Unos granos de café

RELATOS

Unos granos de café

Mar 29, 2017

Miguel Angel Contreras | Redacción Relatos

 

UNOS GRANOS DE CAFÉ

Por Anxo do Rego

 

Cada mañana aquel hombre, que no superaba los ciento setenta centímetros de altura, con cierto peso y volumen, desprovisto de cabello, bien vestido y de zapatos lustrosos, se adornaba de la liturgia realizada por Juan, el camarero que siempre le atendía en la cafetería “La Nube Verde”. Nada más verlo entrar lo miraba y mecánicamente recitaba: ¿lo de siempre, señor Gilagüa? El respondía afirmativamente y el camarero alargaba su mano para rescatar una taza de la parte superior de la cafetera exprés, la ponía bajo uno de los portafiltros, con café molido, lo acoplaba, giraba y esperaba a que comenzara a caer el agradable caldo. Acabado el proceso, rescataba la taza para situarla sobre un plato donde esperaban un sobre de azúcar y una cucharilla de acero inoxidable, luego añadía: la leche caliente ¿verdad señor Gilagüa? Él, con un movimiento de cabeza asentía. Quince minutos después abandonaba la banqueta frente a la barra, se despedía de Juan como hacía diariamente desde hacía más de cinco años, y se dirigía a su trabajo a quince minutos de allí, si caminaba despacio.

Una placa dorada situada en la parte derecha del portal anunciaba “Eduardo Gilagüa. Detective Privado, 4ª planta, oficina B”. Pasó directamente a las escaleras, generalmente no subía en el ascensor, salvo que la urgencia se lo exigiera, y no era el caso a esa hora de la mañana. Al llegar a la segunda planta se cruzó con un hombre de unos treinta años, con barba descuidada, que no respondió a su saludo. Vestía una camiseta negra con signos góticos, pantalón vaquero raído y calzado deportivo de un verde fluorescente llamativo que le desagradó. Nunca soportó que la gente utilizara zapatillas para otro uso que no fuera hacer deporte.

No fumaba, por lo que el ejercicio al subir cuatro plantas no le fatigó. Abrió la puerta y enseguida apareció Alejandro, su ayudante, amigo, botones, administrativo y también investigador, al menos para eso se preparaba. Un hombre joven y muy atractivo para las mujeres, según corroboraba cuando frecuentaban juntos alguna cafetería o pub.

—Buenos días Eduardo.

—Hola Sasha ¿alguna novedad?

—Hoy sí, acaba de marcharse un posible cliente, aunque debe ser un hombre con poca paciencia. Le pedí que esperara, que tardarías poco en llegar, pero solo aguantó cinco minutos.

—¿Qué problema le trajo hasta nosotros?

—Solo me adelantó que tenía una sospecha, no quiso darme detalles. Prometió volver en un par de horas, al parecer debía ir al Juzgado a prestar declaración.

—¿Algo más?

—No, nada. Ni una sola llamada.

—Pues esperaremos.

En dos pasos se presentó hasta la puerta de la antesala de su despacho, la abrió, entró, subió la persiana y se sentó en el cómodo sillón con que le obsequió Celia, cuando se instaló hacía cinco años. Extendió el periódico sobre la mesa e inició la aventura de leer los titulares. Uno de ellos llamó su atención y de inmediato comenzó a leer el contenido del artículo.

“La muerte de una mujer, auxiliar de clínica en una residencia de ancianos, ha sorprendido a propios y extraños, fundamentalmente por la horrorosa manera de morir. Según algunos de los presentes, citados a declarar por el Juez instructor de las diligencias, la mujer comenzó su trabajo como cada día, “siempre era muy puntual” señaló una de las ancianas a las que atendía. Añadió seguidamente, “comenzó a vomitar sangre e ir numerosas veces al  servicio”, según comentó, tenía diarrea, “algo ha debido sentarme mal”, le había dicho en repetidas ocasiones.

Al parecer y según otros testigos, la auxiliar acudió al doctor para que le recetara algo con lo que aliviar los síntomas. Sin embargo, al cabo de tres horas, no volvió a su puesto, la buscaron hasta encontrarla muerta en un servicio, junto a vómitos y heces ensangrentados.

