Sin Mercy

Sin Mercy

Para mi Joaquín Cosío.

La odiaba.

La odiaba y la amaba,

y nunca había experimentado estas emociones por nadie más.

Ni amar ni odiar a nadie más.

 

‘A quemarropa’

Richard Stark

 

 

Sin Mercy

Por Atzin Nieto

 

¿Que por qué la mate? ¡Vaya!, habrá que ser ingenuo. No sé si estaba realmente enamorado o no, tampoco si tuve un ataque de celos como todos creen. Solo hice lo que consideré debía hacer.

Ese día la llamé por la mañana y no me contestó. El pinche teléfono desde donde le marqué se tragó toda la morralla, por eso me tuve que ir caminando al jodido trabajo, luego con esta lluvia que no se quita, pues peor tantito.

Sin Mercy_imagenYo sabía que la culpa era mía, pero, digo; qué tanto es tantito. Uno tiene sus momentos débiles en ciertas partes de la vida. Esa ocasión me dejé llevar y me perdí en el camino. Aunque como dice mi compadre el gordo: si uno no se acuerda, entonces nada pasó. Por otra parte, Mercy siempre estuvo al tanto de que yo andaba en malos pasos desde antes de conocerla, algo que en su momento no le importó. Me cae. Cuando la conocí fue por mera casualidad en aquel bar. ¿Lo recuerda?, el de Insurgentes. Ese dónde se armó la grande y hasta salió en las noticias de las diez. Ese mero. Solo que nosotros salimos por una de las puertas de emergencia. Ella con las medias rotas, un tacón perdido y varias Modelos encima, en cambio, yo, solamente alcance a tirar algunos ‘cacahuatazos’, pero eso sí, con especial dedicación para cierto fulano que ya se andaba queriendo pasar de listo, pero mejor pasó, directo y sin escalas, con perdón de la palabra, a la chingada.

Así comenzó nuestra peculiar historia, llena de un sin fin de emociones y sobredosis de adrenalina. Éramos el equipo perfecto, algo así como Bonnie and Clyde, pero mexicanos. En algunos casos, mi chula, seducía a las víctimas con sus amplias caderas de mujer madura, sus largas piernas y sus nalgas paradas y duras, en otros, utilizaba sus apetitosos y redondos encantos naturales, fíjese que eran así de grandes como mis ilusiones, y por ende, nadie podía negarle ni una sonrisa.

Yo hacía el resto, ya sabe, lo de siempre: golpes mecos, poco bla, bla, bla y mucho rap, pan, pan, pan.

Con ese ritmo tarde o temprano lo nuestro iba a terminar, sobre todo porque ella quería formar una familia común y corriente e incluso adoptar a un perro callejero. Fue en esas fechas cuando me sugirió la idea de tener trabajo “estable”, de esos de ocho horas, que tienen seguro, te dan vales de despensa, con bonos de puntualidad y demás chingaderas que dicen ofrecerte dizque para tenerte contento, no. Lo que comenzó como una sugerencia, luego cómo una opción, al final fue namás un pinche pretexto solo pues pá dejar de vernos.

Como sabe, en este oficio no te puedes detener por nada del mundo, ni siquiera por una mujer que se diga serlo. Decía mi madre, que en paz descanse: las mujeres de tu vida al infierno te van a llevar. Por eso es mejor andarse con cuidado. Volando bajito. Hace poco me enteré que la mujer de Alfredo lo mató mientras veía la televisión, el pobre bato estaba como si nada, bien quitado de la pena. Ni dolor sintió mi compa, pero eso sí, le volaron todas las ideas que tenía y nada más por andarse paseando con su prima la Rubicht allá por Coyo. Dizque andaban bien engolosinados caminando de a trenecito. ¡Chale!

¡No!, no, gracias, ya no fumo. Si me van a encerrar quiero vivir el resto de mis días sin enfermedades, ni achaques. Pues, mire, Lic., [Licenciado] lo que pasó en mi caso fue que Mercy se puso sus moños, tiró las muñecas, o sea, hizo berrinche y yo, la neta, para mis pulgas, pues no estaba para bajarla de su altar. Ya le había pasado muchas, me cae, sobre todo por su madre, todo un pan de Dios la doña, siempre tan linda, hacía un mole poblano que para qué le cuento, bueno, ya hasta se me hizo agua la boca.

Entonces, sigo diciéndole, después de que le llamé a Mercy y me quedé sin un peso en la bolsa, tuve que caminar un buen, me mojaron y me encabroné. Los calcetines de rombos amarillos se me pegaban a la piel por lo húmedos que estaban, pero le juro, no me importó. Sabía que cerca de su casa había un puesto de flores, cambiaría mi último billete de la tanda para comprarle unos girasoles y unos chocolates. Usted comprende, bien romántico el asunto.

Del trabajo a su casa era una hora de distancia, y por azares del destino escampó un par de horas, justo cuando ya tenía sus flores en mi mano derecha y bajo la izquierda guardaba su caja de bombones favoritos; esos rellenos con chocolate blanco y que valen lo mismo que dos días de

trabajo. Podía suponer que no estaría aún en casa, así que decidí esperarla sentado en la banqueta. No quería importunar a su madre, y después de toda la odisea tenía que arreglar las cosas de la mejor manera posible e intentar volver con ella.

A eso de las diez de la noche Mercy llegó. La observé, aunque tenía un buen ver de lejos no la reconocí sino hasta que me fijé en sus zapatos rojos de gamuza y su bolsa de mano con el logotipo de mala imitación que decía “Channel”. Venía más que ebria, ya que el tiempo que duró nuestra plática no paró de repetir la frase de, “y entonces” reclamándome sobre todo y no solucionar nada.

Para no hacerle el cuento largo, al final me dijo que no volvería conmigo hasta que no tuviera un “plan B” o que consiguiera, ahora, otra chamba y mejor pagada. Mientras tanto, seguiría saliendo con varios cabrones, dispuestos a mejorarle la vida. Entenderá usted que mi paciencia se esfumó más rápido que cualquier político a final de su gobierno. Las palabras de una mujer matan mejor que las balas de plata. Eso que ni qué. No tenía otra opción, si ella no estaría conmigo tampoco les daría el gusto a otros de disfrutar de lo que yo le enseñé. Cuando estaba por darse la vuelta e irse a su casa, un rayo sonó, y entonces, la lluvia volvió a caer.

© Atzin Nieto - Todos los derechos reservados

Escritor. Detective Privado.

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