Por qué escribo

Por qué escribo

Sep 25, 2017

GUSTAVO EDUARDO ABREVAYA| Argentina

Tenía 16 años y ese verano, frente a la casa que habían alquilado mis padres en la costa, vivía una muchachita de 14 años, se llamaba Susana y era de una belleza deslumbrante, seguramente la mujer más bella del mundo. Y era muy, muy pícara. Pero el destino juega siempre sucio: mi mejor amigo, José, que estaba vacacionando en mi casa, cayó, igual que yo, herido por aquella mágica rubia que cada día cruzaba frente a mi ventana, desde donde la observábamos pasar arrobados, enamorados, y donde comenzamos a mirarnos con desconfianza.

La fórmula de aquel verano fue: amor + celos+ lealtad de mejores amigos + desgarro + esa hipnótica imagen rubia cruzando frente a mi ventana + su irresistible sonrisa = poesía.

Exactamente.

¿Cómo se arregla, de otra manera, un joven de aquella edad para conciliar aquel cóctel turbador?

Escribiendo poesía, fue mi respuesta.

Susana, finalmente, quedaría en el pasado, más allá de algún escarceo que no trascendió y pese a que al final de aquel verano me llevé su número de teléfono y, aún, su dirección en Buenos Aires.

Nunca más la vi.

Pero, en cambio, y como compensación jamás satisfactoria, quedó la poesía. La poesía no es una mujer, nunca. Aquello fue un viaje de ida.

Escribía en los bares, torrencialmente, llenaba cuadernos de algo que, con cierta vaguedad, me parecía prosa poética, asombrado de mis propias alturas artísticas y, también, de que esto me estuviera ocurriendo con 16 años: a mi edad, pensaba, no era común tanto talento. Así de juvenil, todo. Y nunca, jamás, mostraba aquellos escritos de los que, no obstante, me sentía orgulloso, pero en secreto. Aún hoy padezco el momento de hacer leer mis producciones a editores. Extraña ambigüedad: quiero ser leído y sufro cuando alguien define si lo que escribo será o no aceptado. Envidio a esos autores que miran con desdén al editor que los objeta.

Dos cosas perdí sin esperanzas: los escritos, que no añoro porque añoro más a la bella e intocada Susana, y será quizás por intocada que la añoro. Y, también, añoro una grabación con la voz de otro amor que nunca concreté, durante el verano siguiente, una muchacha llamada Inés Ollero quien, años más tarde, sería secuestrada durante la dictadura y que fue, supe luego, arrojada viva y narcotizada al Río de la Plata. Anoto el nombre completo de Inés porque es una causa pública, internacional, que me trasciende y me pone en un lugar de testigo privilegiado. En aquella grabación, ella me comentaba acerca de los avatares del concierto de rock que estábamos viendo juntos y que, mientras ella me decía asombrada “este tipo hace lo que quiere con la guitarra”, yo iba grabando. Eso se registraba en la misma cinta abierta, concierto que escucharía fervorosamente durante mucho tiempo y que, luego, todo junto se extraviaría como mis inagotables poemas en prosa, como aquel concierto del que, supe hace poco, no quedaron registros, y como Inés misma, que yace en el lecho de nuestro enfermo Río de la Plata.

Los países tienen sus marcas indelebles, los hombres y las mujeres que los habitan también. Esto sólo es una pincelada de esas marcas. Así leo y así escribo, marcado por una mujer que no fue, a una edad en que, acaso, esas cosas suelen no ser, y por otra mujer de la que me queda sólo la memoria de su voz grabada en una cinta que, simplemente, se desvaneció en el aire junto con el grabador al que, extrañamente, nunca recuperé. Una penosa metáfora de esta historia que vivimos los argentinos y que hoy vuelve a cobrar vigencia con otro joven desaparecido, Santiago Maldonado. Sé que, sueño con que, si acaso encontrara ese grabador, encontraría la cinta y en la cinta encontraría la voz de Inés. Pero no a Inés, ya no, como no encuentro a la bella Susana en aquellos irrecuperables escritos, donde, sin embargo, ambas habitan, en los entresijos, dando letra, soplando a mi oído palabras que jamás me dijeron.

Se me hace que la juventud es ese ardor y ese dolor. Y que, cuando escribo, si eso regresa y habla, entonces sé que lo que escribo está vivo. Y sé que, si al escribir me conmueven los destinos a los que someto a mis criaturas, si ocurre como me pasó al terminar de corregir mi novela El Criadero para enviar al editor, hace pocas semanas, de acabar llorando, solo y desconsolado, conmovido por el terrible dolor que padecía mi personaje, Álvaro, en las últimas dos páginas de la novela, en su desenlace, como corolario de una historia donde la había pasado realmente mal, entonces, más allá de otras consideraciones, estéticas, estilísticas, psicológicas, sé que todo eso, (Susana, Inés, el grabador y su cinta, otras voces que ahora no menciono y muchas de las cuales seguramente yacen en el mismo fondo del mismo río, donde acaso Susana también yazca, quizás junto a Inés, cómo saberlo), está hablando, y si habla es porque tengo algo para decir.