El cadáver se encuentra en el Instituto de Medicina Legal de la ciudad a la espera de practicarse  la autopsia.”

Pasó página y continuó leyendo otras secciones del diario. Al acabar levantó la mirada y la dirigió a cada una de las tres fotografías que presidían el lado izquierdo de la mesa. Tres marcos idénticos de madera soportaban las imágenes. En el centro la de su madre y en sendos lados, a modo de custodia, las de Susana y Celia. Sus tres amores. Celia era la única que continuaba con vida, aunque ya no formaba parte de la suya, le abandonó al segundo año de abrir la agencia.

Serían las diez y media y el silencio, dueño de esas dos primeras horas en la oficina, se rompió cuando el timbre sonó repetidamente. Unas palabras de Sasha, dos respuestas secas del visitante, y unos pasos hasta la puerta del despacho.

—Es el posible cliente del que te hablé esta mañana. Quiere hablar contigo.

—De acuerdo, hazle pasar.

De regreso, Sasha le introduce en el despacho. Eduardo le espera de pie.

—Sr. Gilagüa, el Sr. González.

—Buenos días Sr. González, siéntese. Dígame en que podemos ayudarle.

—Hola. Ya le dije a su secretario esta mañana que tengo una sospecha.

—Ayudante, es mi ayudante, Alejandro forma parte de esta agencia.

—Disculpe.

—Decía que tiene una sospecha.

—En efecto, mucho me temo que mi madre ha sido asesinada. Por eso estoy aquí. Por lo que se desprende, tanto la policía como el Juez que instruye las diligencias, tienen prácticamente decidido considerar la muerte de mi madre como un accidente fortuito. Y la verdad, no estoy de acuerdo.

—Señor González ¿podría ponerme en antecedentes?, sea lo más explícito que pueda. Así me haré una idea global, después analizaré los hechos y los comentaremos  ¿le parece bien?

—Claro.

—Entonces por favor, dígame.

—Mi madre murió ayer en la residencia de ancianos donde trabaja. Esta mañana informé al Juez de mis sospechas, y, sin embargo, creen que su óbito obedece a un cúmulo de circunstancias. Sigo convencido de la posibilidad de que ha podido ser asesinada.

—Disculpe ¿su madre era la auxiliar de cuya muerte se hacen eco los diarios de la mañana?

—En efecto.

—Hace un rato lo leí en el periódico. Lo siento. Pero por favor, continúe ¿En qué se basa para sospechar que es un asesinato?

—No tengo prueba alguna, así se lo dije a la policía y al propio Juez, solo que mi madre se separó de su pareja, y mucho me temo que ha podido ser él quien ha preparado todo para matarla.

—¿Cómo?

—No lo sé, esa es mi sospecha, aunque no tengo pruebas.

—¿Cuánto tiempo hace que  se separaron?

—Va para un año.

—¿Algún indicio?

—No, pero estoy seguro de que ha sido él.

—Veamos señor González, nosotros los detectives privados no podemos investigar asesinatos, eso corresponde a la policía. Por otro lado, seguro que el informe de la autopsia determinará sin ningún género de dudas cómo pudo producirse la muerte. Hasta entonces, y sólo cuando el Juez determine la causa y dictamine si se produjo o no un accidente, podríamos interesarnos por la investigación privada. Es decir, investigaríamos, y si lográramos alguna prueba, se aportaría al Juzgado solicitando la apertura del expediente, que seguramente al finalizar las diligencias quedaría archivado, según me avanza  y supone usted.

—Entonces ¿no puede hacer nada?

—Por ahora no. Espere al Auto del Juez. Si no le convence y mantiene la sospecha, venga de nuevo y veremos qué podemos hacer ¿Le parece bien?

—De acuerdo. Así lo haré. Gracias Sr. Gilagüa.

—De nada.

Esa mañana acabó y le siguieron muchas más. El posible cliente no volvió a aparecer por la Agencia. Eduardo y su ayudante asistieron a otros clientes, ahora con investigaciones más ajustadas a lo cotidiano, infidelidades matrimoniales, rupturas de confianza laboral, estafas a aseguradoras y utilizaciones indebidas de material por empleados, pequeños hurtos etc.

