgar su culpa. Si no hubiese sido por lo horrible de su crimen es más que probable que hubiese terminado despertando la compasión de los otros, o, al menos, el sucedáneo de tal sentimiento que en esas casas se estilaba.

Los funcionarios lo usaban de comodín, si la brigada de limpieza protagonizaba un plante y las aguas fecales rebosaban los sumideros ordenaban al páter que lo dejase todo como una patena; si había que completar una celda, allá lo enviaban; si era necesario asignar un interno de apoyo a otro recién ingresado con riesgo de suicidio en el páter recaía tan dudoso honor; por eso y por su antigüedad conoció a infinidad de compañeros de celda, por eso muchos de los que después se sumaron a las burlas sabían de sus noches de claveles y beleño, de sus ahogos bíblicos, de Beatriz, de las ovejas del pastor cretino que caminaban milagrosamente sobre el río de papel de plata. Si acumula la plata como polvo, si amontona vestidos como fango, ¡que amontone!: un justo se vestirá con ellos, un inocente heredará la plata. A cuantos quisieron oírla contó su historia, quebrantando una ley no escrita que obligaba a guardar silencio sobre asesinatos de niños y mujeres, sobre violaciones a menores, sobre abusos a deficientes. Fueron muchas las versiones que más tarde se comentaban por el patio, y no porque cada cual tergiversase la historia a su antojo añadiendo detalles que poco más cruel podrían hacer la narración, sino porque tantas fueron las versiones que el páter ensayó. A veces el entendimiento se le llenaba de espejos y tormentas y ofrecía un relato con olor a pus, macabro hasta lo indecible, cenagoso en sus extremos, como si la redención sólo pudiese venir de la mano de la imposible confesión de lo peor. “…el alcohol me tenía muy revueltos los ánimos, por mis venas sólo fluía ginebra y malos vientos que desembocaban a un tiempo en la cabeza empecinándola de venganza. Beatriz dijo que quería estar unos meses sola con la niña, repensándose lo nuestro, que fallaba algo…, y tanto la quería que lo acepté. Por ella habría hecho cualquier cosa, incluso no volver a verla si me apuras. Pero luego resultó que tenía un amante. Le vacié la cuenca de los ojos con una cuchara, que esa mirada no volviese a engañar a nadie nunca más; los terrores se vuelven contra mí, como el viento mi dignidad es arrastrada; como una nube ha pasado mi ventura; tiré de su lengua cuanto pude, hasta que los colmillos la rasgaron por ambos lados y se quedó como una marioneta desvaída a la que faltan cuerdas, para que de su boca no saliese ninguna falsedad más… Me ha tirado en el fango, soy como el polvo y la ceniza.”

Otras noches, entre claveles y beleños, citas ininterrumpidas del libro de Job y fogatas de barro que ardían sin consumirse y quemaban sin calentar esquinas de belén, introducía matices tiernos: “…no fue un crimen, incluso los psicólogos me lo han dicho, aquello fue misericordia, grito hacia ti y tú no me respondes, me presento y no me haces caso. Te has vuelto cruel para conmigo, tu mano vigorosa en mí se ceba; cómo iba a dejar con vida a aquella princesita si le faltaba su madre? Algo en mi interior me dictaba que acabase con su futuro sufrimiento, un pálpito me hizo saber que mataría a Beatriz; pues bien sé que a la muerte me conduces, al lugar de cita de todo ser viviente. Yo esperaba la dicha, y llegó la desgracia, aguardaba la luz, y llegó la oscuridad; le había comprado una lavandera para el belén, y unos patos para el estanque…; me he hecho hermano de chacales y compañero de avestruces. Mi piel se ha ennegrecido sobre mí, mis huesos se han quemado por la fiebre…; se quedó como dormida, como una muñeca rota, sin dolor…”