Me gusta creer que ese tipo de fenómenos indican que eso que escribo vale la pena. Y, también, que la literatura es mucho más que un género, pero que, del mismo modo que hablamos una lengua a la que denominamos “materna” porque es la que aprendimos en el seno de nuestra familia, lo que indica un camino, un desfiladero, un profundo surco que recorremos como ciegos y del que no podemos salir, y lo recorremos creyendo que hacemos uso de un instrumento, la palabra, cuando, en verdad, es la palabra la que nos instrumenta, nos hace hablar y nos regula desde su propia ley, nos modela, nos marca inesperados rumbos, hace que broten sin pedir permiso los asuntos jamás resueltos que nos habitan en los entresijos. Escribir supone elegir ese surco, a ciegas, porque es donde los fantasmas nos acechan y nos hacen compañía. De ellos hablamos. Casi de ninguna otra cosa. Entonces un género, la Novela Negra, suena en mis oídos como ese surco por donde creo que hablo cuando, en realidad, soy hablado. Y me gusta eso. Me gusta pertenecer a un género que funciona como un ancla. Me gusta conocer, en parte al menos, en la parte que me toca, algunos resortes que conducen las historias a los finales posibles, inesperados quizás.

La Novela Negra es la parte de la realidad que me ha tocado, con la que topé caminando a ciegas, es el borde de mi surco. Y es la que elijo, aun sabiendo que es una ilusión y que, mañana quizás, podría cambiarla y elegir otro género. O cambiarme ella a mí, quién podría decirlo.

Conocemos la metáfora: tres ciegos tocan un elefante por primera vez en sus vidas. Uno le toca la pata y dice: “Un elefante es como un árbol”.

Otro le toca el flanco y dice: “Un elefante es como una pared”.

El tercero le toca la trompa y dice: “Un elefante es como una serpiente”.

Algo de esta percepción parcial se juega en el estilo. Y porque no vemos sino parcialmente, es que somos reconocibles al escribir, justamente, con nuestras limitaciones, los bordes del surco por donde transitamos.

La novela negra es Chandler y es Phillip K Dick. Y es Patricia Highsmith o Fred Vargas. O Guillermo Orsi, que conoce los entresijos sociales, o Marcelo Luján, que husmea en los entresijos familiares que son, al fin de cuentas, sociales también. Ellos hablan de lo que no se habla. Los psicoanalistas hacemos hablar de lo que no se habla. Y en ese sentido, los escritores de novela negra, pero no todos, vamos contra la corriente. Es tan confortable creer que los que mandan saben, que sus intenciones son las que declaran, que la riqueza desborda la copa y recae sobre los que menos tienen, que solo los nazis o algún tiranuelo enloquecido arrojan víctimas narcotizadas al río, o que los misiles nucleares deben estar en buenas manos porque de otro modo representan un peligro para la paz mundial, creer que la “gente de bien”, la que define el poder, es la buena gente que nos conduce adonde declara. Todo ese runrún cotidiano de los medios, de las películas, del consumo y las bellezas artificiales es tan cómodo, tan tranquilizador, tan narcotizante.

Romper ese espejo maravilloso donde nos reflejamos embelesados, levantar la alfombra y mostrar la basura acumulada por años, o décadas, quizás durante toda la historia, no es tarea grata ni simpática. ¿Por qué hablar de un energúmeno que es un buen padre de familia pero gusta de sus escapadas clandestinas para gozar con niños, para fotografiarlos o grabarlos y hacerse de su propio archivo que luego comparte con sus otros amigos pedófilos, padres de familia, irreprochable gente que paga sus impuestos, enseña ética en las universidades, o psicoanálisis para niños? ¿Por qué ese empuje, esa porfía? ¿Por qué hablar de las inmundicias habiendo cosas tan bellas en el mundo? Lo inmundo es, justamente, lo que se oculta en los entresijos, aquello de lo que no queremos hablar. Es la memoria de Inés volviendo pegada a la memoria de la bella Susana. El horror y el descubrimiento del amor, todo junto y en un bloque. No hay amor puro, no hay belleza sin espanto. La ley es un borde que se cruza todo el tiempo. Y como ocurre en toda frontera, los que viven ahí hablan, perfectamente, los idiomas de ambos lados. Los mejores ladrones. Las bandas mas organizadas, suelen ser bandas armadas por los policías. La frontera es solo una convención, agujereada, permeable, mentirosa, mentida, sólo formal. ¿Qué ocurre más allá de ese borde? ¿Qué fue lo último que tuvo Inés en su pensamiento cuando la inyectaban, antes de caer narcotizada, antes de subirla al avión del final? No sé si esas preguntas serán respondidas pero es mi intenso deseo intentarlo una y otra vez. La utopía es la única verdad. Una vez que has visto que el mundo continúa más allá del espejo, ya no te vas a detener. Yo, al menos, no consigo volver a creer en los Reyes Magos.

Y una reflexión: Susana era rubia. ¿Será ese el momento de inicio de mi amor por la novela negra? Parece un destino, feliz, tormentoso, que abrazo con alegría y llanto.

Texto © Gustavo E. Abrevaya. Todos los derechos reservados.

Publicación © Solo Novela Negra. Todos los derechos reservados.


 

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