Él siguió como cada mañana, tomando su primer café en “La Nube Verde” servido por Juan, después a la oficina, lectura del diario y a retomar asuntos por acabar, soportando la crudeza de la vigilancia y la esperanza de volver a estar junto a Celia, a quien no podía ni quería olvidar, porque seguía amándola.

Cruzarse con un amigo, subinspector de policía y comentar algunos extremos de sus respectivas ocupaciones, motivó que Gilagüa rememorara un antiguo asunto que no llegó a ser abierto en su agencia.

—En ocasiones me pregunto —decía el policía— qué llevará a la gente a convertir ciertas relaciones interpersonales de amor y cariño en verdaderas actitudes de odio y persecución.

—¿A qué te refieres Antonio?

—A nada en concreto, generalizo. Atravesamos momentos en que las relaciones son cada día más difíciles. Hay gente que tiene poco aguante, no soporta la convivencia, o se exigen mucho, y es entonces cuando nace la decepción. Mira a nuestro alrededor. La ruptura inesperada obliga a un determinado tipo de violencia, ya sea física o psicológica, a veces con el nefasto resultado de muerte.

—Algún caso en concreto.

—No especialmente. Pero fíjate, hace dos semanas en la provincia de Murcia, una mujer ha sido detenida por sospecha de haber envenenado a su pareja. Ella lo negó, pero lo cierto es que no se llevaban bien, discutían y se amenazaban mutuamente. El hombre murió entre vómitos y diarreas ensangrentadas al cabo de tres días. Ella está en la cárcel pendiente de juicio. Pero es que hoy nos ha llegado información de los compañeros de Valencia. Allí una mujer también ha muerto en circunstancias similares, vómitos y diarreas. Tampoco se llevaba bien con su pareja.

—Podrías ampliarme la información sobre estos dos casos e investigar si han habido algunos más. Aquí, en nuestra ciudad, hace poco leí en la prensa que una mujer murió en iguales circunstancias. Al día siguiente, el hijo de la fallecida vino a nuestra agencia, quería contratarnos, sospechaba que su madre pudo haber sido asesinada.

—Pero Eduardo, son casos cerrados.

—Si como dices lo son, podría investigar por mi cuenta. Ya sabes, cuando el diablo nada tiene que hacer…

—…con el rabo mata moscas.

—Pues eso, me entretendré.

—De acuerdo dame unos días y te paso copia de los informes abiertos. También buscaré en la base de datos por si hubiera alguno más. Te llamó y nos vemos. Tendrás que invitarme a un buen Cardhu.

—Solo si averiguo algo.

—De acuerdo.

Cuatro meses más tarde Eduardo Gilagüa llama por teléfono al subinspector Antonio Lozano.

—Creo que deberías invitarme a una botella de Cardhu.

—A dos, mejor dos.

—Nos vemos, te cuento y luego decides si una o dos.

—De acuerdo ¿almorzamos juntos?

—Invitaré yo. Te espero en “El Desvío” a las dos menos cuarto. Reservo mesa para tres.

—¿Tres? ¿Cómo tres?

—Alejandro aportó y trabajó mucho en la investigación.

—Vale, creí que te habías arreglado con Celia.

—Más quisiera yo. Hasta Luego

—Hasta luego.

Durante el almuerzo.

—No estoy completamente seguro, y como comprenderás no nos corresponde a nosotros acabar la investigación. Vamos a darte suficiente información para que tú, como policía, la pongas en manos de quien decidas. Además así podrás sumar puntos. Llevas muchos años esperando alcanzar la escala ejecutiva.

—Os lo agradezco. Y ahora soy todo oídos.

—Cuanto hemos descubierto, nos lleva a una conclusión. Las muertes, seis concretamente, obedecen a una operación escrupulosamente preparada en el tiempo, y con un único fin, asesinar a una sola persona. Las otras cinco fueron, las dos primeras, Murcia y Valencia para comprobar la efectividad, la tercera para asesinar a la persona prevista, las otras tres para desviar la atención y enmarcarlas en lo que en cada caso se decidiera por los correspondientes Jueces: circunstancias fortuitas que nos hace determinar la muerte como accidental.