La última vez que contó su historia lo hizo con especial lentitud, recreándose en silencios que suplían detalles demasiado gastados y mudables. Su oyente era un paisano, el único con el que había compartido celda en tantos años de prisión, y tras las frases de rigor (Qué tal por allí, En qué barrio vivías, Pues no te conocía, vamos, creo no recordarte ni siquiera de vista, La ciudad está creciendo mucho, es normal, Pero tu cara, en cambio, me suena mucho…, ya sé, te estuve viendo en los periódicos mientras duró el juicio, y en televisión también salió tu caso en algún programa, creo…) se aplicó a la rutina de exorcizar los sempiternos demonios del recuerdo transformándolos en palabras, en frases, en párrafos que desalojasen durante un tiempo su cuerpo y llenasen otros oídos. “…no respiraba ninguna de las dos. En el juicio dijeron que Beatriz todavía estaba viva cuando le abrí el vientre, que de alguna manera fue consciente de que le ataba las manos con sus propios intestinos. No sé por qué lo hice, sí que sentía que sólo con horror podía sepultar tanto horror. Pues estoy lleno de palabras, me urge un soplo desde dentro. ¿Por qué le introdujo en la boca dos figuras del belén?, me preguntaban en el juicio, y yo recordaba sólo en esos momentos tales detalles que, con la distancia, me parecían menos macabros… figura de barro representando un pastor en posición recostada, de cinco centímetros de altura y…, ¿reconoce haberlo colocado sobre el pecho de su mujer? Y ya me daba igual contestar que sí o que no… No hay tinieblas ni sombra donde ocultarse los agentes del mal. ¿Admite haber utilizado esta cuchara para triturar los ojos de su hija?, sí, sí, sí…, a todo que sí para que no se regodeasen en más detalles. Y ya ves, paisano, quien a hierro mata, a hierro muere, ahora soy yo el que se ha quedado sin ojos…” A lo lejos se oyó el timbre que indicaba el cambio de guardia de los funcionarios. Si el páter hubiese podido ver se habría crecido con la satisfacción que sus palabras producían en el rostro de su nuevo compañero. “¿Y qué pasó después?”, inquiría una y otra vez, ansioso, no soportando los largos paréntesis que se sucedían ni las citas del santo Job, Dios no rechaza al hombre íntegro, ni deja vivir al malvado en plena fuerza. Me senté a esperar que lloviera alcohol desde una nube –proseguía el páter-, zarandeé a mi mujer, lloré a mi hija, me destrocé la cabeza contra el marco de la puerta del zaguán. “¿Y qué más?”. Me metí en la cabeza cada detalle para no dejar sitio a la imagen de aquella carnicería: el portarretratos con las fotos de mis suegros, el tapiz de angora, el portal del belén destrozado sobre la silla, el osito… ¿Sabes acaso cómo Dios los rige, y cómo su nube hace brillar el rayo? “… el reloj de cuco –continuó el nuevo ante el inciso del páter- la inscripción sangrienta en la pared, RIP, el tiesto con beleño…” La mención de la planta y la vehemencia con la que se dijeron las últimas palabras sacó al páter de su ensimismamiento; quiso saber cómo su paisano estaba tan al corriente de todo. “Por los periódicos, salió todo en los periódicos, ya te lo he dicho antes”, explicó. Ahí se acabaron las confidencias de la noche. Dio el páter las buenas noches y se acomodó en la litera, no obstante, esta vez no lo hizo para concitar a sus viejos fantasmas. Había sido casualidad, simple casualidad, pero a fin de cuentas eso era la vida, el reverso de un tapiz tejido con casualidades Aguardó media hora, una hora, dos horas, y cuando sintió la respiración profunda del compañero se deslizó a tientas hacia él, lo inmovilizó con el peso de su cuerpo y con la cuchilla retorcida de una maquinilla de afeitar le buscó la yugular. El otro no supo que se moría. “Seis mil veinticuatro días dándole vueltas a cada palabra que apareció en la prensa, a cada frase pronunciada en el juicio, a cuanto se dijo sobre aquello son suficientes para saber que jamás nadie mencionó nada acerca del beleño –le dijo al cadáver- Sólo podías saberlo por una razón, porque fuiste tú quien pasó la noche con Beatriz.” A continuación le cortó los párpados. “¡Derrama la explosión de tu cólera, con una mirada humilla al arrogante! ¡Con una mirada abate al orgulloso, aplasta en el sitio a los malvados!”.

Y luego se ahorcó, contrariado por no haber encontrado hilo de brabante y no divisar, según le faltaba el aire, a un grupo de pastores con cara de cretinos que asistieran a su suicidio.

Murió sin saber que acababa de matar al asesino de su mujer y de su hija, ignorante de que era él mismo el hombre trajeado que salió aquella madrugada de su propia casa tras haberse reconciliado con Beatriz. Tanta muerte se le metió en el alma que cuando regresó a las dos horas para regalarle a su hija la lavandera y los patos para el estanque del belén que le había prometido y se encontró con tanto espanto no tuvo ánimo suficiente para desmentir las acusaciones de quienes lo encontraron con las manos ensangrentadas acunando el amasijo de vísceras y huesos en que habían convertido a su esposa.

La sinrazón hizo el resto.

Del texto ©  Miguel Ángel Carcelén – Todos los derechos reservados

De la publicación ©   Solo Novela Negra – Todos los derechos reservados


 

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