Toda muerte es un accidente. Según define el diccionario, accidente es todo suceso imprevisto que altera la marcha normal o prevista de las cosas, especialmente el que causa daños a una persona o cosa. Solo que en estos casos hubo intencionalidad, oportunidad y posibilidad. En los actos del posible autor de los crímenes, no parecen existir causas especialmente significativas para cometerlos.

Le hemos seguido, comprobado su forma de vida, con quien se relaciona, cuáles son sus actividades, y créenos, nada, repito nada, concuerda con los índices señalados por algunos criminólogos. Que es un asesino múltiple, es indiscutible. Cumple, eso sí, con alguno de los parámetros que le definen como tal, pero nosotros no lo consideramos así. Te hemos confeccionado una nota, señalándote los ítems que cumple o no. Te avanzamos algunos. Es hombre, pero no tiene entre 26 y 42 años de edad. Las víctimas son desconocidas, excepto una. No tiene pareja actualmente. Trabaja por cuenta ajena. Supuestamente heterosexual. Y sí, ha planificado concienzudamente los asesinatos. Nosotros lo hemos definido dentro del tipo: Asesino instrumental-cognitivo. Es un tipo de asesino racional, premeditador, planificador, sus asesinatos tienen una intencionalidad, persigue la obtención de un objetivo. Suele planear concienzudamente sus asesinatos en los que no suele haber muchas evidencias forenses, solo que en este caso concreto le faltaría experiencia delictiva, pues creemos que no ha cometido otros tipos de delitos.

—¿Lo tenéis controlado?

—No hace falta, consideramos que su ciclo ha finalizado. Continúa incorporado a la sociedad, como cualquier individuo común.

—Entonces ¿qué razón le llevó a cometerlos?

—Simplemente lo hizo por el odio producido por una de las víctimas. Según nuestras investigaciones, durante años fue sometido a todo tipo de humillaciones. Fue desprovisto de afecto y cariño, cuando él lo ofreció sin esperar nada a cambio, bueno sí, reconocimiento y respeto por la víctima y su familia, entre ellos el hijo, quien nunca aceptó que formara parte de ella. Claro que nada de ese individuo puede esperarse. Alguien que teniendo a su madre de cuerpo presente, se atreve a buscarnos para que investiguemos la sospecha de que su madre fue asesinada, que no saluda, y además lleva zapatillas de color verde fluorescente, es capaz de alterar la psiquis de cualquier ser.

—No justificarás al asesino, ¿verdad?

—No Antonio, nada de eso, solo que en ocasiones, mediatizados por la prensa, radio o televisión, los ciudadanos normales no confrontan, confirman o analizan debidamente las situaciones por la que se somete a un individuo, cuyos actos posteriores son resultado de la constante violencia física o psicológica ejercida por el o los interlocutores que le rodean, y estos los encubren con la mentira ocultando los hechos. No soy psicólogo, pero algo me dice que este hombre, el asesino, estuvo sufriendo durante años y llegó un día en que rompió con el pasado inmediato, y se trasladó a otra ciudad en un intento de olvidar y reiniciar su vida. Se vio coartado por las acciones de su objetivo, su ex pareja, quien le negó y retuvo todos los recuerdos físicos que él guardaba de su vida anterior, de su gente y su familia hasta que circunstancialmente recaló en la de ella. Le ofreció una vida en común y ella sibilinamente lo aceptó para después iniciar un proceso de destrucción con humillaciones, indiferencia y frialdad. Actualmente existe una sensibilidad extrema hacia el maltrato psicológico, sin embargo se olvidan que en ocasiones, las mínimas, pero existen, hay hombres que son sometidos a esa misma violencia y también guardan silencio, pues denunciarlo es aún más humillante.

—De acuerdo, no le justificas y creo entender tu postura. Supongo que tenéis suficiente información y datos. Sin embargo debo preguntarte cómo lo hizo. Cómo llegó a planificar todo el proceso.

—Aprovechando la debilidad de la memoria colectiva. Un hecho se magnifica en un determinado momento y durante días es fruto de primeras portadas, de análisis por especialistas, contertulios, etc., y sucede que semanas después ya nadie recuerda el hecho. El individuo que no se ve afectado directamente es olvidadizo, necesita nutrirse cada día por algo que suponga novedad. Nuestro asesino aprovecha esa coyuntural fórmula. Contacta con quien le suministra sus pedidos de café desde Guatemala, uno muy especial, con características únicas de sabor y color, de un exquisito paladar. El asesino lo consume cotidianamente, y a su entonces pareja femenina le gusta, se acostumbra, como lo hizo del resto de exquisiteces que durante el tiempo en que vivieron juntos, el le fue descubriendo. La persona que le atiende es un hombre abierto y confiado. En más de una ocasión conversan sobre la posibilidad de crear un punto de distribución en España. Es una atractiva forma de conseguir direcciones de otros degustadores del café. Hablan de mezclas, de unir las cerezas de café con otras bayas para definir otro exquisito café. Lo aprueban y el asesino les envía unas de ricino, que contienen la toxina ricina. Decide enviársela a un cliente que vive en Murcia con el resultado que ya conoces, nos diste copia del expediente e informe forense. La muerte por vómitos y diarrea ensangrentados. Es noticia los primeros días en que sucede, después cae en olvido. Mas tarde les pide el envío de ese café especial a otro cliente en Valencia. También conoces el expediente. Con el mismo resultado y olvido a los cuatro días. Por si alguien logra enlazar ambas muertes, que nadie realiza, decide pedir el envío a su antigua pareja, aquí en Málaga, que por cierto mantuvo los pedidos por su gusto por el café. El resultado fue su muerte y una estúpida sospecha del hijo, más por odio que por conocimientos, pero sin llegar a más. Ha cumplido los dos primeros pasos de la planificación, ahora solo queda dispersar geográficamente los siguientes tres asesinatos, que coincidentemente elige entre poblaciones mediterráneas, Alicante, Granada y Cádiz, donde, caso de encontrarse un nexo, quedarían sometidos a la duda por el hecho de que estas zonas son  propicias para el crecimiento de los árboles de ricino, también conocidos como Higuera del Diablo. No conoce a las víctimas, ni diferencia entre hombre o mujer, da igual, estos tres últimos son para apoyar la tesis de accidentes por circunstancias desconocidas y en caso contrario, recaerían sospechas sobre los allegados de los fallecidos como sucedió con las dos primeras muertes. Y fin, todo planificado y cumplido.

—Me conmueve la dedicación, el estudio y la investigación que habéis realizado. Creo que teníais razón, supongo que debo ofreceros una botella de Cardhu a cada uno, lo tenéis más que merecido.

—Ven mañana a la oficina y te llevas todo el expediente que abrimos. Voy a pedirte dos cosas. Una, hazlo rápido, de lo contrario es posible que no encuentres vivo al asesino. En estos últimos días tuvimos conocimiento de que intentaba suicidarse. La segunda, no se te ocurra dar cuenta al hijo de la víctima real, la de nuestra ciudad. La verdad no me gustaría darle la satisfacción y confirmar que su sospecha, aunque absurda y sin fundamento alguno, era cierta.

—Tranquilo cumpliré con ambas.

Acabaron el almuerzo, tomaron sus respectivas tazas de café y una buena copa de Calvados para brindar por el posible ascenso de Antonio Lozano.

A la mañana siguiente el todavía subinspector Lozano, acudió a la oficina de Eduardo Gilagua. Le recibe Alejandro.

—¿Tardará mucho Eduardo?

—Una semana.

—¿Qué?

—Sí, salen en media hora en dirección a Lisboa.

—¿Salen?

—Si, al parecer Celia le llamó anoche, quería reconciliarse con Eduardo y en el mismo hotel que ya estuvieron hacía tiempo.

—¡Bien por Eduardo! Si llamara, por favor dile que no tomen café.

—Ja, ja, ja.

 

© Anxo do Rego. Marzo 2017

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